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domingo, 26 de enero de 2014

LA HERENCIA DE BASHAR AL ASSAD

El Mundo 25 Ene 2014 - 9:00 pm
El padre del presidente sirio era un guerrero temido en la región

La herencia de Bashar al Assad

Hoy hace exactamente tres años, con la inmolación de un joven, se inició la revolución que degeneró en la actual guerra civil.
Por: Daniel Salgar Antolínez
  • La imagen de los Assad ha sido el pan de cada día durante más de 40 años en Siria. Además de dos presidencias, los miembros de la familia han ocupado la Vicepresidencia y muchos cargos en las altas esferas militares, políticas y parlamentarias. No es nuevo que uno de ellos sea señalado como responsable de una mortandad masiva de civiles. Resulta imposible entender la violencia que vive actualmente el país sin mirar al pasado del actual presidente, Bashar al Assad, para encontrar que la represión que ejerce contra sus opositores es una lección aprendida de su padre.
Hafez al Assad se crió en una familia pobre de origen alauita. Su pertenencia a esta facción del islam, que representa una minoría de la población siria (10%) y que comparte algo de su doctrina y prácticas con el islam chiíta, explica los lazos étnicos que Siria mantiene con Irán e Irak, país de mayoría chiíta, y su rivalidad histórica con Arabia Saudita, la monarquía suní. Aún hoy la mayoría de altos funcionarios del gobierno pertenecen a la etnia alauita y la oposición siria es de mayoría suní.
El hecho de ser alauita marcó el giro por el cual Hafez pasó de ser un humilde analfabeta a un guerrero y mandatario reconocido en Oriente Medio. Cuando él era un niño Siria estaba dominada por los franceses, y éstos, para congraciarse con los alauitas les brindaron una educación gratuita en escuelas rurales. Su educación superior la hizo en el ejército, en Damasco y luego con los soviéticos. Desde entonces sus lazos con la URSS se fortalecieron cada vez más. Hoy, gracias a esa alianza, Rusia tiene en el puerto sirio de Tartus la única base naval que le queda desde la disolución de la Unión Soviética .
Aunque tuvo que cantar el himno de Francia en el colegio, desde pequeño a Hafez le enseñaron que los franceses eran el poder ocupante, frente al cual es lícito ejercer resistencia. Creció impregnado de ideas nacionalistas en contra de la intervención extranjera, en un país históricamente disputado por poderes foráneos dada su ubicación geoestratégica. Esa era la ideología básica del partido Baaz. Influido por ese pensamiento, Hafez luego apoyaría movimientos de resistencia a la ocupación israelí, como Hamás en la Franja de Gaza y Hezbolá en el Líbano.
Siria se independizó cuando Hafez tenía 16 años, en 1946. Pero la independencia sólo llevó inestabilidad, golpes militares y la redacción de cuatro constituciones. En 1958 el país se fusionó con Egipto para formar la Gran República Árabe. Eso generó malestar en los sectores nacionalistas, al punto de que Baaz dio un golpe en 1961 y ese mismo año Hafez, que ya era militante del partido, fue nombrado jefe de las Fuerzas Aéreas. Cuando estaba en ese cargo se desató la Guerra de los Seis Días de 1967 contra Israel, en la que Siria sufrió una derrota y el ejército israelí ocupó un territorio sirio conocido como los Altos del Golán. Esto, sin embargo, no impidió que Hafez llegara a la Presidencia en 1971.
Con el padre de Bashar al Assad al mando se aprobó una quinta Constitución que hasta hoy sigue vigente. La Carta Magna otorga al presidente competencias para nombrar y destituir al vicepresidente y a todos los ministros, así como para proponer leyes que tienen asegurada su aprobación, porque en la práctica Baaz se convirtió en un partido único.
Desde que se redactó esa Constitución, en los siguientes comicios presidenciales celebrados cada siete años, Hafez obtuvo siempre el 99% de los votos, lo cual terminó por evidenciar la existencia de fraude electoral.
