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miércoles, 12 de febrero de 2014
PACHECO AMPLIO COMO EL MAR
Nacional 12 Feb 2014 - 12:07 am
1932-2014
Pacheco, amplio como el mar
Falleció, en Bogotá, una de las figuras más representativas de la televisión colombiana. Actor, boxeador, torero aficionado y paracaidista, una personalidad que pasó a la historia. El país está de luto.
Por: Santiago La Rotta
- Me molesta no poder jugar como Maradona, no haber podido torear como Paco Camino, no haber sido como Charles Chaplin o no haber participado al menos en las nominaciones del Óscar…”. Es evidente, no fue Maradona, Camino o Chaplin, aunque sí algo de todos, a su modo. Pacheco, un hombre lleno de pasiones.
Médico, economista, abogado. Ninguna de las tres, aunque cursó algunos estudios en cada una. Marino, eso sí. Técnicamente fue un camarero a bordo, pero sin el apego más riguroso a los cargos también fue una especie de anfitrión de la noche: una guitarra, algunos chistes improvisados, unos tragos.
La oferta llegó a bordo de un barco de la Flota Mercante Grancolombiana, una proposición que terminaría por llevarlo a costas más anchas y remotas. ¿Quiere trabajar en televisión?
Los días de marino se acabaron pronto, pues de la mano de Alberto Peñaranda (Dueño de Punch), Fernando González Pacheco terminó por entrar a un oficio que lo convirtió en la presencia más recurrente y estable para millones de colombianos. “La figura de Pacheco puede ser hoy un símbolo más significativo de la nacionalidad colombiana que un escudo con gorros y grifos y Canal de Panamá”, dijeron de él en los años ochenta, cuando ya era la gran estrella de la televisión y, sin embargo, era algo más grande que un mero divertimiento. Claro que era un hombre divertido: en su primer programa (Agencia de Artistas) introdujo a Pedro Vargas, quien iba a cantar una canción de Agustín Lara llamada Noches de ronda; Pacheco terminó diciendo, al aire, que Vargas interpretaría Noches berriondas. El presentador improvisó un par de chistes y la cosa salió bien. Nadie murió.
El gran don de Pacheco fue saber conectarse con un país entero. Un hombre entregado al espectáculo, pero no a la banalidad. Una figura casi paternal, si se quiere. En 1981 fue secuestrado por el M-19, pues los jefes de este movimiento guerrillero querían explicar sus visiones acerca del país y, bueno, tenían que contar con una persona creíble, un gran entrevistador. Para ese momento, el mismo grupo ya había intentado secuestrarlo el año anterior, pero abortó en el último momento el plan mientras el presentador conducía su vehículo en Bogotá.
No suena muy lógico de parte de la guerrilla, querer hablarle al país de cosas serias, asuntos de vida o muerte, a través de un anfitrión de televisión. Pero, bueno, se trataba de Pacheco y ahí la cosa tiene mucho sentido, pues la credibilidad y el amor del público son dos cosas que no se improvisan, dos asuntos que este hombre ostentó durante toda una vida al servicio de su incontrolable curiosidad, el fuego interno que animó una carrera prolífica, histórica dirían algunos: más de 20 programas en televisión (entre culturales y de concurso), tres dedicados a entrevistar a grandes personalidades y al menos siete papeles en series de ficción, además de varias apariciones en teatro.
“Creo, modestia aparte, y perdón por la vanidad, que a un gran porcentaje de la gente, a la cual tengo que agradecerle mucho, no le desagrada que yo permanezca algún tiempo diario dentro de su hogar; además, cuando veo de cerca al público me considero su amigo y él a su turno me considera como un amigo más, de gran confianza, y creo que en eso radica el poco éxito que pueda tener”.
El gran amante del deporte, ganador de una competencia nacional de ping-pong, campeón de boxeo, peso pluma, en un torneo en Bogotá (por esos días lo llamaron ‘Kid Pecas’), jugador de fútbol de tanto en tanto y paracaidista ocasional. “Quizá mi única cualidad es la de ser un deportista integral, sin dejar de practicar los que llamo los deportes de mesa, como son las cartas, el trago, los cigarrillos, la charla, etc”. Esto se lo dijo a El Espectador en 1970, cuando estuvo frente a las cámaras en Qué pareja más pareja, Mano a Mano Musical, Operación Ja Ja, Animalandia y Tele-Todo.
