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domingo, 2 de febrero de 2014

MINERIA

Judicial 1 Feb 2014 - 9:00 pm
Se define suerte del Código de Minas

Tatequieto a la minería

El Espectador revela la ponencia que discute la Corte Constitucional para frenar los impactos de esta actividad en las regiones. El voto decisivo lo tiene el conjuez Juan Carlos Henao.
Por: Juan David Laverde Palma
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Tatequieto a la minería
La locomotora minera está por descarrilarse. Ríos contaminados de los que nadie se ocupa, páramos y parques naturales amenazados por títulos mineros, multinacionales pasando de agache y 5,2 millones de hectáreas a merced de la explotación diaria son la descarnada radiografía de un mercado que parece haberse salido de control. Las voces solitarias de los ambientalistas sólo tuvieron eco cuando quedaron registradas las imágenes de varias toneladas de carbón que la multinacional Drummond vertió al mar de Santa Marta. Un daño irreparable al ecosistema que el Ministerio de Medio Ambiente tasó en una multa de apenas $6.965 millones.
La Corte Constitucional está a punto de ponerle un tatequieto a esta explotación al resolver una demanda contra el Código de Minas que podría cambiar de una buena vez el mapa de la depredación del subsuelo colombiano. El Espectador tuvo acceso a una ponencia de 58 páginas en la que el magistrado Alberto Rojas Ríos sostiene que se debe caer una norma que les prohíbe a los municipios vetar o intervenir en los procesos de explotación minera en su territorio. Es decir, hasta ahora, muy a pesar del impacto de estas actividades en las poblaciones, si existía la bendición desde Bogotá a determinado proyecto, nada podía hacerse distinto a patalear.
Pero la ponencia de Rojas es contundente: dicha norma viola el principio de autonomía de las regiones, que son en últimas las que padecen las consecuencias de la locomotora minera. Según el documento en poder de El Espectador, los concejos municipales no sólo tienen el deber de velar porque los habitantes gocen de un ambiente sano y se les garantice la vida y la salud, sino que están facultados para elaborar sus planes de ordenamiento territorial como mejor les parezca. Para el magistrado Rojas, es absurdo que hoy por hoy se desconozcan los gobiernos municipales desde un escritorio en Bogotá y con una simple firma.
En ese sentido, la ponencia advierte que el artículo 37 del Código de Minas “anula la posibilidad de reglamentación que los municipios tienen para determinar los usos del suelo dentro de su territorio”, lo cual es reducir a los mandatarios locales a ser simples notarios de decisiones que se cocinan en Bogotá. Rojas asegura además que, con la llegada de población migrante, la actividad minera altera las costumbres de los pobladores: en algunos lugares ha generado deserción escolar y el aumento de la drogadicción, la prostitución, la violencia sexual “y el madresolterismo no deseado”. Por tales razones es vehemente en plantear que los municipios son los que deben sortear las secuelas de las mineras dentro de sus fronteras.
Asimismo, la ponencia resalta que las propias costumbres de la población irremediablemente mutan, que el desarrollo de la vida en los distritos y municipios en los que tiene lugar la explotación cambia, que la economía pecuaria o agrícola rápidamente termina sustituida por la minera o, en el mejor de los casos, desplazada, y que estas megaobras requerirán de un sitio adecuado para el depósito de los materiales necesarios para impulsar el negocio. Desde la capital es imposible trazar planes de mitigación inconsultos, puntualiza el magistrado.
“Cercenar en absoluto las competencias de reglamentación que los concejos municipales tienen respecto de la exclusión de la actividad minera no es algo accesorio o intrascendente (...). Esta limitación es una afectación relevante en la competencia de los concejos debido a los grandes impactos que las actividades mineras tienen en aspectos como el medio ambiente, el modelo de desarrollo económico que acoge un municipio, las fuentes de agua disponibles en el territorio y la vida cotidiana de los pobladores”, concluye Rojas Ríos. A pesar de que ya ha habido otras sentencias en materia de protección medioambiental, de acogerse esta posición la llamada locomotora minera podría descarrilarse.
Con una particularidad: en su ponencia, el magistrado Rojas Ríos fue consciente de que tumbar esta cuestionada norma de forma inmediata podría provocar un vacío absoluto o un limbo jurídico que sería muy peligroso para los intereses del país, pues no existiría claridad sobre qué puede hacerse o qué no, sea desde Bogotá o desde la Cochinchina, con las actividades mineras en curso. Por tal razón pidió diferir los efectos por un año, a fin de que el Congreso expida una regulación clara que respete la competencia de los municipios para decidir sobre los usos del suelo.