Las aventuras bélicas de Hafez en la Presidencia empezaron en 1973, cuando provocó la Guerra del Yom Kippur contra Israel, con el objetivo (fracasado hasta hoy) de recuperar los Altos del Golán. Y luego, en 1976, cuando el vecino Líbano vivía una sangrienta guerra civil y Assad envío tropas para apoyar a los cristianos maronitas que luchaban contra milicias palestinas y el bloque nacionalista libanés. Esa operación la realizó, sorpresivamente, con el beneplácito de Tel Aviv y Washington.
La invasión al Líbano le generó a Siria el rechazo de países árabes que lo vieron como un Estado traidor, porque Hafez había mostrado antes su apoyo a la causa palestina, había criticado a Egipto por acercarse a Israel y se había negado a hablar de paz con la mediación de EE.UU. Además de ser señalado por la ambigüedad de su política exterior —que hasta hoy se mantiene—, en el interior del país la decisión del presidente generó descontento en grupos islámicos y comunistas.
A principios de los 80 la oposición siria crecía y Hafez, como lo escribió el expresidente estadounidense Jimmy Carter en uno de sus libros, ya había adquirido “una reputación de crueldad hacia cualquiera que se resistiera a su autoridad”. La economía estaba cerrada a la inversión extranjera, no existía libertad de expresión, y Siria se convirtió en uno de los países más herméticos y controlados de la región. Así, Assad padre había logrado lo que quieren las dictaduras: estabilidad. Con eso ganó el apoyo de la mayor parte de una población cansada de vivir entre invasiones y golpes militares, pero también cultivó la ira de los sectores más críticos.
En 1980 Hafez por poco pierde la vida en un atentado planeado por grupos islámicos. Se salvó, según diversas versiones, al patear la granada que iba dirigida contra él. En respuesta, el gobierno estableció una política represora que permitió la encarcelación de miles de abogados, escritores, líderes islámicos y, sobre todo, miembros de los Hermanos Musulmanes. Muchos integrantes de la cofradía islámica huyeron del país o fueron ejecutados en las cárceles sirias, que eran las más temibles de la región.
Esa persecución generó protestas que fueron reprimidas en ciudades como Alepo, Hama y Homs, donde hoy se repiten las mismas escenas. Por ejemplo, en 1982 en Hama, 150 militares suníes se rebelaron contra el gobierno. La respuesta oficial fue un bombardeo indiscriminado que duró más de 20 días y mató al menos a 10 mil personas. Muchos de los hijos de quienes fueron masacrados en esa ocasión volvieron a rebelarse contra el gobierno de la actual guerra civil y fueron reprimidos de nuevo con artillería pesada.
Desde el inicio de los 90 Hafez había preparado al mayor de sus hijos, Basel, para que lo sucediera en el cargo. Pero en enero de 1994 Basel estrelló su Mercedes Benz en una autopista de Damasco y murió. Entonces, por accidente, Hafez tuvo que llamar a su hijo menor, Bashar, para que fuera su heredero.
Para entonces, Bashar al Assad gozaba de una vida apacible en Londres, donde hacía una especialización en oftalmología después de graduarse como médico en Damasco. En la capital inglesa supuestamente tenía otra identidad, estaba desinteresado por la política y las críticas mundiales contra su padre. Dedicaba su tiempo libre a la fotografía, a escuchar la música de Phill Collins y a la novia que conoció allí, Asma al-Akhras, quien luego sería su esposa. Sin embargo, renunció a las rutinas de Occidente para volver a su país.
Bashar ascendió rápidamente en cargos militares y políticos, necesarios en el currículo de cualquiera que aspire a la Presidencia siria. El 10 de junio de 2000, cuando Hafez al Assad murió de un ataque cardíaco después de estar 30 años en el poder, ya se sabía que Bashar tomaría el relevo. Para que pudiera ser presidente a sus 34 años fue modificado un artículo de la Constitución, según el cual el jefe de Estado debía tener mínimo 40. En el funeral de Hafez la multitud juró fidelidad al nuevo mandatario.
