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martes, 4 de marzo de 2014

CRIMEA



Publicado:  |  Actualizado: 04/03/14 CET

Crimea: la nueva guerra sin guerra






Militares ucranianos no armados portan banderas mientras abandonan el aeropuerto de Belbek, en la región de Crimea, tras concluir las negociaciones con las tropas rusas.
Por Miguel Ángel Nieto

Ningún gobernante ruso en su sano juicio soltaría un enclave geoestratégico tan decisivo como la península de Crimea, llave militar en el Mar Negro, puerta de Moscú a los océanos y cuna histórica del Imperio ruso. Al único que lo hizo, Nikita Jhuschov, se le negó la sepultura en la necrópolis del Kremlin, como a Boris Yeltsin, y fue exiliado al cementerio moscovita de Novodievichi, donde sus huesos descansan junto a poetas revolucionarios y suicidas como Vladimir Maikovski o cineastas como Serguéi Eisenstein, ninguneado por la censura soviética y abocado a un penoso peregrinaje americano. Jhuschov, que se formó políticamente gobernando Ucrania y acabó sucediendo a Iósif Stalin en el trono de la Unión Soviética, colocó en 1954 la bomba de relojería que hoy estalla en la cara del nuevo, ilegítimo y frágil gobierno oligarca de Ucrania. Aquel año, el dirigente de la URSS firmó, sin pensarlo demasiado, la cesión de la preciada península al gobierno de Kiev, miembro entonces de la Unión Soviética. Aparentemente, todo quedaba en casa. Nadie imaginaba que 35 años después de aquella rúbrica, la URSS desaparecería del mapa y Ucrania, con esa Crimea incluida en el paquete, se convertiría en un país independiente. Y aún más. Que en 1994, tres años después de la desintegración soviética, la propia Rusia, junto a Estados Unidos y el Reino Unido, entre otros, firmarían el Memorando de Budapest, aún en vigor, y en virtud del cual las potencias se comprometían a salvaguardar la soberanía e integridad territorial de Ucrania una vez que el nuevo país había renunciado al armamento nuclear legado por la antigua URSS.
No son los únicos lodos que vienen de aquellos barros. Décadas antes, las mortíferas epidemias de los años 20 en Crimea empujaron a Moscú a desplazar a esa península a cientos de miles de rusos para que repoblaran la zona y los cultivos no quedaran baldíos. Y otra nueva oleada de repoblación la instigó Stalin tras deportar masivamente a los autóctonos que aún quedaban en Crimea, a los tártaros, a los que acusó de colaboracionismo con los nazis. Es lógico que a estas alturas, como insisten las estadísticas, haya amplia mayoría de etnia rusa en Crimea y que los ucranianos y los tártaros apenas rocen el 30% de la población de la península. Y es lógico que en Crimea se hable mayoritariamente ruso, como en Ucrania, ya que sigue siendo idioma cotidiano en prácticamente todos los países que pertenecieron a la URSS, desde Bielorrusia hasta Georgia o Uzbekistán. Por estas peculiaridades, Crimea ha venido gozando de un estatus especial dentro de Ucrania, el de región autónoma del país con un enclave de propiedad rusa en su mismísimo corazón, esto es, la base militar de la Fuerza Naval de Moscú en Sebastopol. En este complicado marco histórico y étnico, y cargado de las medallas olímpicas de los Juegos de invierno de Sochi, Vladimir Putin ha jugado su más atrevida carta, la que los foros diplomáticos occidentales llaman ya "la mayor crisis política mundial desde la caída del muro de Berlín". Una carta a cuatro manos: la de los hechos consumados; la de la exhibición del poderío militar; la de la "balcanización" de la ocupación de Crimea; y la de plagiar la estrategia de la Resistencia de Kiev para desestabilizar las principales ciudades de Ucrania (Kharkiv, al noreste de Crimea; Donetsk, al este; y Odesa, al oeste, casi en la frontera moldava).
La política de hechos consumados es tradición de Moscú y a nadie llama la atención en la capital de Rusia, donde este tipo de frecuentes movimientos se consideran "normales". El despliegue fulminante de fuerzas de intervención no identificadas ya se utilizó en Georgia en 2008 y anteriormente en Armenia. En el caso de Crimea, la tarea "anónima" ha recaído en unas fuerzas especiales y casi secretas de las que dispone el Ministerio de Interior ruso para este tipo de acciones, las conocidas como "Vnevedomstvenaya Okhrana", siempre apoyadas por civiles rusos constituidos en brigadas de autodefensa.
La exhibición del poderío militar y de su velocidad de intervención también forma parte de la idiosincrasia rusa, más aún después de varias semanas de obligada quietud impuesta por las olimpiadas de Sochi. Al despliegue "anónimo" ha seguido la gala de las condecoraciones, los carros blindados, los aviones, el silencio impuesto a la televisión de Crimea, el control de las dos carreteras que unen a la península con el resto de Ucrania y el sabotaje a la red de Internet que conectaba a Crimea con el resto del país.
Ucrania está amedrentada por la superioridad del potencial enemigo, y así lo reconoce la población civil de Kiev, asediada por el impacto mediático del despliegue ruso o por las maniobras militares que se realizan al lado de sus fronteras. Lo saben mil veces más poderoso y mil veces más destructivo. Y más aún en un momento en el que ni el gobierno de Kiev es capaz de hacer valer su tradición militar con un Ejército que no sabe a quién obedecer ni cómo comportarse. Una fractura militar en Ucrania entre los que confían en el frágil mando de Kiev y los que se decantan por la obediencia debida a Moscú sí que sería una auténtica catástrofe. Y a eso juega peligrosamente Putin. División de un Ejército y economía en quiebra equivalen, en eso coinciden todos los historiadores, a una guerra civil asegurada.