Salvo Gabriel Mendoza, que no estuvo en el debate, el pasado 22 de enero los demás magistrados se enfrascaron en una candente controversia por cuenta de los alcances de la ponencia de Rojas Ríos. La sala se dividió y durante más de 10 horas se escucharon voces a favor y en contra de la tesis del ponente. Al final, se alinearon en una orilla los magistrados Rojas, María Victoria Calle, Jorge Iván Palacio y Luis Ernesto Vargas, y en la otra, Jorge Pretelt y Nilson Pinilla. En una posición intermedia se ubicaron Luis Guillermo Guerrero y Mauricio González, quienes advirtieron que ese debate ya se había resuelto en otra demanda.
Al final, por no alcanzar los cinco votos requeridos, se nombró como conjuez al exmagistrado de ese tribunal y hoy rector de la Universidad Externado de Colombia, Juan Carlos Henao, un hombre de línea liberal que muchos anticipan va a coincidir con Rojas. El Espectador dialogó con fuentes de la Corte Constitucional que están convencidas de que la ponencia de Rojas sería el primer tatequieto a una explotación desbordada que está depredando a Colombia. “La autonomía de las regiones es un dique para evitar que continúe la desolación y la miseria y para que la rapacidad del gobierno central amaine”, le dijo a este diario una persona cercana al expediente.
Otra más que conoce los detalles de la discusión agregó: “Este es un debate en el que se define: el oro o la vida”. La misma fuente recordó los peligros documentados de la explotación minera, que la Procuraduría ha establecido que hay 37 títulos en parques naturales que comprometen más de 36.000 hectáreas, que Antioquia, Boyacá, Cundinamarca y los Santanderes son las regiones que más títulos mineros tienen y que la AngloGold Ashanti es la multinacional que más explota el oro en Colombia. Según registros públicos del Ministerio de Minas, si se sumara la cantidad de hectáreas que han sido otorgadas en el país para la explotación minera, el resultado sería una extensión de terreno casi tan grande como el departamento de Antioquia.
Este diario consultó a los exministros Manuel Rodríguez Becerra y Cecilia Rodríguez sobre este espinoso tema. El primero señaló que es razonable que los municipios puedan decidir cuál es la vocación de su territorio y si eso riñe con proyectos mineros. “La minería es de corto plazo y le deja el problema al municipio. La ponencia del magistrado Rojas va en consonancia con el respeto a los derechos colectivos. He sido un crítico de que el territorio nacional se esté ordenando a partir de las directrices de la Agencia Nacional de Minas. Es absurdo que desde Bogotá se decida dónde se aprueban proyectos de explotación, y los conflictos por esto son latentes”.
La exministra Rodríguez, en cambio, se mostró en desacuerdo con la autonomía de los municipios, “pues si la Corte adopta esta medida, convertiría a Colombia en una colcha de retazos porque un municipio cualquiera no tiene cómo entender la visión macro de las actividades de interés nacional. La situación es dramática, pero imagínese que algo tan delicado quede bajo la potestad de los concejales de cada región que sólo ven su pedazo de territorio y no los efectos que sus decisiones podrían tener en el país. Hay que poner restricciones para asegurarnos de que la minería sea sostenible, pero la solución no va por el lado de medidas que podrían resultar más nocivas”.
Al margen de la decisión de la Corte Constitucional al respecto, distintos estudios han prendido las alarmas sobre las consecuencias de la explotación sin medida. Por ejemplo, en el informe Impacto de la minería de hecho en Colombia se advierte que la minería tradicional está en el 44% de los municipios del país y que la presión que estas actividades ejercen sobre la población rural es muy fuerte, “pasando por encima de los intereses colectivos, destruyendo la propiedad colectiva, inflando la economía rural y transformando la propiedad privada”. Este mismo documento denuncia que, “según la Unidad de Planeación Minero-energética, al año 2010 se encontraban en trámite 54.600 polígonos correspondientes a un área de 26 millones de hectáreas”. Es decir, más de la quinta parte del territorio de Colombia.
Además, la gran Encuesta Integrada de Hogares del DANE encontró que el empleo en el sector de la minería y los hidrocarburos pasó de 156.000 puestos a principios de la década pasada, a 238.000 en 2012, en un sector que actualmente representa el 11% del Producto Interno Bruto y el 56% de las exportaciones. Para poner algunos números, tomados del libro Minería en Colombia: institucionalidad y territorio, paradojas y conflicto, coordinado por Luis Jorge Garay: el carbón de explotación pasó de menos de 40 millones de toneladas a principios del 2000 a más de 80 millones de toneladas en 2012, el oro pasó de 58,5 toneladas anuales en 2003 a 76,7 toneladas en 2012 y el ferroníquel, que a principios de siglo registraba exportaciones por 54.000 toneladas, dio un salto a 147.000 en 2012.
El debate en los próximos días en la Corte promete ser una “mina” de noticias. De un lado se reivindican la confianza inversionista y los beneficios de esta actividad en la economía nacional. Del otro lado, la ecuación es sencilla: es la plata o es la vida.

