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sábado, 29 de marzo de 2014

Medidas inconvenientes

INDALECIO DANGOND B. 28 MAR 2014 - 11:00 PM

Medidas inconvenientes

Indalecio Dangond B.
Ahora si es verdad que se les fueron las luces al Gobierno Nacional con las medidas tomadas esta semana para bajarle la temperatura al paro nacional agrario que se les viene encima con la primavera de abril y que le puede aguar la fiesta al accidentado candidato Juan Manuel.
Por: Indalecio Dangond B.
La incoherencia e improvisación de los frustrados e inexpertos burócratas que están tomando esta medidas, permite ver lo desconectado que están con los problemas del campo del país. Echemos un vistazo al manejo de los altos precios de los agroinsumos.
Para bajar los altos precios de los insumos agrícolas al productor, se les ocurrió relanzar la obsoleta tarjeta de crédito del Banco Agrario para compras de Agroinsumos. Tal como lo advertí en el pasado, el resultado fue desastroso porque los proveedores de agroinsumos no iban a ser tan mentecatos de cederle al operador de la tarjeta de crédito el 60% de su comisión de venta y en segundo lugar los cupos de las tarjetas fueron tan pequeños, que no alcanzaban ni para comprar el veneno para matar las hormigas.
No contentos con semejante embarrada, el pasado jueves se les dio por lanzar una línea especial de crédito Finagro para refinanciarle las deudas a los productores que están promoviendo el paro agrario nacional. Esta medida, además de ser politiquera es discriminatoria con el resto de los productores del país. Parecen vainas del cuestionado expresidente de Finagro y Banco Agrario Cesar Pardo Villalba, a quien en el pasado la Procuraduría General de la Nación le formuló pliego de cargos y la Contraloría General de la República declaró fiscalmente responsable a titulo de culpa grave por presuntas faltas en dichos cargos. Esta es la nueva adquisición del ministro de Agricultura Rubén Darío Lizaralde. Que bonita compañía.
Contrario a lo anterior, el Gobierno debió –al igual que hicieron con las medicinas- imponer unos techos en los precios de los agroinsumos y sacar una línea de crédito de factoring que le permitiera a los productores del campo negociar sus facturas de venta ante la banca para poder tener capacidad de adquirir insumos a tiempo con descuentos por pagos de contado.
Otra medida que debe corregirse urgente, es que quienes representen a los productores y recauden la cuota de fomento, no deben ser comercializadores de semillas e insumos, porque terminan defendiendo los intereses de las multinacionales que los producen y no los intereses de sus agremiados. En Perú y Ecuador donde no existe esta práctica perversa, los insumos se consiguen a mitad de precio y los costos de producción de una hectárea de arroz por ejemplo, están alrededor de los 1.300 dólares, contra 2.500 dólares que cuesta acá.
La fórmula que amarra el precio del ACPM al precio internacional del petróleo es otra de las medidas que le quita competitividad al sector productivo. Este método le reporta inmensas utilidades a Ecopetrol pero le quita competitividad al sector productivo, gravando a los tractores, camiones, combinadas, motobombas, etc. Mientras en Ecuador el galón de ACPM cuesta alrededor de US$1,02 en Colombia vale más de 4 dólares.
 Es mejor recaudar impuestos por utilidades de un sector productivo competitivo, que recaudarlos a través de Ecopetrol a costa del deterioro de ese sector productivo.
Por último, el Gobierno debería exonerar del 4x1.000 las operaciones de créditos para el sector y suprimir el IVA al arrendamiento de tierras en un país donde el 90% de los productores de arroz, maíz y algodón, son arrendatarios.
Más que subsidios, lo que están necesitando los productores del campo es acceso rápido y económico a variedades de semillas, tecnologías e insumos que les permita obtener altos rendimientos.
@indadangond