La "balcanización" de Crimea es, probablemente, la más peligrosa de las jugadas de Putin, en tanto que ni a Oriente ni a Occidente, ni al Norte ni al Sur les conviene una contienda civil entre ucranianos. La "balcanización" consiste, como se le hizo al Ejército Federal yugoslavo en Croacia y en Bosnia i Herzegovina, en sitiar los cuarteles enemigos. En las últimas horas las bases militares ucranianas en Crimea han sido rodeadas y obligadas a una rendición de momento pacífica por parte del Ejército ruso. Las tropas rusas, en muchos casos con el beneplácito de los mandos ucranianos, ocupan ya los cuarteles del Ejército de Kiev en Crimea. Los rusos celebran en silencio las tácticas de Putin. A ojos de la mayoría, Ucrania ha demostrado un salvajismo atávico en su revuelta y Crimea, de eso no les cabe duda, les pertenece de siempre.
Los rusos prefieren el orden y la sumisión al poder en vez de una insurrección como la vivida en Kiev. Además, no están dispuestos a prescindir de sus veranos en las cálidas costas de la península, repletas de lujosos balnearios para rusos. Curiosamente, han hecho propio el discurso del Viktor Yanusevich, el fugado presidente ucraniano: todo vale en Crimea mientras Kiev no reconozca que lo ocurrido en Maidan ha sido un "golpe de Estado". Y por último, Putin ha plagiado la estrategia de la Resistencia ucraniana de la Plaza de Maidan en su revuelta contra el régimen de Yanukovich. Comenzó con ella el lunes en las principales ciudades ucranianas, excepto en la capital. Grupos de patriotas rusos organizados y luciendo la cinta de San Jorge, símbolo étnico de los rusos, han ocupado y se han apoderado en las últimas horas de los edificios gubernamentales y sedes parlamentarias y municipales en Kharkiv, Donetsk y Odesa. Con armas improvisadas, con banderas, con hogueras. Lo mismo que la Resistencia ha venido haciendo en Kiev desde el noviembre pasado.
Eso significa la parálisis total de la Administración ucraniana (ya de por sí maniatada por su falta de legitimidad y de crédito incluso entre la mayoría de los ucranianos). Significa el desgobierno, el desconcierto público y, lo que es más peligroso, el choque directo y violento de los patriotas rusos y los patriotas ucranianos, estos últimos curtidos en Maidan, dispuestos a morir por la soberanía del país y además alentados por una pobreza casi extrema.