jlaverde@elespectador.com
@jdlaverde9

CHOCO

Felipe Zuleta Lleras 1 Feb 2014 - 11:00 pm

El infierno queda en Colombia

Felipe Zuleta Lleras
Qué difícil resulta tener que escribir todas las semanas una columna en un país en donde pasan tantas cosas en tan poco tiempo. Y por supuesto, los asuntos cambian de minuto en minuto y por eso a la hora de escoger tema el asunto se pone hasta aburridor.
Por: Felipe Zuleta Lleras
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Llevo ya varias columnas hablando de Bogotá y su tragedia en manos de Petro, por lo que hoy prefiero hablar de otra cosa para dejarlos descansar del alcalde. Pues yo no sé si ustedes están mamados o no del tema, pero a mí este asunto de Petro me tiene hasta la coronilla. Qué hartera de alcalde, qué hartera de discursos, que hartera Petro y su ineficiencia.
Por eso quiero referirme a lo que está pasando en otro lugar del país que me duele. El departamento de Chocó, una región del país olvidada a su suerte en donde parecería que Dios salió corriendo para dejar a sus pobladores en manos del demonio, y, lo que es peor, en las de una clase política corrupta.
No sé cuántos de los lectores han estado en el Chocó. Yo he estado y les confieso, sin ánimo de descalificar, que es exactamente como ir a uno de los países africanos más pobres. Cuando uno agarra un avión en Medellín y a los pocos minutos llega a África, produce un shock de aquellos que uno jamás podrá olvidar.
La capital, Quibdó, no cuenta con acueducto, las calles están destrozadas, los colegios cayéndose, la pobreza se ve reflejada en cada uno de sus habitantes, los niños juegan en las calles entre el barro que se produce por un clima que tampoco se compadece de la zona. El calor infernal, sumado a la humedad, hace que uno difícilmente pueda respirar. Llama la atención que en medio de tanta miseria haya un barrio elegante, el barrio del Estado, le dicen los pobladores, pues allí hay unas lujosas mansiones que han sido construidas por los políticos corruptos, los que se han robado todo. Esa casa es la de los Montes, le dicen a uno, aquella la de fulano y esta la de tal exgobernador. Todo el mundo sabe quiénes se han robado la plata, pero nadie se atreve a denunciar porque los matan.
En el Chocó sufre hasta el demonio, pues no sólo el calor es tremendo, sino que el diablo se sentiría mal allá pues sería un bebé en pañales al lado de los políticos corruptos que durante décadas han saqueado al departamento.
Aparte de sus políticos corruptos, el Chocó jamás ha visto que los gobiernos lo apoyen. Contadas excepciones, los sucesivos presidentes reiteradamente han ignorado a ese departamento, como si de verdad no existiera.
Como colombiano, confieso que me indigna pensar que sigamos pensando que acá hay ciudadanos de primera y de segunda. Esa es tal vez una de las peores formas de discriminación, inadmisible en estos días. Pues a los chocoanos los discriminan por el color de su piel, por ser pobres, porque no tienen quién los represente. De lo que sí estoy seguro es que Dios y los gobiernos se olvidaron del Chocó.
Mientras tanto, nuestros políticos prometen y prometen. Todo eso da asco. Y mucho.