Y no fue Maradona, ni Chaplin ni Paco Camino. Pero fue un poco de todos, a su manera. Bolerista improvisado, por allá en los años setenta admitió haber compuesto al menos tres temas (Canción sin nombre, Una vez y Yo), Pacheco fue un hombre entregado por completo al puro placer de explorar hasta dónde podía llegar, una figura que a través de un puñado de oficios improbables y disímiles ofreció a millones de personas algo que podría llamarse dicha y, de pronto, felicidad.
Un hombre grande, tan amplio como el ancho abrazo del mar.
Por eso se reclutó como mesero en un mercante, y por eso también lo ascendieron tiempo después a mayordomo. Tenía entre sus talentos tocar guitarra y cantar, y de tanto en tanto, con la pericia que siempre singularizó su carácter, cantaba a los pasajeros de a bordo. Un día cualquiera, como suelen ser las leyendas, el futuro dueño de la programadora Punch, Alberto Peñaranda, pasajero de su barco, lo escuchó cantar. Le preguntó si estaba interesado en trabajar en televisión. Era 1957. “Le dije que no —contaría ‘Pacheco’—. Él me preguntó si era porque no me sentía capaz. Le dije que no se confundiera, que una cosa era no ser capaz y otra no querer”.
Otra versión azarosa, también con tinte de leyenda, era contada por él. Habría conocido a Peñaranda durante un matrimonio, y él, visto ya su talento por el canto y su facilidad para entrar en contacto con el público, le propuso tener un programa en televisión. Peñaranda escribió un contrato en una servilleta y luego le pidió que lo firmara. Trago sobre trago, ‘Pacheco’ firmó. Y al día siguiente Peñaranda reclamó el cumplimiento del contrato. Había sido boxeador —tuvo dos peleas, perdió ambas—; en otro tiempo instaló radios para carros y luego fue mesero de mercante. Y ahora, por azar o por mera intuición, presentador.
‘Pacheco’ nació el 13 de septiembre de 1932 en Valencia, España; su familia —su padre, su madre, Inés Castro, y un hermano— estaban allí de paso, dado que su padre tenía un almacén de fotografía en Madrid y abriría en esta ciudad una nueva sucursal. Tenía cuatro años cuando, a causa de la guerra civil en ese país, sus padres decidieron exiliarse en Colombia; su madre era sobrina del entonces presidente Eduardo Santos, quien nombró a Doroteo González como cónsul honorario en Colombia. Desde entonces, ‘Pacheco’ vivió aquí y se sintió colombiano. En algún momento olvidó ser español, aunque cierto sentido en su porte aún lo advertía.
Fue ese porte, poco convencional hoy, distintivo cuando comenzó en la televisión, cuanto le dio su carácter personal frente a los televidentes: un hombre de pelo oscuro, ojos saltones detrás de gafas de carey, barba en candado. Ese primer espacio para el que fue contratado lo bautizaron ‘Agencia de artistas’, un show que invitaba a personajes y cantantes para que mostraran sus habilidades. En las primeras emisiones, siempre los miércoles a las 7:30 de la noche, en vivo, ‘Pacheco’ preparaba algunas preguntas y sentía curiosidad por saber de antemano con quién hablaría. Después dejó los libretos a un lado y apuntó a la espontaneidad, a las intuiciones. Esa decisión determinó buena parte de cuanto haría de allí en adelante: “Lo mío es más popular, más intuitivo —decía en la revista ‘Aló’ en 2003—. Prefiero ponerme en la posición de las personas del común, imaginar lo que ellas preguntarían si tuvieran al frente al entrevistado”.
En la pantalla, entonces, se veía a un hombre de altura mediana —aunque algo más alto que el colombiano común—, con una voz fuerte y estridente, ida en todas direcciones. Cordial y sonriente, como solía presentarse, ‘Pacheco’ fue convirtiéndose en un presentador estrella de la televisión colombiana, que apenas despuntaba con éxito en programas de variedades y entretenimiento. Presentó por entonces ‘Animalandia’, ‘Qué pareja más pareja’, ‘Alcance la estrella, ‘Cabeza y cola’ y ‘Sabariedades’: con su imagen, ‘Pacheco’ llenó esos espacios de reunión familiar, en las comidas y en el tiempo libre. Quizá por eso está ligado con fuerza, como otros presentadores de su tiempo, a la actividad más cotidiana de los colombianos en los años setenta y ochenta: sentarse frente al televisor.