La oposición siria tenía muchas esperanzas de cambio, que se incrementaron cuando Bashar al Assad mostró interés en reformar el país y trabajar por las libertades civiles. Durante sus primeros meses en la Presidencia se abrieron cibercafés, se instalaron antenas parabólicas que trajeron canales de otros países, se liberaron algunos presos políticos y se levantó la prohibición de la Coca-Cola. Al Assad hijo realizó ciertas aperturas económicas y facilitó la llegada de bancos extranjeros. Paradójicamente, esos vientos de cambio fueron llamados por algunos la “primavera de Damasco”.
Esa “primavera” duró muy poco. Apenas dos años después empezaron a censurarse los incipientes medios de oposición, los foros de internet y las declaraciones políticas de disidentes. Los activistas volvieron a las cárceles, a las torturas, a las desapariciones forzadas, al exilio. Assad cambiaba sus posturas, asesorado y acorralado por la vieja guardia baazista.
En 2005 el presidente dio una sorpresa al ordenar la retirada de las tropas que su padre envió al Líbano. Pero tras la retirada había un oscuro episodio: la muerte del primer ministro libanés Rafic Hariri, atribuido por varios sectores a los servicios secretos sirios, que operaban con el apoyo de Hezbolá en el país vecino.
Desde ese año se veía venir la ola de oposición que hoy tiene al régimen contra la pared. Más de 250 intelectuales, miembros de partidos árabes, religiosos, laicos, kurdos y hasta los Hermanos Musulmanes, escribieron “La Declaración de Damasco, en contra del “autoritarismo y totalitarismo” del Estado. Llamaban a hacer reformas graduales. En vez de abrirse al dialogo, Assad ordenó encarcelar a 12 firmantes del documento y aceleró una “liberalización económica” que aumentó el descontento, porque se retiraron prestaciones sociales y subsidios estatales que favorecían a los pobres.
En mayo de 2007 la oposición boicoteó un referendo en el que el presidente obtuvo un 97,62% de votos favorables. Assad, en todo caso refrendado, reforzó el inmenso aparato de la seguridad interna, la solidaridad sectaria con los chiítas y las preferencias de las que goza la minoría islámica alauí.
Si bien es usual comparar a Bashar con su padre, debido al mantenimiento de la represión, en opinión de Barah Mikail —investigador de Oriente Medio de la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior—, hay aspectos en que los dos son diferentes: “Hafez era militar, mientras Bashar tiene una formación académica. Hafez tenía personalidad fuerte y solía imponer sus decisiones a su séquito, mientras la personalidad de Bashar se ha fortalecido con los años, pero parece seguir dependiendo de la asesoría y voluntad de quienes lo rodean”.
Hoy hace exactamente tres años un joven llamado Hasan Ali Akleh se inmoló en la localidad de Al Hasakah, al noreste de Siria. Luego, otros actos desencadenaron la revolución que degeneró en una guerra civil. Fue el estallido de un inconformismo acumulado durante casi medio siglo de represión.
Bashar al Assad ha respondido a la oposición del modo en que le enseñó Hafez. Ahora que la comunidad internacional está en la conferencia de Ginebra 2 e intenta impulsar un proceso de paz, el presidente insiste en no permitir la injerencia extranjera en su política interna, aunque quienes en parte lo salvan de una intervención militar de EE.UU. sean los viejos aliados de su padre: los iraníes y los rusos.
Si algo tiene claro el presidente es su intención de aferrarse al poder. Piensa participar en las elecciones de mayo y quizás esté entre sus planes futuros designar como sucesor al primero de sus hijos, a quien llamó Hafez.
Las esperanzas de que el encuentro en Suiza tenga algún resultado son demasiado escasas. En palabras de Mikail, “es bueno que Genova 2 pruebe que es posible que el régimen y su oposición se reúnan en el mismo lugar, pero difícilmente las cosas van a ir más allá de eso. Las expectativas de cada lado permanecen demasiado divergentes y hasta ahora no hay una vía que nos permita identificar una base común para ellos. Incluso la manera en que pueden trabajar para limitar el desastre humanitario y salvar vidas es algo en lo que no se ponen de acuerdo”.