En un país absolutamente surcado por gaseoductos rusos que distribuyen hacia Europa la materia prima, este escenario violentamente vectorial se convierte en idóneo para posibles sabotajes y atentados por parte del extremismo ucraniano, especialmente del extremismo neofascista, ya que la izquierda, por desgracia, brilla por su ausencia, como reconoce el historiador y activista ucraniano llya Bubraitskis. El sabotaje a las exportaciones de gas, la parálisis parcial o total de ese comercio ruso, es algo que Putin sabe que no puede jugarse.
Este es el escenario ya consumado en el que la diplomacia rusa no tiene ninguna prisa y hasta se siente halagada por tanto interés que muestran en frenar la "escalada de violencia" tanto la OTAN, como la OSCE, la UE, la ONU, EE UU o el FMI, entre otros. No parece importar que el rublo haya perdido el 20% de su valor frente al euro o al dólar desde que comenzaron las revueltas de Kiev, en noviembre de 2013. Lo que importa es que desde 1991 Rusia ha perdido cada año un trozo de territorio equivalente a toda Bélgica. Y que por las buenas o por las malas, no está dispuesta a perder ese fragmento de suelo que regaló Jhuschov, precisamente del tamaño de Bélgica, por ser de una importancia estratégica incalculable. Para ello, ha estrenado el nuevo modelo bélico del siglo XXI: la guerra sin guerra.

El buque de guerra ruso Minsk llega al puerto de Sebastopol, en Crimea (Ucrania) el martes 4 de marzo de 2014


Crimea no es (exactamente) Kosovo

Pese a ciertas similitudes, la agresión serbia a los albanokosovares marca una clara diferencia entre los dos casos


Un guardia ucraniano en la región de Kherson, cerca de Crimea. / VALENTYN OGIRENKO (REUTERS)
“Si Kosovo es un caso especial, entonces Crimea también es un caso especial. Igualmente especial”. Serguéi Lavrov, ministro de Exteriores ruso, denunció así la semana pasada la que Moscú considera la actitud hipócrita de Occidente. Vladímir Putin también evocó el caso kosovar en la conversación telefónica mantenida el domingo con Barack Obama. Las potencias occidentales rechazan las equiparaciones y alegan diferencias sustanciales entre ambos episodios. ¿Quién tiene razón?
El asunto es complejo. En una primera aproximación, es fácil encontrar tanto similitudes como diferencias. Pero cada uno de esos elementos es susceptible de interpretaciones, en una equiparación que además se juega en varios planos: legal; político; moral.
Por un lado, ambos territorios eran provincias de un Estado del que decidieron unilateralmente separarse; en ambos casos la legalidad del procedimiento de separación es al menos discutible; ambos territorios cuentan con una mayoría étnica distinta de la dominante en el país al que pertenecían; en ambos hubo una intervención militar extranjera sin autorización de la ONU; ambos sufrieron un marcado deterioro del grado de autonomía que el Estado les había sido reconocido en épocas anteriores.