“Pero desde que fui reconocido —diría en ‘Aló’— empecé a alejarme de la fanfarria. Me di cuenta a tiempo de que un famoso en un baile es el anzuelo de todas las pupilas. Si baila bien, lo calumnian por borracho irremediable. Si llega con una mujer que es apenas su amiga, le inventan un romance. Si llega con una mujer muy fea, lo acusan de estar desequilibrado en su percepción estética”.
‘Pacheco’, en los años ochenta —ya catapultado en la televisión—, fumaba, apostaba y dormía en proporciones más bien equilibradas. Más adelante, presentó el programa ‘Charlas con Pacheco’, que lo ayudó a resurgir en la televisión en otro papel: el de periodista. Entrevistó, entre muchos otros, a Jaime Garzón, Luis Carlos Galán y Carlos Pizarro: los tres muertos por una violencia que despreció desde siempre, la misma violencia, en últimas, que obligó a su familia a salir de España, y la misma que se agazapó para secuestrar a su primo Guillermo ‘La Chiva’ Cortés, fallecido en abril del año pasado.
Desde sus primeros días, como mesero en aquellos barcos o como boxeador, era ya visible su gusto por existir, por convertir su vida en una fiesta. Siempre se lo vio, incluso en los días en que su salud menos se lo permitía, contento y con ánimo por continuar. “¿Quién después de 50 años —dijo en la década pasada— no tiene derecho a sufrir algunas depresiones? Quien no las tuviera sería sencillamente un monstruo sin recuerdos. Yo tengo mis caídas, pero eso no quiere decir que esté acabado. Si hasta a veces todo ese hermoso raudal de pasado me quita las ganas de levantarme en las mañana”.
En los últimos años, su salud desmejoró. Estuvo internado en varias ocasiones, y en los medios se habló de su decaimiento. Por encima de todo ello, no obstante, en el recuerdo de la gente común, de la gente que ve televisión en las noches mientras come, mientras evalúa la bonanza, el desenfreno o la pérdida del día, ‘Pacheco’ seguía siendo ‘Pacheco’: el personaje alegre que quedó encapsulado en la pantalla chica, congelado en ella y en la memoria mediática del país. Él, que deseaba pensar como pensaba su público, quizá se habría sentido halagado.
“Pienso en la muerte de forma natural —dijo en una entrevista en ‘Tv y Novelas’ en 2006—. No le pongo misterio. El día que llegue el mal momento de morir (ojalá no sea muy pronto porque me encanta la vida), lo tomaré con enorme naturalidad”. ¿Tiene ya algún epitafio?, le preguntaron entonces. Dijo que aún no lo había pensado. “Quizá algo sencillo. Aquí yace Fernando González ‘Pacheco’. Nada más”.
Amante de Santa Fe, amante del fútbol, también fue motivo de la tristeza en el cuadro bogotano, quien escribió en su cuenta de Twitter lo siguiente: “Lamentamos profundamente el fallecimiento de Fernando González Pacheco, reconocido hincha cardenal. Paz en su tumba”.
Jauro Martínez, presentador del programa Yo me llamo, también dijo lo propio: “Descansa en paz Fernando Gonzalez Pacheco, uno de los mejores presentadores de la televisión colombiana”.
El señor actor, presentador, periodista, entrevistador, comentarista. De todo hacía este español de nacimiento pero colombiano de vida y obra, será recordado como el precursor del entrenamiento en directo de la televisión.
Jota Mario Valencia, una de sus mejores amigos, dijo que partía el hombre alegre, que dio todo con amor y pasión. “Dio la vida por Colombia”.
Su naturalidad en la pantalla, pero sobre todo su innata habilidad en el trato con las personas le permitieron llegar a los hogares y corazones de todos los colombianos.
Su originalidad y profesionalismo lo hicieron merecedor de importantes reconocimientos a lo largo de su carrera. Se destacó por ser uno de los mejores conductores de programas de concurso y un excelente entrevistador.
Fue el animador de Operación Ja-Ja , cuna de humoristas como Jaime Agudelo y Hugo Patiño. Este programa fue la semilla que generó la existencia de Sábados Felices.