gobernar desde la ideologia

NICOLÁS URIBE RUEDA 28 MAR 2014 - 9:41 PM

Gobernar desde la ideología

Nicolás Uribe Rueda
Cuando se trata del gobierno, —lo dice Tony Blair con contundencia— el reto es la eficacia, no la ideología.
Por: Nicolás Uribe Rueda
A los ciudadanos de nuestros días, poco o nada importa quién gobierna y desde qué posición del espectro político e ideológico se hace. Mientras funcione, al padre de familia lo tiene sin cuidado el modelo de administración del colegio de su hijo (público, privado o concesionado). Al ciudadano de a pie no le interesa si quien recoge su basura es una empresa pública o si el bus en el que viaja todas las mañanas es de propiedad de un particular o está en el inventario del municipio en el que vive. El enfermo quiere una cama decente y un tratamiento digno y no tiene tiempo de averiguar si quien lo atiende es un doctor pagado de manera directa o indirecta con recursos oficiales. El refrigerio de los niños del jardín no sabe diferente dependiendo de si fue contratado con recursos departamentales, nacionales o locales. Nadie se angustia porque los bombillos de su casa encienden gracias a la energía generada por una multinacional o por una empresa pública. Todos, por el contrario, dependemos de la calidad, continuidad y oportunidad de los servicios de salud, educación, transporte y energía. A todos nos indigna la falta de alimentación para los niños, nos molesta caminar entre basuras y a todos, sin falta, nos entristece imaginar desde un trancón cómo nuestros hijos se hacen grandes.
Y lo anterior no sólo es un enunciado retórico. La prueba está en que hay malos y buenos gobiernos de izquierda, de centro y de derecha, así como líderes situados en todos los puntos cardinales de las ideas, que se perfilan en Colombia y en el mundo como grandes transformadores de las sociedades en las que viven.
En el marco de este análisis, el fracaso de Petro en Bogotá no se explica por su interés de gobernar desde la izquierda, sino por cuenta de su excitación ideológica y su pobre capacidad de obtener resultados. Petro creyó que la basura de las calles la recogería la ideología, que los jardines infantiles que prometió por cientos se construirían con ideas y que el transporte en Bogotá mejoraría tan pronto desacreditara de manera sistemática a los operadores privados de Transmilenio. El exalcalde, malamente, creyó que la estatización de los servicios per se mejoraría la prestación de los mismos y que la burocratización de las entidades distritales crearía una ciudad más incluyente. Petro se equivocó al pensar que predicando sobre la paz para Colombia lograría impulsar una cultura de convivencia en Bogotá y que promoviendo el odio de clases podría impulsar el desarrollo económico de los bogotanos. Ahí, a la vista de todos, están los resultados.
Y precisamente por todo lo contrario, “Pardo el Breve”, como seguramente pasará a la historia el encargado alcalde de Bogotá, tendrá más realizaciones en apenas unas semanas que Petro en dos largos y tediosos años. Mientras el primero gobierna con el apoyo de la Presidencia y con sentido de urgencia enfrenta las preocupaciones más sentidas de los ciudadanos, el segundo no supo aprovechar la oportunidad para transformar a Bogotá y se dedicó a fidelizar a sus devotos electores con discursos. Hasta donde sabemos, y aun desde el gobierno, un trino nunca ha logrado cambiar la vida de un ciudadano del común.

DESFILE DE TROPAS

JUAN DAVID OCHOA 28 MAR 2014 - 11:00 PM

Desfile de tropas

Juan David Ochoa
En Colombia, país anestesiado ya por la insania y la exageración de la crudeza, aletargado en la costumbre de verse continuamente destruido entre los dientes de la fatalidad, no es drama ni noticia para el presidente que los estamentos públicos y las ciudades olvidadas por el centralismo se estén desmoronando sobre la misma perdición trillada.
Por: Juan David Ochoa
No es anecdótico que Cali colapse por los monopolios del transporte, ni que Medellín esté sitiada por las extorsiones, ni que el Atlántico siga siendo el fortín de las mafias y de los nuevos caciques de una política prostituida. En Colombia, país de las hipérboles siempre superadas, lo inaudito es una página frívola del caos, y el presidente aparece ante las cámaras solo en la excepción de que un departamento se evapore en una extraña aridez con 20.000 animales moribundos, o en caso de que en el puerto más importante del país se estén descuartizando a sus ciudadanos con las motosierras alegres de una vieja desmovilización sin reglas.
Juan Manuel Santos admite la hecatombe, y envía a su alfil providencial, Juan Carlos Pinzón, para que ponga en su lugar al desmadre repentino del año, como si fuera repentino, como si fuera exclusivamente del año.
Desde siempre Buenaventura es un puerto congelado en los siglos de la esclavitud, sobreviviente en las migajas estatales para su trabajo de rutas y descarga, abandonado en una infraestructura irrisoria y azotado por el tráfico, por la extorsión, por la puja continua de las Farc y los residuos del paramilitarismo mimetizados en Bacrim. Era una bomba de tiempo y lo sabían todos. Pero La bomba estallaría frente al mar, en el sonido sordo de una explosión sin importancia, volvería a ser todo común entre los días comunes del pacifico, sin resonancia, sin trascendencia, sin escándalo. Ya habían colapsado antes otras ciudades y otros departamentos sin mayor relevancia en la anestesia de lo previsible.
Lo que nadie preveía era el colapso progresivo del comercio por físico terror y que nadie querría volver a abrir sus puertas por el espanto a revelar los rostros. El puerto tenía que parar su tráfago sin tregua y amenazar el flujo del comercio a las ciudades interiores para que, por primera vez, en los decenios largos del desmadre, un presidente aceptara que el asunto era serio, que la amenaza era real, y que el puerto del Pacifico era efectivamente un territorio abandonado y acorralado por el anarquismo.
El ministro de defensa entra en la imponencia mesiánica y recorre las calles de otro siglo. Nadie habla en el cuidado de las futuras represalias, nadie comenta los detalles de una vida amedrentada.
El placebo ahora son las tropas. Un desfile pasajero de poder sobre las llagas del tiempo