BUSCA ENRIQUECERSE

Mauricio Botero Caicedo 1 Feb 2014 - 11:00 pm

Más allá del rebusque…

Mauricio Botero Caicedo
El rebusque es actividad, creativa y legítima, que a muchos ha salvado de la mendicidad. Un amigo al salir del ‘asfalto’ defendía su nueva profesión con el irrebatible argumento que la ‘consultoría’ es el ‘estadio más alto del rebusque’.
Por: Mauricio Botero Caicedo
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Pero esta columna va más allá del rebusque. Va dirigida, con amables sugerencias, a aquellos que buscan no sólo sobrevivir, sino enriquecerse:

— Funde una iglesia: lo primero que debe hacer es encontrar un nombre llamativo como puede ser “Iglesia del Redentor Válido de Jesucristo de los Últimos Días” (lo de válido es para poder excluir a los minusválidos). Como pastor, paralelamente cree una división de lavandería de ‘verdes’ y una compraventa de ‘voticos’. Nunca desestime el enorme potencial de tener una iglesia propia: la de la familia Moreno Piraquive, según informes de prensa, tiene ingresos superiores a los $500 millones mensuales. ¡Pero apúrele! Cada semana piden pista 85 cultos.

— Establezca una “Universidad de Garaje” ofreciendo dos maestrías, que no obstante no ser muy prestigiosas, se convertirán en corto tiempo en minas de oro. La primera especialización es en ‘Derecho Penal Inmobiliario’, en que los abogados, ante la certeza de que sus clientes serán condenados, lo ayudan a escoger la casa, el club, el spa o la playa en que el pícaro aspire pasar su condena. La segunda es en ‘Derecho Penal Mediático’, donde le enseñan no sólo las artes de la locución y el hábil manejo del micrófono, sino cómo acercarse y congraciarse a periodistas agrios dispuestos a bañar en mugre impreso, radial y televisivo a la contraparte de sus clientes.

— Arme una ‘Cadena de la Felicidad’ que incluya a funcionarios, abogados y jueces, y póngase a diseñar e implementar ‘Tutelatones’ (el hábil y creativo manejo del instrumento constitucional de la tutela). Para dar una idea de magnitud de oportunidades, un solo abogado coordinó 326 acciones de tutela que buscan tumbar la destitución de Petro. Tutelas bien manejadas permiten, como por arte de birlibirloque, a las pensiones multiplicarse, y a los funcionarios ineptos o corruptos atornillarse a sus puestos.

— Otra rentable y moderna actividad es la creación de una empresa de ‘Logística Integral’ especializada en armar ‘paros, manifestaciones, huelgas y asonadas’. Según la ANIF, los paros llevados a cabo durante el año 2013 le costaron al país un total de $1,8 billones, lo que equivale al 0,4% del PIB anual. En Bogotá hay un especialista en el ‘negocio’ de las tomas que lleva cinco paros de desplazados. Estos montajes relámpagos (donde el especialista pone televisor y computador) ante la pusilanimidad de las autoridades, rinden espectaculares réditos.