REPUBLICA CENTROAFRICANA

Odio y canibalismo en la República Centroafricana

Por: |
 
Odio y canibalismo en la República Centroafricana
La violencia interreligiosa entre cristianos 'anti-Balaka' (foto) y musulmanes ha dejado miles de muertos.

Reportero de la France Presse narra el terror que se vive en el país africano, en crisis desde 2013.

El avión aterrizó a las 7 a. m. Estamos en la República Centroafricana, un país en crisis. Como es usual, la luz de la mañana es sublime, pero algo cambió desde mi última visita. Ahora hay 100.000 desplazados durmiendo en el aeropuerto, algunos en el borde de la pista.
Cuando nos bajamos del avión, el ruido del campo es inmediato, como lo es el sonido de los disparos. Miembros chadianos de la fuerza de intervención africana apartaron a la multitud de gente que se había reunido para protestar por nuestra presencia.
Un muerto. Recojo mis maletas, camino una distancia corta y veo a mis colegas, Kathy, Bienvenu y Miguel, usando cascos y chalecos antibalas. “Estamos felices de verte”, dijeron. “Y sobre todo, bienvenido”.
Vamos al hotel, nos bañamos y salimos para una rueda de prensa. En el camino nos damos cuenta de que “algo” pasa en las principales calles de Bangui.
Arrancamos y somos detenidos en dirección a la salida del norte de la ciudad. En la vía, un grupo de combatientes ‘anti-Balaka’ –algunos de los milicianos cristianos que se levantaron en armas en contra de la rebelión Seleka, que tomó el poder en marzo pasado– nos detuvieron. Están llenos de amuletos de la suerte, alterados; la mayoría son jóvenes.
Nos dicen que están respondiendo a un ataque. Se ven preocupados. Hablan duro y afilan sus machetes. Por la luz del sol, me toma un momento darme cuenta de que un hombre sostiene en su mano el pie de otro. Fue cortado recientemente.
El cuerpo está tirado ahí, desnudo, al lado de la carretera. La cara del cadáver está en una piscina de sangre que es lentamente absorbida por el suelo polvoriento.
Dos muertos. Nos movemos en pasos cortos. La escena se repite con otro cadáver. Un hombre sostiene una mano que fue cortada. En otra, un niño está agitando un pene cercenado. “¡Hemos hecho un buen trabajo!”, grita.
Escenas de horror
Tomamos fotos, grabamos. Ese es nuestro trabajo, es para lo que estamos acá, y el horror que estamos presenciando requiere más que unas simples palabras para ser entendido.
Tres muertos. Me doy cuenta de que es mejor dejar de contar. Estoy acá por 15 días y todo esto es relativamente menor si se compara con lo que el resto del país ha tenido que lidiar en los días recientes, cuando una mañana cientos de cuerpos fueron encontrados a lo largo de las carreteras.
Las imágenes son brutales. Un día pasa en estas viles condiciones. Al día siguiente, las manifestaciones antifrancesas, luego enfrentamientos entre un grupo armado y otra fuerza militar, nos mandan de vuelta a la calle.
Nosotros nunca sabemos qué pasa, pero contamos los muertos. Algunas veces son musulmanes, algunas veces son cristianos. Algunos de los cuerpos fueron atados. La gente nos habla de fosas comunes, aunque es muy difícil conseguir acceso para verificar las declaraciones.
Para escribir sobre África Central es necesario poner las cosas en un contexto apropiado y no solo reducir las cosas a un conflicto religioso. He estado acá lo suficiente para saber que las cosas son más complejas que eso.
Les hablamos a todos y nos aseguramos de ser bienvenidos en todos los grupos: musulmanes, cristianos, combatientes, gente que siente la violencia.
Un país que se volvió loco
Una tarde, en una patrulla con tropas francesas, veo algo al lado de la carretera, en uno de los barrios sumidos en la oscuridad. Veo conmoción, veo un cuerpo.
Hay llantos de odio y de locura. “Se estaban comiendo a un hombre”, dijo un soldado que tenía gafas de visión nocturna.
Al día siguiente, o quizá un día después, todos estaban hablando acerca del musulmán que se habían comido los cristianos. “¡Vamos a hacer lo mismo con (el Presidente) Djotodia, nos lo vamos a comer!”, dijo un sonriente manifestante antes de que el presidente renunciara. El tabú más oscuro se rompió. Después de que el presidente dimitió, hay escenas de felicidad en las calles y la gente dispara al aire. Pero no es el final.
¿Qué pasa?
AFP y Efe. La crisis en República Centroafricana (RC) comenzó en marzo pasado cuando una coalición rebelde de mayoría musulmana, los Seleka, derrocó al presidente François Bozizé y lo sustituyó por Michel Djotodia. El golpe de Estado desencadenó en una violencia interreligiosa entre cristianos y musulmanes, que alcanzó el pico en diciembre con más de miles de personas muertas en 48 horas. Ante el caos, Djotodia se vio forzado a renunciar y fue sustituido por la exalcaldesa de Bangui, Catherine Samba-Panza, elegida por el Parlamento.
XAVIER BOURGOIS
Corresponsal de la AFP en Bangui

PRIMERA GUERRA MUNDIAL

La guerra que configuró el mundo en que vivimos

Por: |
 
Historia de una tragedia: la víspera y el temporal
El káiser Guillermo II, en el desfile imperial del X Cuerpo del Ejército en 1907.

En el centenario de la Primera Guerra, EL TIEMPO rememora los acontecimientos de este conflicto.

