Siwanchd Hu, de tres años; Boatang Lou, de 79; Zchongfu Liu y Tugui Mao, de 72, son cuatro de los chinos que subieron al Boeing 777 esfumado el 8 de marzo.
Por: Ana María Cano Posada
El niño volvía a Pekín desde Kuala Lumpur y los otros tres, los mayores de este vuelo con 227 pasajeros y 12 tripulantes de Malaysia Airways, eran calígrafos. Artistas de un milenario oficio, suma de paciente concentración y pulso, volvían de una gira. También iba un actor de cine de artes marciales y 160 chinos en total. Nacionalidades tantas como países buscan el rastro del avión que desviaron.
El planeta se encoge ante esta historia y la sigue como aventura (los ajenos a los desaparecidos): un aparato que en una hora borra la huella de su ruta, uno más entre cientos de miles que por minuto surcan el cielo en toda latitud. En 2013, 3.100 millones de pasajeros se embarcaron en 33 millones de vuelos según la OACI (Organización Civil Internacional de Aviación), año récord de seguridad aérea en los últimos 10 años, con sólo 256 muertos en 29 accidentes: la estadística recoge esta atención planetaria en el destino de los fortuitos pasajeros ahora buscados por 26 países en una descomunal área equivalente a Australia.
Es hacia esta antípoda a donde van las miradas cuando fragmentarias informaciones se cruzan con los últimos parpadeos de los satélites que perdieron la señal del radar del avión en el océano Índico y aparece un momento después como no identificado en un radar militar. Sigue entonces la trama de que fue desviado deliberadamente, según dicen los inmutables funcionarios de Malasia y China, que se reprochan mutuamente la avaricia informativa. Ambos temen ser evaluados en sus alcances y lagunas de seguridad, por lo que deducen informativos que en tiempo real cubren este hecho: Guardian, BBC, El País. Los familiares se aferran a la supervivencia por los celulares que timbran en los primeros momentos, pero hoy hierven de ira de que es terrorismo o sabotaje, sus parientes son víctimas y ellos no saben nada.
Tanto control permanente sobre todo y la presencia constante que mantiene cada quien con los suyos, un rasgo bien contemporáneo, han quedado rotos. En su ausencia surgen el asombro y la imaginación. Ahora hay que buscar la huella del avión a ojo porque ni barcos ni aviones ni satélites pueden abarcar semejante área, con un clima variable, con enormes extensiones de agua, sin instrumentos, ausente todo indicio. Poseidón y Orión se llaman por evocación las naves que envió Estados Unidos para ayudar en un convite en el que hasta Rusia y Ucrania —tan ocupadas— tienen que ver.
Las hipótesis son dramáticas y asombrosas. El simulador de vuelo en la casa del piloto que borró una información en febrero y el FBI que trata de saber si se adiestraba en aterrizajes. Posibles problemas mentales existentes en tripulación o pasajeros. Un instructor de charter que iba sentado entre los demás. Los dos que usaron pasaportes robados, que destaparon la masa de documentos falsos que vuela a diario. La última frase y la voz que resuena en los controladores: “Todo bien, buenas noches”. O un suicidio. Todo se baraja, nada se descarta.
Pero los misteriosos calígrafos... de cuyo oficio dice Yasmine Ghata en La noche de los calígrafos: “es el justo matrimonio del verbo y el pulso que asegura la unicidad”, son la huella presente de otro ritmo, que rompe la técnica sordidez del presente sobresaturado de inútiles pitos, alarmas y señales.

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