— Funde, con un ramillete de amiguetes leguleyos, un despacho jurídico. Con un rimbombante nombre como ‘Colectivo de Abogados Teófilo Forero’, dedíquese de tiempo completo a demandar al Estado aquí y en el exterior. Les será suficiente identificar víctimas en que las instituciones internacionales como la CIDH vean con enorme simpatía el condenar a la Nación. Además de la admiración de los mamertos, se convertirá en un hombre rico, muy rico. Al Estado (a los contribuyentes) cada año se le (nos) condena a pagar un promedio de $200.000 millones. Si los “Colectivos” se quedan hasta con el 70% de dicha cifra, un ponqué de $140.000 millones está al alcance de sus manos.

MERCADO RELIGIOSO

Armando Montenegro 1 Feb 2014 - 11:00 pm

El mercado religioso

Armando Montenegro
A partir de la promulgación de la Constitución de 1991 se viene dando una puja por lo que algunos economistas, interesados en el tema desde los tiempos de Adam Smith, llaman el mercado de las religiones.
Por: Armando Montenegro
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Cada iglesia trata allí de ganar adeptos y aumentar su participación. Estudios realizados en Estados Unidos, un país bastante religioso, con separación entre las iglesias y el Estado, indican que la competencia entre las iglesias estimula la actividad religiosa y, en algunos casos, eleva el cumplimiento de los deberes de los fieles con la familia y la comunidad.
Las participaciones en este mercado han cambiado significativamente en Colombia. A diferencia del cuasi monopolio católico, apuntalado por la ley, ahora existen miles de iglesias y la católica ya sólo tiene un porcentaje cercano al 70%; las protestantes un 20%; los ateos y sin religión entre el 8 y el 15%; y las demás religiones un 2% (cifras todas muy aproximadas). Las encuestas muestran que la participación activa es mucho mayor entre los protestantes y no cristianos (muchos católicos no son practicantes).
Al igual que los crecimientos acelerados en el sector empresarial pueden ser síntomas de comportamientos audaces, la espectacular expansión de la iglesia de los Piraquive ha llamado la atención y ha motivado debates e interesantes informes periodísticos. Se ha concluido que, como en la competencia en el mercado de bienes y servicios, en el religioso deben existir reglas básicas y, para evitar abusos, algunos observadores han propuesto mayores controles estatales, un tema delicado que toca la libertad de cultos y de conciencia. Así como los seguidores de los Piraquive dicen, convencidos, que no objetan que esta familia, que a su entender está más cerca de Dios, tenga mansiones en Miami, de esa misma forma algunos católicos justifican la magnificencia del Vaticano.
Aparte del estricto cumplimiento de la ley, el Estado debería exigir que se divulgue información abundante sobre los ingresos y gastos de las iglesias, en especial los de sus directivas, de tal manera que la gente pueda tomar decisiones con los ojos abiertos. Como en los clubes, los aportes voluntarios de los miembros, siempre y cuando ellos sepan qué pasa con la plata, no deberían regularse.
Sobre las relaciones de la iglesia de los Piraquive con la política –que evocan ciertos capítulos de la historia en el siglo XIX y buena parte del siglo XX—, las autoridades electorales deberían exigir información sobre flujos de dinero entre esas dos actividades, pero no podrían prohibir que se hable de política en los templos (ni de religión en las plazas). La gente sabrá si acepta eso o no (esto era más delicado cuando existía una religión oficial).
Así como algunos asuntos de la Iglesia católica (ciertos escándalos aislados y sus normas de planificación familiar) pueden llevar a que algunas personas busquen religiones que se acomoden mejor a sus principios, las revelaciones sobre la organización de Piraquive podrían inducir a que algunos fieles se vayan para otro lado. Este es uno de los beneficios de la prensa investigativa y de los debates en un mercado abierto. Otras religiones (así como los ateos y agnósticos, organizados en Colombia) podrán aprovechar y promocionar sus ventajas y fortalezas. Los consumidores, al final, podrán decidir con quién se quedan.