Era primero de enero de 1914 y parecía de verdad que ese año que apenas empezaba iba a ser uno apacible y feliz, muy feliz. Incluso las estrellas destilaban optimismo ese día, con Marte y Pólux brillando desde muy temprano en el cielo del norte. Varias ciudades europeas pasaron maravilladas la Nochevieja con el estreno del Parsifal de Richard Wagner, que durante dos décadas había sido objeto de un severo veto de su autor para que no se tocara por fuera del Teatro del Festival de Bayreuth.
Pero ya era 1914, desde las 0 horas, cuando sonaron las primeras notas del preludio de la ópera. El veto había caído: en Berlín, en Bolonia, en Praga, en Budapest, en Roma. La música sonó. En Barcelona se hicieron los sordos y empezaron media hora antes, a las 23:30 del 31 de diciembre de 1913: qué más daba, ya pronto sería un nuevo año para todos, un gran año. El periódico estadounidense The Evening News dijo en su editorial: “No ha habido tantos años en que los augurios de un buen año fueran tan brillantes como en este…”.
Hoy sabemos que debajo de esa ingenua placidez dormía un volcán a punto de estallar en mil pedazos, y que muy pronto su lava se iba a desbordar sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo. Se ve en las fotos de los que fueron a la Guerra: la incredulidad y el aturdimiento, la nostalgia por el mundo que se les iba entre las manos. La Belle Époque dejaba de serlo; la calma de la víspera era la que antecede a las tormentas. La calma, el temporal, la tempestad. Tempestades de acero.
¿Qué ocurrió? ¿Cómo es posible que un mundo que parecía instalado para siempre en sus conquistas y en sus triunfos se saliera de cauce, hasta el desastre? En lo que iba corrido del siglo XX había habido conflictos y problemas, sin duda, siempre los hay. Pero parecía que por fin la humanidad había llegado a la ‘altura de los tiempos’, a la cima: en la ciencia, en la política, en el arte, pocas veces las cosas habían estado mejor. Como dijo José Luis Comellas: sin hambre, sin peste y sin guerra.
Solo que tanta dicha pendía de un hilo: del sutil equilibrio que las potencias europeas, dueñas del mundo y enemigas históricas, habían logrado durante el siglo XIX: ese “siglo largo” del que hablaba Eric Hobsbawm, y que según él empezó en 1789 con la Revolución Francesa, y terminó en 1914, justo con el inicio de la Gran Guerra. El siglo de la industrialización y la consolidación de los imperios coloniales, el de la exacerbación de los nacionalismos. El siglo de Marx y de Nietzsche, de Dickens y Garibaldi. De Bismarck y de Rosa Luxemburgo.
Desde el Congreso de Viena, en el que las grandes monarquías de Europa, de 1814 a 1815, redibujaron su mapa ante la derrota de Napoleón Bonaparte, la historia política y diplomática del siglo XIX fue una sucesión agotadora de asambleas y congresos internacionales –en Verona, en París, en Londres, en Berlín– para garantizar la paz y el equilibrio del sistema. Como en un juego de naipes, o de ajedrez, en el que los dueños del mundo se lo repartían a golpes de audacia y sigilo. Como en una ruleta, también.
Pero si en el plano político la doctrina de Viena era conservadora y buscaba la restauración del viejo orden, o por lo menos su invocación nostálgica, como el fantasma que era, en el plano social y económico, y cultural, nuevas fuerzas se abrían paso y encontraban a codazos una grieta y un pedazo de luz. Eran fuerzas muy dispares, además: la de la burguesía triunfante, verdadero motor de la industria, el imperio y el capitalismo; la de los pobres del mundo, rebelados contra la industria, el imperio y el capitalismo.
La de los anarquistas y los liberales, y los reaccionarios, y los socialistas, y los poetas, y los nacionalistas, y los románticos, y los opiómanos. La de aquellos que creían que su patria se merecía por fin un Estado, e incluso la de aquellos que creían que su Estado se merecía por fin una patria, por qué no. Revueltas por doquier y guerras que se hacían para que no hubiera guerras; imperios bajo cuya sombra se retorcía un enjambre de pueblos e intereses que no siempre eran los mismos. Ni su lengua ni su religión ni su pasado.
Las huellas imperiales