Dirigió programas de variedades como Animalandia y Sabariedades, concursos como El Programa del Millón, Cabeza y cola, Quiere cacao, Siga la pista y Compre la Orquesta y programas periodísticos como Charlas con Pacheco.
Fernando González Pacheco Castro nació en Valencia, España, el 13 de septiembre de 1932.
Vivió en Colombia desde sus 4 años de edad. Conocido sencillamente como Pacheco, este actor de cine y televisión, presentador, animador y periodista, dejó un importante legado. Su carrera sirvió de ejemplo y seguirá siendo recordado por su impecable desempeño en el mundo del espectáculo.
La oferta llegó a bordo de un barco de la Flota Mercante Grancolombiana, una proposición que terminaría por llevarlo a costas más anchas y remotas. ¿Quiere trabajar en televisión?
Los días de marino se acabaron pronto, pues de la mano de Alberto Peñaranda (Dueño de Punch), Fernando González Pacheco terminó por entrar a un oficio que lo convirtió en la presencia más recurrente y estable para millones de colombianos. “La figura de Pacheco puede ser hoy un símbolo más significativo de la nacionalidad colombiana que un escudo con gorros y grifos y Canal de Panamá”, dijeron de él en los años ochenta, cuando ya era la gran estrella de la televisión y, sin embargo, era algo más grande que un mero divertimiento. Claro que era un hombre divertido: en su primer programa (Agencia de Artistas) introdujo a Pedro Vargas, quien iba a cantar una canción de Agustín Lara llamada Noches de ronda; Pacheco terminó diciendo, al aire, que Vargas interpretaría Noches berriondas. El presentador improvisó un par de chistes y la cosa salió bien. Nadie murió.
El gran don de Pacheco fue saber conectarse con un país entero. Un hombre entregado al espectáculo, pero no a la banalidad. Una figura casi paternal, si se quiere. En 1981 fue secuestrado por el M-19, pues los jefes de este movimiento guerrillero querían explicar sus visiones acerca del país y, bueno, tenían que contar con una persona creíble, un gran entrevistador. Para ese momento, el mismo grupo ya había intentado secuestrarlo el año anterior, pero abortó en el último momento el plan mientras el presentador conducía su vehículo en Bogotá.
No suena muy lógico de parte de la guerrilla, querer hablarle al país de cosas serias, asuntos de vida o muerte, a través de un anfitrión de televisión. Pero, bueno, se trataba de Pacheco y ahí la cosa tiene mucho sentido, pues la credibilidad y el amor del público son dos cosas que no se improvisan, dos asuntos que este hombre ostentó durante toda una vida al servicio de su incontrolable curiosidad, el fuego interno que animó una carrera prolífica, histórica dirían algunos: más de 20 programas en televisión (entre culturales y de concurso), tres dedicados a entrevistar a grandes personalidades y al menos siete papeles en series de ficción, además de varias apariciones en teatro.
“Creo, modestia aparte, y perdón por la vanidad, que a un gran porcentaje de la gente, a la cual tengo que agradecerle mucho, no le desagrada que yo permanezca algún tiempo diario dentro de su hogar; además, cuando veo de cerca al público me considero su amigo y él a su turno me considera como un amigo más, de gran confianza, y creo que en eso radica el poco éxito que pueda tener”.
El gran amante del deporte, ganador de una competencia nacional de ping-pong, campeón de boxeo, peso pluma, en un torneo en Bogotá (por esos días lo llamaron ‘Kid Pecas’), jugador de fútbol de tanto en tanto y paracaidista ocasional. “Quizá mi única cualidad es la de ser un deportista integral, sin dejar de practicar los que llamo los deportes de mesa, como son las cartas, el trago, los cigarrillos, la charla, etc”. Esto se lo dijo a El Espectador en 1970, cuando estuvo frente a las cámaras en Qué pareja más pareja, Mano a Mano Musical, Operación Ja Ja, Animalandia y Tele-Todo.
Y no fue Maradona, ni Chaplin ni Paco Camino. Pero fue un poco de todos, a su manera. Bolerista improvisado, por allá en los años setenta admitió haber compuesto al menos tres temas (Canción sin nombre, Una vez y Yo), Pacheco fue un hombre entregado por completo al puro placer de explorar hasta dónde podía llegar, una figura que a través de un puñado de oficios improbables y disímiles ofreció a millones de personas algo que podría llamarse dicha y, de pronto, felicidad.