Los dos territorios habían sufrido un deterioro de su grado de autonomía
Por el otro, la operación militar serbia en Kosovo, que la mayoría de los historiadores no duda en calificar de limpieza étnica, representa una clara diferencia, ya que la población rusa en Crimea no ha sufrido ninguna agresión por parte de la autoridad central. (Occidente sostiene que esa violencia justificó la excepción al principio de integridad territorial). Además, Kosovo fue administrado por la ONU durante casi 9 años antes de la secesión.
A continuación, la opinión de algunos expertos ilustra la complejidad de los argumentos y esboza algunos elementos útiles para extraer conclusiones.
David L. Phillips, director del programa sobre Paz y Derechos de la Universidad de Columbia y autor de un libro sobre Kosovo, sostiene en conversación telefónica desde EE UU que la equiparación no tiene ninguna base. Phillips cree que las atrocidades cometidas por las fuerzas serbias en Kosovo borraron la legitimidad y la autoridad moral de Belgrado para gobernar ese territorio.
El experto cree que, a diferencia de la secesión de Crimea, la de Kosovo es legal. “La constitución yugoslava de 1974 otorgaba a Kosovo [entonces provincia de Serbia] un derecho a la secesión igual que el que ostentaban las repúblicas de la federación”, dice. Además, considera, “la disolución de Yugoslavia y la separación de Montenegro de Serbia liberaron a Kosovo de sus obligaciones legales con Belgrado”; por último, “la resolución 1244 de la ONU [que diseñó la administración de Kosovo después de la intervención de la OTAN] preveía que el pueblo kosovar fuera consultado acerca del estatus de su territorio”.
El dictamen pronunciado en 2010 por el Tribunal Internacional de Justicia sobre el caso kosovar, sin embargo, utilizó un lenguaje ambiguo. La corte consideró que “la declaración de independencia kosovar no es ilegal”. La corte no dijo explícitamente que la independencia es legal.
Ignacio Molina, investigador principal del Real Instituto Elcano, también cree que hay diferencias sustanciales entre Crimea y Kosovo, pero admite que pueden extrapolarse similitudes desde el punto de vista legal. Según Molina, ambos casos se hallan en una suerte de limbo jurídico de alegalidad. Ambas secesiones son contrarias al derecho del país de referencia; a falta de una condena del Consejo de Seguridad de la ONU, ninguna de las dos es abiertamente ilegal en el plano del derecho internacional; pero tampoco son claramente legales, como podría ser la autodeterminación de un pueblo colonizado. Pero, en conversación telefónica, Molina subraya que hay datos que marcan diferencias: la agresión de Belgrado; el estatus kosovar, desde 1999 bajo mandato internacional; la desaparición del Estado matriz; la no integración con el Estado de referencia, Albania.
Antonio Remiro, catedrático de Derecho Internacional de la Universidad Autónoma de Madrid, sí cree en cambio que los rusos tienen argumentos válidos para rechazar las críticas occidentales. “Occidente cosecha lo que ha sembrado”, comenta. “Preparó y perpetró una independencia de Kosovo que es ilegal. Por supuesto la violencia constituye una diferencia entre ambos casos. Pero la agresión ocurrió casi una década antes de la declaración de independencia, que se pronunció cuando el territorio kosovar se hallaba seguro bajo el mandato de la ONU, y cuando ya había otros gobernantes en Belgrado. Occidente no se puede permitir reproches a Putin”, concluye.
Jos Boonstra, investigador del think tank FRIDE, se decanta por marcar las diferencias entre los dos casos, y destaca el gran esfuerzo internacional acometido a lo largo de años para intentar una convivencia común de Kosovo y Serbia. Desde su punto de vista, la secesión fue el final de un proceso en el que quedó evidente que esa convivencia ya no era posible, y no es correcto compararlo con la secesión de Crimea, "consumada en pocos días".
Las autoridades occidentales han definido el referéndum de Crimea como “ilegal e ilegítimo”. Según un interesante comentario escrito por el profesor de Harvard Jack Goldsmith, la referencia pretende subrayar que Kosovo pudo ser ilegal, pero que tenía una legitimidad moral que el caso de Crimea no tiene.


El Kremlin anuncia que Crimea ya forma parte de la Federación Rusa

El presidente asegura que la península "es una parte inalienable" de Rusia en una sesión extraordinaria del Parlamento y pide a la Duma que promulgue una ley para anexionar el territorio

Todo ha sido fulminante: nada más terminar de hablar ante la élite política rusa —miembros de ambas cámaras del Parlamento y jefes de la regiones del país—, el presidente Vladímir Putin y la delegación crimea, compuesta por los dirigentes de la península, procedieron a firmar el tratado internacional por el cual Crimea y Sebastópol pasan a formar parte de la Federación Rusa. En su discurso, pronunciado este martes en la Sala de San Jorge del Kremlin, Putin aseguró que Crimea era "tierra santa rusa" y opinó que UcraniaEstados Unidos y sus socios occidentales se habían pasado de la raya. "Todo tiene un límite" y Washington "lo traspasó" en el país vecino, señaló, acusándolo de estar acostumbrado a actuar según la ley del más fuerte.