De los viejos imperios coloniales, el de Inglaterra era el único que sobrevivía de verdad, invicto y opulento: dueño y señor del mar, su capital era entonces –y lo fue durante mucho tiempo más– la capital del mundo. Así que su política fue siempre defensiva, buscando el equilibrio en el continente europeo y cuidando, eso sí, que a nadie se le ocurriera tocar sus posesiones de ultramar. Más ahora que España y Portugal y Holanda se habían hundido; ahora que eran un recuerdo y un escombro.
Pero el problema estaba en el centro y en el este de Europa, donde aún humeaban, como brasas, las huellas de los ejércitos de Napoleón; huellas que borraría Bismarck. Allí Rusia buscaba acrecentar su poder –y lo hizo– a costa del Imperio Otomano, que sin embargo había sido el incómodo garante, durante cuatro siglos, de la estabilidad imposible en los Balcanes. Pero los búlgaros querían su independencia, y los serbios, y los rumanos, mientras Austria mostraba impotente sus manos cansadas, ahora que el poder estaba en Berlín y no en Viena.
Esa es, sin duda, otra de la causas de la Primera Guerra Mundial: la manera en que Otto von Bismarck consolidó la unidad del Imperio Alemán después de la guerra franco-prusiana (1870 a 1871), y las consecuencias para Europa que tuvo ese triunfo político y militar del Canciller de Hierro: el aislamiento diplomático de Francia, por un lado, y algo que empezó a preocupar en lo más profundo a Inglaterra, por el otro: el surgimiento del apetito colonial entre los reyes alemanes y su pueblo.
Entre 1877 y 1878 –haciendo casi un recuento taquigráfico; nunca hay suficiente tiempo para el pasado– el Imperio Ruso, otro viejo fantasma, derrotó al Imperio Otomano en una guerra en la península de los Balcanes y en el Cáucaso. No lo hizo solo, no: Serbia, Rumania, Montenegro y Bulgaria pelearon a su lado, buscando sacudirse del dominio turco. Y lo lograron. Se hizo entonces el Congreso de Berlín, en el verano del 78, para que las potencias se repartieran una vez más el botín.
Fue allí donde el Imperio Austrohúngaro se adueñó de Bosnia y Herzegovina, con un sutil ropaje de protectorado que le duraría hasta 1908, cuando se la anexionó ya del todo, sin pretextos ni modales. Pero era obvio que algo así lo enfrentaría con Rusia, y sobre todo con aquellos que reivindicaban en los Balcanes el ‘Paneslavismo’: la unidad de los pueblos eslavos, divididos en el sur no solo por razones religiosas sino también por razones políticas e ideológicas.
Así que el incendio ya estaba prendido, pero como en los viejos caserones cuando hay un corto circuito: solo por dentro al principio, devorando a su paso la madera y las vigas, las entrañas. Exhalando el olor del fuego que aún no se ve. “Truenos subterráneos”, los llamó Alfonso Reyes. Era cuestión de tiempo –la cuenta regresiva del reloj, seis años, cinco, cuatro…– para que el polvorín explotara y el mundo con él.
Aunque a Inglaterra no le preocupaban tanto esas cosas; ya llegaría el momento de hacerlo. Pero la actitud del Imperio Alemán sí, ahora en manos del káiser Guillermo II, un arrogante e impetuoso dispuesto a hacer valer a cualquier costo su poder y sus planes. Eso precipitó la alianza inglesa con Francia y luego con Rusia: con la primera en 1904 para garantizar el orden colonial en el África del norte; y con la segunda en 1907 para garantizarlo en Asia central y en India. La ‘Triple Entente’.
En 1911 vino la segunda crisis marroquí –la primera había sido en 1905, casi con los mismos actores–, cuando una rebelión contra el sultán hizo que Francia enviara tropas a protegerlo y a salvarlo; a eso se había comprometido, qué remedio. El káiser mandó entonces hasta Agadir un delegado de negocios suyo, Herman Wilberg. Luego, con el argumento de que su hombre corría peligro, envió un buque cañonero, el Panther. Solo que el barco llegó antes.
Daba igual: la guerra ya era un hecho cumplido, el tiempo seguía corriendo. En 1912 y 1913 hubo dos guerras más en los Balcanes, tic, tac, tic, tac. Qué extraño: nadie parecía darse cuenta de nada. “¿Cree usted que pasará algo?”, le preguntó un amigo a Joseph Conrad. “Nada”, respondió el novelista. “Nada”.
1914 prometía ser un año apacible y feliz. En el verano la gente estaba más interesada en el juicio a Madame Caillaux o en ir al mar o al cine que en ir a la guerra. Era el “tiempo de la seguridad”, como dijo Stefan Zweig. Ese tiempo que estalló en mil pedazos de un fogonazo en Sarajevo.
Continuará, qué duda cabe. Eso es lo bueno del pasado: que suele continuar.
JUAN ESTEBAN CONSTAÍN*
Para EL TIEMPO
*Escritor, historiador y columnista de EL TIEMPO