Un hombre grande, tan amplio como el ancho abrazo del mar.
Cultura 11 Feb 2014 - 10:43 pm
Fernando González, ‘Pacheco’, falleció a los 81 años en Bogotá
El navegante más querido
El reconocido presentador de televisión estudió tres carreras, no terminó ninguna, fue camarero en un barco y también actor y boxeador. Es recordado por programas como ‘Quiere cacao’, ‘Animalandia’ y Operación Ja Ja’. Perfil.
Por: Juan David Torres Duarte
Fernando González, ‘Pacheco’, fungía en los años 50 como mesero en el barco Ciudad de Bucaramanga de la Flota Mercante Grancolombiana. En tiempos, cruzaba el Atlántico en ese barco, y en otras ocasiones, en el Granada, repasaba el mar que baña a Panamá. Por ese entonces, para complacer a su padre, Doroteo González —exiliado junto con su familia de España durante la Guerra Civil—, había estudiado medicina, luego derecho, después economía. En ninguna de las tres pasó de las primeras clases; en últimas, Pacheco deseaba que su vida fuera una aventura, pasar su tiempo en esa experiencia misteriosa de vivir.
Por eso se reclutó como mesero en un mercante, y por eso también lo ascendieron tiempo después a mayordomo. Tenía entre sus talentos tocar guitarra y cantar, y de tanto en tanto, con la pericia que siempre singularizó su carácter, cantaba a los pasajeros de a bordo. Un día cualquiera, como suelen ser las leyendas, el futuro dueño de la programadora Punch, Alberto Peñaranda, pasajero de su barco, lo escuchó cantar. Le preguntó si estaba interesado en trabajar en televisión. Era 1957. “Le dije que no —contaría ‘Pacheco’—. Él me preguntó si era porque no me sentía capaz. Le dije que no se confundiera, que una cosa era no ser capaz y otra no querer”.
Otra versión azarosa, también con tinte de leyenda, era contada por él. Habría conocido a Peñaranda durante un matrimonio, y él, visto ya su talento por el canto y su facilidad para entrar en contacto con el público, le propuso tener un programa en televisión. Peñaranda escribió un contrato en una servilleta y luego le pidió que lo firmara. Trago sobre trago, ‘Pacheco’ firmó. Y al día siguiente Peñaranda reclamó el cumplimiento del contrato. Había sido boxeador —tuvo dos peleas, perdió ambas—; en otro tiempo instaló radios para carros y luego fue mesero de mercante. Y ahora, por azar o por mera intuición, presentador.
‘Pacheco’ nació el 13 de septiembre de 1932 en Valencia, España; su familia —su padre, su madre, Inés Castro, y un hermano— estaban allí de paso, dado que su padre tenía un almacén de fotografía en Madrid y abriría en esta ciudad una nueva sucursal. Tenía cuatro años cuando, a causa de la guerra civil en ese país, sus padres decidieron exiliarse en Colombia; su madre era sobrina del entonces presidente Eduardo Santos, quien nombró a Doroteo González como cónsul honorario en Colombia. Desde entonces, ‘Pacheco’ vivió aquí y se sintió colombiano. En algún momento olvidó ser español, aunque cierto sentido en su porte aún lo advertía.
Fue ese porte, poco convencional hoy, distintivo cuando comenzó en la televisión, cuanto le dio su carácter personal frente a los televidentes: un hombre de pelo oscuro, ojos saltones detrás de gafas de carey, barba en candado. Ese primer espacio para el que fue contratado lo bautizaron ‘Agencia de artistas’, un show que invitaba a personajes y cantantes para que mostraran sus habilidades. En las primeras emisiones, siempre los miércoles a las 7:30 de la noche, en vivo, ‘Pacheco’ preparaba algunas preguntas y sentía curiosidad por saber de antemano con quién hablaría. Después dejó los libretos a un lado y apuntó a la espontaneidad, a las intuiciones. Esa decisión determinó buena parte de cuanto haría de allí en adelante: “Lo mío es más popular, más intuitivo —decía en la revista ‘Aló’ en 2003—. Prefiero ponerme en la posición de las personas del común, imaginar lo que ellas preguntarían si tuvieran al frente al entrevistado”.