DEVALUACION

Eduardo Sarmiento 1 Feb 2014 - 11:00 pm

El disparo de la devaluación

Eduardo Sarmiento
La reducción de la compra de bonos por parte de la Reserva Federal y el anuncio de recortes adicionales acentuaron la devaluación del peso. En los últimos 15 días el precio del dólar subió 8%.
Por: Eduardo Sarmiento
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De mantenerse la tendencia, la economía experimentaría una devaluación notable con serias repercusiones sobre su funcionamiento.
El país le apostó durante 20 años al desarrollo basado en la inversión extranjera, al desmonte arancelario y a los TLC. Se configuró un perfil productivo en el cual el país produce bienes mineros, servicios y construcción, y adquiere la mayor parte de la demanda industrial y agrícola en el exterior. Una de las características sobresalientes de esta estructura es la baja productividad de la actividad doméstica. En los últimos 10 años la productividad total de los factores no tuvo ningún incremento. El aumento de los ingresos laborales se explica por el abaratamiento de las importaciones.
Lo más grave es que en los países como Colombia, que tienen baja demanda por su producto de ventaja comparativa, aparece un creciente déficit en cuenta corriente financiado con inversión extranjera, que introduce una gran inestabilidad. Bastaba que cambiaran las condiciones externas para que el flujo de la inversión extranjera se revirtiera y dejara la economía expuesta a déficits desfinanciados. Luego, la salida de recursos generaría la escasez de divisas que provoca el alza del precio del dólar. No sobra señalar que el efecto de esta devaluación depende de qué tanto aumenta la inflación y reduce el salario real. Cuanto más bajen los ingresos del trabajo, tanto mayor será el incremento de las exportaciones y la reducción del déficit en cuenta corriente.
Las economías están entre elevar la tasa de interés y dejar salir los capitales. Hasta el momento los bancos centrales de los países emergentes (Rusia, Turquía, Brasil y Argentina) se han inclinado por la primera opción. El dispositivo ocasionaría una severa contracción que frenaría la actividad productiva. La otra opción es dejar que la devaluación se presente y corrija el déficit en cuenta corriente. La fórmula significaría la elevación de la inflación y la reducción de los salarios, y una contracción de la liquidez que en algún momento presionaría el alza de la tasa de interés.
Los hechos han venido a confirmar la inconveniencia de la modalidad de cambio flotante dentro de un marco mundial contractivo de exceso de ahorro. La revaluación desmantela la industria y la agricultura, y la devaluación baja el salario real, sube la tasa de interés y frena la actividad productiva. En el fondo, los países emergentes están expuestos a inestabilidades similares a los de la zona euro, donde las condiciones de intercambio son establecidas por los países mayores. Las naciones de menor desarrollo están condenadas a pagar con menores salarios los aumentos de las productividades de los socios. Así como los países periféricos de Europa tuvieron que bajar los salarios para compensar el aumento de la productividad de Alemania, ahora los países emergentes tendrán que hacer lo mismo con Estados Unidos.
 En el fondo estamos ante el quiebre del modelo basado en la inversión extranjera, el desmonte arancelario, el tipo de cambio flexible y los TLC. Las circunstancias claman por un modelo con mayor presencia de la industria y la agricultura, y con un menor déficit en cuenta corriente. Mal podría imaginarse que semejante cambio pueda resultar de una devaluación improvisada con la consecuente reducción de los salarios. Lo que se plantea es una nueva visión que establezca un marco coherente de aranceles, regule en forma directa el tipo de cambio y adopte algún tipo de restricciones administrativas a las salidas de capital.