ASAMBLEA NACIONAL CONSTITUYENTE

RODOLFO ARANGO 28 MAR 2014 - 11:00 PM

Asamblea Nacional Constituyente: ¿Para qué?

Rodolfo Arango
No existe nada más democrático que un pueblo quiera darse y se dé su propia constitución.
Por: Rodolfo Arango
La Asamblea Constituyente es un acto político fundacional. “Constituirse” en unidad política, según principios e instituciones, exige la voluntad de todos y la disposición a obedecer el texto finalmente adoptado, cuya vigencia se condiciona en ocasiones a la convalidación del pueblo.
Antes Uribe, luego las Farc y su entorno, y ahora Petro, todos claman la necesidad de una constituyente. En redes sociales se señala un común denominador de los promotores: el autoritarismo. Agregaría otro: el deseo de tornar derrotas en victorias. La prohibición de una segunda reelección, el desprestigio de la guerrilla o la destitución administrativa alimentan el propósito de volver a repartir las cartas, pero ahora en forma marcada. Esto porque para la elección de constituyentes no se contempla el voto directo de toda la ciudadanía, sino una integración sectorial, algo inaceptable por carecer de representatividad.
El pueblo no es tonto. Tampoco se deja manipular, ni representar por cualquiera. ¿Quién tiene la vocería del “querer popular”? Creer que este es apropiable demagógicamente es no entender para qué se adopta una constitución. Ciertamente no es para luego desobedecerla o para que los excluidos la desacaten al no verse reflejados en ella. Darse una constitución, finalidad de una constituyente, presupone una intención compartida, una actitud discursiva en búsqueda de entendimiento, no la imposición de reglas por vía de mayorías artificialmente construidas.
Uribe, Londoño y Ordoñez sueñan con la Constitución de 1886 y con la posibilidad de establecer el viejo orden, confesional, militarista, caudillista. Las Farc nunca han defendido el derecho, instrumento de dominación (incluso la Constitución). Sorprende ahora su interés en una “constituyente”. Petro, corresponsable del adefesio llamado Procuraduría aprobado en 1991, llama a subvertir el orden jurídico y a crear otro en el que quepamos todos, hasta que decida volver a las plazas a subvertirlo de nuevo. Los fines de cada uno no sólo divergen; se refractan. No hay convergencia de intenciones fruto de la comprensión y del desprendimiento; por el contrario, prima la acción instrumental, para asegurar posiciones propias en desmedro de la del otro.
La Constitución de 1991 es rica en principios, derechos y deberes fundamentales. No es una constitución neoliberal, como afirman algunos. La legislación de desarrollo sí lo es. No es más que echar un ojo a lo que las clientelas legislativas, aliadas con intereses particulares, han hecho de la educación, la salud, la justicia o la política. Pero la salida no es cambiar el sofá, sino conformar otras mayorías legislativas diferentes, que defiendan el interés general, el patrimonio público y los bienes comunes. Difícilmente una nueva constituyente siendo sectorial –campesinos, artesanos, militares, iglesia, gremios, sindicatos, etc.– sería tan garantista como la actual. ¿Se imaginan a la derecha, que hoy impera a lo largo y ancho del país, reformulando la tutela, reconociendo los derechos sociales fundamentales o “mejorando” la Corte Constitucional?
La paz es un fin superior. Es nuestro deber buscarla con grandes esfuerzos. Pero la constituyente no es el talismán. No reconcilia mágicamente. Es fin, no principio. Antes de refundar la comunidad política debe haber disposición anímica colectiva para que en ella se sientan todos suficiente y justamente considerados, incluso si no ven plasmadas al final sus aspiraciones en el texto constitucional. ¡Qué las ambiciones políticas no nublen la mente de ingenuos y buenos de corazón! No sea que todos lloremos luego los retrocesos.