En la pantalla, entonces, se veía a un hombre de altura mediana —aunque algo más alto que el colombiano común—, con una voz fuerte y estridente, ida en todas direcciones. Cordial y sonriente, como solía presentarse, ‘Pacheco’ fue convirtiéndose en un presentador estrella de la televisión colombiana, que apenas despuntaba con éxito en programas de variedades y entretenimiento. Presentó por entonces ‘Animalandia’, ‘Qué pareja más pareja’, ‘Alcance la estrella, ‘Cabeza y cola’ y ‘Sabariedades’: con su imagen, ‘Pacheco’ llenó esos espacios de reunión familiar, en las comidas y en el tiempo libre. Quizá por eso está ligado con fuerza, como otros presentadores de su tiempo, a la actividad más cotidiana de los colombianos en los años setenta y ochenta: sentarse frente al televisor.
“Pero desde que fui reconocido —diría en ‘Aló’— empecé a alejarme de la fanfarria. Me di cuenta a tiempo de que un famoso en un baile es el anzuelo de todas las pupilas. Si baila bien, lo calumnian por borracho irremediable. Si llega con una mujer que es apenas su amiga, le inventan un romance. Si llega con una mujer muy fea, lo acusan de estar desequilibrado en su percepción estética”.
‘Pacheco’, en los años ochenta —ya catapultado en la televisión—, fumaba, apostaba y dormía en proporciones más bien equilibradas. Más adelante, presentó el programa ‘Charlas con Pacheco’, que lo ayudó a resurgir en la televisión en otro papel: el de periodista. Entrevistó, entre muchos otros, a Jaime Garzón, Luis Carlos Galán y Carlos Pizarro: los tres muertos por una violencia que despreció desde siempre, la misma violencia, en últimas, que obligó a su familia a salir de España, y la misma que se agazapó para secuestrar a su primo Guillermo ‘La Chiva’ Cortés, fallecido en abril del año pasado.
Desde sus primeros días, como mesero en aquellos barcos o como boxeador, era ya visible su gusto por existir, por convertir su vida en una fiesta. Siempre se lo vio, incluso en los días en que su salud menos se lo permitía, contento y con ánimo por continuar. “¿Quién después de 50 años —dijo en la década pasada— no tiene derecho a sufrir algunas depresiones? Quien no las tuviera sería sencillamente un monstruo sin recuerdos. Yo tengo mis caídas, pero eso no quiere decir que esté acabado. Si hasta a veces todo ese hermoso raudal de pasado me quita las ganas de levantarme en las mañana”.
En los últimos años, su salud desmejoró. Estuvo internado en varias ocasiones, y en los medios se habló de su decaimiento. Por encima de todo ello, no obstante, en el recuerdo de la gente común, de la gente que ve televisión en las noches mientras come, mientras evalúa la bonanza, el desenfreno o la pérdida del día, ‘Pacheco’ seguía siendo ‘Pacheco’: el personaje alegre que quedó encapsulado en la pantalla chica, congelado en ella y en la memoria mediática del país. Él, que deseaba pensar como pensaba su público, quizá se habría sentido halagado.
“Pienso en la muerte de forma natural —dijo en una entrevista en ‘Tv y Novelas’ en 2006—. No le pongo misterio. El día que llegue el mal momento de morir (ojalá no sea muy pronto porque me encanta la vida), lo tomaré con enorme naturalidad”. ¿Tiene ya algún epitafio?, le preguntaron entonces. Dijo que aún no lo había pensado. “Quizá algo sencillo. Aquí yace Fernando González ‘Pacheco’. Nada más”.
Tras el fallecimiento del artista, el sentimiento de tristeza se hizo público en las redes sociales.
Por: Elespectador.com
Nadie más grande que Pacheco en la historia de la televisión colombiana. Nadie”. Ese fue el trino del periodista Felix de Bedout, al conocer la noticia que daba fe del fallecimiento de uno de los más importantes íconos del entretenimiento en el país. Y no fue sólo él quien acertó en la apreciación, el mismo presidente Juan Manuel Santos lamentó el deceso.