El decreto firmado por Putin, que entra inmediatamente en vigor, incluye un reconocimiento para el "estatus autónomo especial" de Sebastopol
Putin recordó que precisamente en Crimea el príncipe Vladimiro fue bautizado, comenzando así la cristianización de Rusia, y que en la península los rusos escribieron páginas heroicas de su historia. Se refirió asimismo al traspaso a Ucrania de provincias del sur de Rusia después de la revolución bolchevique, a lo que siguió la entrega de Crimea, que se hizo en 1954 sin consultar al pueblo. Ese «robo a Rusia» se hizo sin siquiera cumplir con las formalidades legales que exigía la Constitución de la época. Verdad es que, reconoció, en aquellos tiempos se trataba de un acto prácticamente formal, porque se realizaba en el interior de un gran país y nadie se podía imaginar que algún día Rusia y Ucrania se separarían.
El líder ruso defendió la legalidad del referéndum celebrado en Crimea el domingo pasado e insistió en que la consulta se hizo en concordancia con el derecho internacional. Al respecto citó textualmente documentos de la ONU y de Estados Unidos relativos a Kosovo e insistió en el paralelismo de la situación de Crimea y la de ese territorio, que entonces era una región autonómica yugoslava. En particular, citó en primer término una resolución de la Corte Internacional de Justicia de la ONU del 22 de julio de 2010, basada en el punto 2 del artículo 1 de la Carta de ese organización, en la que se afirma que “de la práctica del Consejo de Seguridad no se desprende ninguna prohibición general a la declaración unilateral de independencia” y que “el derecho internacional no contiene ninguna prohibición aplicable a la declaración de independencia”. En segundo, reprodujo dos frases del memorando fechado el 17 de abril de 2009 que EE UU presentó a dicho tribunal en relación a Kosovo: “las declaraciones de independencia pueden contradecir, y con frecuencia así sucede, las leyes internas; sin embargo, ello no significa que se esté violando el derecho internacional” (las citas han sido traducidas de la versión rusa por este corresponsal).
“Nuestros socios occidentales encabezados por Estados Unidos prefieren guiarse en política internacional por el derecho del más fuerte, creen […] que solo ellos pueden tener la razón. Aquí y allá utilizan la fuerza contra países independientes, hacen aprobar las resoluciones que necesitan de las instituciones internacionales o simplemente las ignoran, como lo hicieron en Yugoslavia”, manifestó Putin, que enumeró también Afganistán, Irán y “la clara violación de la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU sobre Libia”. Sobre esta última, el líder ruso recordó que Naciones Unidas decretó una zona de no vuelo pero Washington se arrogó el derecho a bombardear el país.
A Rusia siempre la han engañado, se lamentó Putin. Lo hicieron, por ejemplo,cuando en tiempos de Mijaíl Gorbachov prometieron que la OTAN no se ampliaría hacia el Este o cuando la infraestructura militar de la Alianza avanzó hacia los países que antes formaban parte de laURSS. Se refirió asimismo a los obstáculos que le ponen a Rusia para la libre competencia económica, a que aunque formalmente la prohibición de venderle tecnología avanzada ha sido eliminada, de hecho continúa en muchos aspectos.
Putin afirmó que después del golpe de Estado que se dio en Kiev y de la política emprendida por las nuevas autoridades Rusia “no podía abandonar” a los crimeos, tenía la obligación de ayudarlos; lo contrario, señaló, habría sido “una traición”. Pero no se trata de una anexión ni de una invasión —“¿dónde ha habido una invasión sin enfrentamientos ni víctimas?”, inquirió— y recordó que no había hecho uso de laautorización parlamentaria de enviar al Ejército. Simplemente no era necesario, explicó, pues los soldados rusos ya estaban en la península “de acuerdo con un tratado internacional” y aunque reforzó su presencia ni siquiera llegó al límite de efectivos permitidos por ese tratado, que es de 25.000 uniformados. Para Rusia, de lo que se trata es de una reunificación.

