El resultado de las elecciones dejó insatisfecho a todo el mundo.
Por: Julio César Londoño
“Perdió el país —escribió Antonio Caballero—. En Colombia lo único democrático es la corrupción”. También quedó inconforme el presidente, que necesitó la manguala de tres partidos para obtener una victoria precaria sobre Uribe. También quedó inconforme el delirante Uribe, que esperaba la delirante cifra de 40 curules. Tampoco le gustó la cosa a León Valencia: “Los herederos de la parapolítica y los líderes vinculados a nuevas ilegalidades lograron una asombrosa representación: 70 congresistas”.
70 curules es el 26% del Congreso, lo que significa que uno de cada cuatro parlamentarios es un hampón torpe (luego los otros tres son hábiles). Si nos atenemos al épico 35% de Mancuso, hay al menos una conclusión positiva: hoy, Colombia es menos “paraca” que hace ocho años. Algo va de Santos a Uribe.
Quedaron inconformes los afrodescendientes, cuyas curules terminaron en manos blancas de sujetos oscuros. Los negrearon. Quedaron muy ofendidos los conservadores, que perdieron la friolera de 12 curules (les sentaban mejor las lentejas que la mermelada). Quedaron inconformes los pastores. Les fue como a los perros en misa. Judío al fin y al cabo, Jehová los llevó con la doble. Bien hecho.
Dejaron un amargo sabor entre los ciudadanos de bien los 300.000 votos de dos ñoños de la Costa, Bernardo Elías y Musa Besaile, cifra que puso en evidencia el poder político de los grandes carteles de la contratación pública, en particular el de estos aventajados sucesores del clan Nule.
Yo, lo confieso, aún no paso el taco de las 19 curules de Uribe y los 100.000 votos del pelele de Dilian Francisca en el Valle. Pero si uno lo piensa bien, debe aceptar que en el nuevo Congreso habrá una baraja de pesos pesados nunca vista (Uribe, José Obdulio, Paloma Valencia, Viviane Morales, Ana Mercedes Gómez, Susana Correa, Prada, Roberto Gerlein, Efraín Cepeda, Simón Gaviria, los hermanos Galán, Serpa, Navarro, Robledo, Claudia López…). Como bien señalan los analistas, la aparición del Centro Democrático puede llenar el vacío de oposición de la política colombiana. Es importante la participación de Uribe. Gústenos o no, es un actor central del conflicto y el más popular líder del país. Para decirlo en términos rudos, es el líder pro-paraco de un país asaz paraco. Uribe debe estar en el Congreso, codo a codo con Iván Márquez y Timochenko. No creo que las reputaciones de estos tres señores sufran mucho menoscabo por pisar ese recinto.
La indignación de nuestros mejores columnistas por la llegada de paramilitares, narcos, chanceros, contratistas y politiqueros al Congreso es entendible, pero es una posición ingenua e incoherente. Una sociedad no puede cohonestar con el paramilitarismo y otras alimañas durante más de 20 años y un buen día amanecer remilgada y decirles, señores, yo no los conozco, ustedes huelen mal, ¡fuera del Capitolio, sabandijas, ya no necesito sus motosierras ni sus dólares ni sus votos! Y al mismo tiempo pretender que ella, esa sociedad, ese establecimiento, es decir, los ganaderos, los pastores, los generales, los barones electorales, los notarios y los expresidentes, conserven intactos sus derechos civiles y su reputación.
El Congreso se define como “un colegio honorable y representativo de la sociedad, con funciones legislativas”. La palabra “legislativa” define su dominio. La palabra “honorable” ya era un anacronismo retórico en la Roma de los césares. La palabra “representativo”, en cambio, apunta a la esencia misma de la democracia, y nadie en su sano juicio podrá negar que este Congreso representa mejor que ningún otro nuestra variopinta e hijode%&#?! condición.

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