Amante de Santa Fe, amante del fútbol, también fue motivo de la tristeza en el cuadro bogotano, quien escribió en su cuenta de Twitter lo siguiente: “Lamentamos profundamente el fallecimiento de Fernando González Pacheco, reconocido hincha cardenal. Paz en su tumba”.
El señor actor, presentador, periodista, entrevistador, comentarista. De todo hacía este español de nacimiento pero colombiano de vida y obra, será recordado como el precursor del entrenamiento en directo de la televisión.
Jota Mario Valencia, una de sus mejores amigos, dijo que partía el hombre alegre, que dio todo con amor y pasión. “Dio la vida por Colombia”.
El reconocido actor y presentador de la televisión colombiana falleció a las 7:50 de la noche en la Clínica del Country.
Por: Elespectador.com
- El periodista y presentador, Fernando González Pacheco, falleció este martes tras sufrir una serie de complicaciones cardiacas y respiratorias.
Según el comunicado de la Clínica del Country el presentador falleció "a causa de una enfermedad crónica que lo venía aquejando desde hacía mucho tiempo".
"La Clínica del Country siente la pérdida de esta figura entrañable para los colombianos y expresa sus condolencias a sus familiares y amigos", agrega el comunicado oficial, que fue firmado por el doctor Jorge Alberto Ospina Londoño, quien es el director médico de la institución.
Pachecho, como lo conocieron los colombianos, nació en Valencia, (España) el 13 de septiembre de 1932 y falleció a sus 82 años.
El presidente de la República, Juan Manuel Santos, fue el primero en confirmar la noticia y lamentó la muerte de Pacheco a través de su cuenta de Twitter.
"Lamentamos de veras la muerte de ese gran personaje de la televisión que fue Pacheco. Se nos fue un gran hombre y un gran señor", escribió el mandatario.
El reconocido presentador de la Televisión Colombiana, quien fue internado en varias ocasiones en la Clínica Country, manifestó que su único temor era sufrir una larga enfermedad. "No le temo a la muerte (…) Ojalá Dios se apiade de mí y cuando decida llevarme me lleve rápidamente", dijo.
Este carismático periodista llegó a la televisión en 1957. En esa época, todos los programas se hacían en directo, con lo cual el ingenio del presentador era más importante que su apariencia física.Su naturalidad en la pantalla, pero sobre todo su innata habilidad en el trato con las personas le permitieron llegar a los hogares y corazones de todos los colombianos.
Su originalidad y profesionalismo lo hicieron merecedor de importantes reconocimientos a lo largo de su carrera. Se destacó por ser uno de los mejores conductores de programas de concurso y un excelente entrevistador.
Fue el animador de Operación Ja-Ja , cuna de humoristas como Jaime Agudelo y Hugo Patiño. Este programa fue la semilla que generó la existencia de Sábados Felices.
Dirigió programas de variedades como Animalandia y Sabariedades, concursos como El Programa del Millón, Cabeza y cola, Quiere cacao, Siga la pista y Compre la Orquesta y programas periodísticos como Charlas con Pacheco.
Fernando González Pacheco Castro nació en Valencia, España, el 13 de septiembre de 1932.
Vivió en Colombia desde sus 4 años de edad. Conocido sencillamente como Pacheco, este actor de cine y televisión, presentador, animador y periodista, dejó un importante legado. Su carrera sirvió de ejemplo y seguirá siendo recordado por su impecable desempeño en el mundo del espectáculo.
Un chat con... 18 Feb 2009 - 11:19 pm
Pacheco dice que quiere ver a una Colombia en paz
“Le temo a una enfermedad larga”
Reconocido por su programa ‘Animalandia’, el ex presentador Fernando González Pacheco recuerda que llegó a la televisión por accidente.
Por: Elespectador.com
- La última vez que vio a su natal Valencia, en España.
Fui a Valencia solo tres veces en mi vida. Nací por casualidad en Valencia. Mis padres fueron a establecer una sucursal en Valencia. Después nos vinimos a Madrid y a los 12 años nos vinimos para Colombia. Soy un colombiano desde los pies hasta el cabello.
Lo mejor de venir a Colombia.
Lo que soy se lo debo a Colombia, me ha aguantado 50 años.
¿Cómo llegó a la T.V.?
Por casualidad. Al buque en el que trabajaba se subió Alberto Peñaranda, dueño de Punch. Me propuso que tocara unos acordes de guitarra, decir algunas tonterías y venirme a la televisión. Pedí licencia por 15 días, pero me quedé en este sitio tan grato.