Crimea defiende sus fronteras. / REUTERS LIVE!
La “política de contención de Rusia, que se aplicaba en el siglo XVIII, y en el XIX, y en el XX continúa hoy. Constantemente nos tratan de arrinconar porque tenemos una posición independiente, porque la defendemos, porque llamamos las cosas por su nombre y no recurrimos a la hipocresía. Pero todo tiene su límite. Y en el caso de Ucrania nuestros socios occidentales pasaron la raya, se comportaron de manera grosera, irresponsable y no profesional”, espetó Putin.
“Sabían perfectamente que en Ucrania y en Crimea viven millones de rusos. Hasta qué punto hay que perder la intuición política y el sentido de la medida para no prever todas las consecuencias de sus acciones. Rusia se vio en un punto del que no podría retroceder. Si se aprieta un resorte hasta el fondo, terminará por saltar. Hay que tener siempre en cuenta esto», advirtió. Ahora lo que se necesita es terminar con las reacciones «histéricas, renunciar a la retórica de la guerra fría y reconocer un cosa evidente: Rusia es un participante activo e independiente en la arena internacional y como otros países poses sus intereses nacionales que hay que tener en cuenta y respetar».

Comunidad tártara en la península de Crimea. / REUTERS LIVE!
Finalmente, Putin agradeció la posición de China y la India y pidió apoyo al pueblo de Estados Unidos y a Europa, especialmente a Alemania. Al respecto recordó que Rusia apoyó incondicionalmente la reunificación alemana al final de la era soviética en circunstancias en las que había países teóricamente aliados que no estaban por la labor.
Después del discurso, Putin firmó el tratado por el cual Rusia acepta a Crimea como nueva república y a Sebastopol como ciudad con estatus especial, como el que tienen Moscú y San Petersburgo. En representación de Crimea firmaron el jefe del parlamento local, Vladímir Konstantínov, y el primer ministro, Serguéi Axiónov; por Sebastopol, puerto donde se emplaza la principal base de la Flora rusa del mar Negro, lo hizo Alexéi Chaly, que ocupa el cargo equivalente a alcalde de la ciudad.
Aunque desde ya se considera que Crimea y Sebastopol son parte de Rusia, todavía faltan algunos trámites para finalizar el proceso legal, concretamente, el parlamento debe ratificar el tratado y el Tribunal Constitucional debe dictaminar que no contradice la Constitución rusa.



Rusia despeja Crimea a la fuerza

Unidades rusas irrumpen a tiros y con blindados en una base aérea ucrania

Cientos de civiles prorrusos se hacen con el control de otro centro militar

A Rusia se le ha acabado la paciencia con los militares ucranios rezagados en Crimea. Cansados de esperar la rendición de unas cuantas unidades numantinas, cercadas desde hace días por tanquetas y decenas de hombres armados, seis blindados rusos entraron ayer por la fuerza en la base aérea de Belbek, cerca de Sebastopol. Los acorazados se abrieron paso con armas automáticas y granadas aturdidoras y los ucranios respondieron con disparos al aire, aunque enseguida depusieron las armas, que acabaron siendo amontonadas en el arsenal de la base. Un soldado ucranio resultó herido y el comandante fue detenido y llevado a un lugar desconocido paranegociarcon los asaltantes.
Moscú aseguró ayer que 54 de los 67 navíos de la Armada ucrania en Crimea han cambiado de bando, que la bandera rusa ondea ya en 147 destacamentos enemigos y que, de los 18.000 militares ucranios desplegados en la península, solo 2.000 volverán al continente, mientras el resto habría aceptado la oferta de integrarse en las Fuerzas Armadas de la Federación. En la mayoría de los casos, la rendición ha sido pacífica, cuando no un tanto grotesca, como la de los efectivos de una unidad de la Armada ucrania en Novofedorivka, que ayer abandonaron el recinto tras la irrupción de un grupo de 200 civiles desarmados que los hostigaron hasta sacarlos a la calle.

Vientos separatistas en el Este

La población rusa de Ucrania hizo ayer una nueva demostración de fuerza. Más 5.000 personas se manifestaron en Donetsk, en el este rusófono del país, a favor del depuesto presidente Víctor Yanukóvich y de la convocatoria de un referéndum que, como el de Crimea, permita incorporarse a esa región, corazón industrial del país, a la Federación Rusa. El viernes el Parlamento local constituyó un grupo de trabajo para diseñar una consulta similar a la de Crimea.
Hace diez días, dos manifestantes resultaron muertos en la ciudad en los enfrentamientos entre grupos prorrusos y partidarios del Maidán. Aunque en la última semana la tensión ha disminuido, el Gobierno de Arseni Yatseniuk no ha rebajado la alerta, pues teme que el caso de Crimea pueda repetirse como un dominó en Donetsk y Lugansk, zonas de mayoría étnica rusa.
“No habrá nuevas Crimeas”, aseguró el viernes el fiscal general adjunto, Mikola Golomsha, que atribuyó la organización de los movimientos separatistas a “hombres vestidos de civil, con documentos falsos y llegados de Crimea, y a miembros de los servicios especiales rusos, enviados con el único fin de desestabilizar la región”.
Durante la crisis de Crimea Rusia ha reforzado su frontera con el este de Ucrania con un amplio despliegue de tropas. El presidente Vladímir Putin ha reiterado que no tiene intención de atravesar la barrera, pero la perspectiva del aumento de la violencia entre ambos grupos en Donetsk —y eventualmente en Lugansk, también situada en el Este del país— podría servir de pretexto al Kremlin para otro paseo militar por la región.
Hartos del silencio y la inacción de Kiev y rendidos a la evidencia de que sus cuarteles han cambiado de bando, la mayoría de los efectivos ucranios han ido tirando la toalla. El viernes, horas después de expirar el pacto de no agresión firmado hace una semana por Ucrania y Rusia —destinado en teoría a facilitar el desarme y abastecer las bases; en la práctica una prórroga para Kiev— en tres cuarteles de Simferópol aún ondeaba la bandera amarilla y azul ucrania, mientras tropas rusas sin distintivos y autodefensas locales cercaban las instalaciones.
Del interior de la unidad de infantería 82542 salían con cuentagotas oficiales en uniforme, con todas sus pertenencias en bolsas que eran meticulosamente registradas a la puerta por los custodios del recinto. Con cara de circunstancias, todos declinaban hacer comentarios. “Aún hay soldados en el interior, pero no puedo decir cuántos. Ninguno ha usado sus armas, pese a que tienen permiso de Kiev para hacerlo. Pero la mayoría de oficiales ya se han ido. Pueden irse cuando quieran siempre que dejen aquí las armas”, explicaba en la puerta Roman, de 24 años, uno de los civiles que engrosan las variopintas autodefensas de Crimea.
Igual que esta unidad, otras dos ubicadas en Simferópol —una de ellas de la Armada— tenían también izada la bandera ucrania junto a la de Crimea, casi idéntica a la rusa (tres franjas, roja, azul y blanca, pero en distinto orden). “Estamos negociando una salida porque nos hemos cansado de esperar órdenes que no llegan[DE KIEV]. Técnicamente aún estamos movilizados, y ningún soldado podría abandonar, salvo desertando, y mucho menos rendirse, pero esta situación es muy distinta. Un militar cumple órdenes, y en Kiev nadie parece capaz de darlas”, explicaban dos soldados ante otra unidad de infantería que, dijeron, albergaba aún a un centenar de hombres.
“Es un mal trago que celebro no haber tenido que apurar. Hagan lo que hagan, regresen a Ucrania o se queden aquí y se unan a las fuerzas armadas rusas, para el bando contrario serán siempre unos traidores. Traidores que además se habrán rendido de la peor manera posible para un militar: sin luchar. Muchos de ellos son crimeos, viven aquí y van a ser mirados con desdén o con lástima”, explicaba Oleg T., que sirvió en la base como oficial y ha ido a apoyar a sus compañeros. “Espero que la humillación que sienten estos militares quede contrarrestada por la actuación vergonzosa del Gobierno. Alguien debería pagar por esto”.
Tan evidente resulta la desidia —por no decir negligencia— del Gobierno de Kiev que el propio ministro de Defensa ucranio, Igor Teniuj, cargó sobre la cúpula política la responsabilidad de tomar una decisión sobre el futuro de sus tropas en Crimea.
“Para resolver esta situación, que es extremadamente tensa, debe haber una decisión de la dirección política”, dijo, en clara referencia al Gobierno del que forma parte.