Su faceta preferida.
La actuación, especialmente en teatro. En televisión es diferente: se borra si algo sale mal. Aunque yo la hice en vivo y en directo, en blanco y negro.
¿Ese es el mejor medio?
Es el de menor retribución económica, pero el contacto directo con el público es maravilloso.
Un colega inolvidable.
Varios se han ido ya. Alvarito Ruiz, el hombre feliz. El culebro Casanova, el Chato La Torre.
Y un amigo insuperable.
Un primo hermano, Guillermo la Chiva Cortés. Maneja mis finanzas, porque soy negado para ello. Es de carta cabal, leal.
Su mayor logro en la vida.
Mantenerme. Llegar cuesta, pero mantenerse es difícil.
Lo que le falta por hacer.
A mi edad no puedo lanzarme en paracaídas, dármelas de torero, ni de boxeador, pero me falta ver este país en paz.
¿A qué le teme?
No le temo a la muerte, pero sí a una enfermedad larga. Ojalá Dios se apiade de mí y cuando decida llevarme me lleve rápidamente.
Usted hizo reír al país, ¿qué lo hace reír a usted?
Aprendí rápido a reírme de mí mismo, con todo y mi feura, que creo que no es tan exagerada.
Su comida favorita.
Recuerdo la española, pero como muy normal en mi casa.
¿Qué le gusta preparan en casa?
Un par de huevos fritos entre arroz blanco son una maravilla, entre otras cosas porque en España no existe el arroz blanco.
Entonces no es muy exigente…
Soy muy normal, no solo en la comida. Común y corriente. No me gustan las reuniones sociales, me producen mareo.
¿El mejor regalo que recibió?
Una neverita en mi habitación. Me evita ir a la cocina.
Su mentor.
Mi padre. La persona que más extraño: compañero, cómplice, amigo, la persona que más extraño. Un mentor en la T.V., Bernardo Romero Pereiro.
El mejor programa que presentó.
Compre la orquesta. Los premios de periodismo que gané sin ser periodista se los han ganado los entrevistados, no yo.
Su entrevista memorable
Precisamente con la que gané el Simón Bolívar del Periodismo, con el general Omar Torrijos. Otra que recuerdo mucho fue con el doctor Luis Carlos Galán.
¿A quién habría querido entrevistar?
Al Papa, no para hablar de catolicismo, sino como humano.
¿Qué colecciona?
Carritos de miniatura, pero me aburrí y los regalé.
El mejor presentador de la televisión colombiana.
Hernán Orjuela, Carlos Calero. José Gabriel Ortiz tiene estilo particular. Lucía Esparza Baena.
¿Jota Mario Valencia sigue siendo un bobo?
Es de nacimiento. Así terminará mi gran amigo Jota Mario.
¿A quién le debe un abrazo?
De agradecimiento, a Bernardo Romero Pereiro y a David Stivel.
¿A quién le daría un consejo?
No me gusta darlos, ni dar cátedra. Hay que ser auténtico.
¿Y a quién le aceptaría uno?
Me gusta más escuchar. Aceptaría uno de un niño, no tienen los prejuicios de los adultos.
¿Qué música le gusta escuchar?
Según las circunstancias. El bolero es la melodía de mi época.
¿Lo último que leyó?
El Karina, de Germán Castro Caicedo.
El mejor golpe que dio “Kid Pecas”.
Fui un boxeador malito. Fui campeón por casualidad, porque en peso pluma no había buenos boxeadores. Pero la cara la tengo así de nacimiento.
¿Lo más insólito que ha hecho?
El salto en paracaídas, me fracturé al caer. El toreo, pero me convencí de que no era mi oficio porque conocí más las enfermerías que al ruedo mismo.
¿Su mejor momento en la pantalla chica?
El programa que me marcó el público fue Animalandia.
¿Cómo se ganó su primer dinero?
Instalando radios en los automóviles, antes de estudiar.
¿En qué lo invirtió?
No debo contarlo, pero fue muy bueno.
Su entrevista memorable en “charlas con Pacheco”
La primera, con el maestro León de Greiff. Era una persona distante, difícil, pero se soltó.
¿Qué añora de la televisión de su época?
La mística. No pensábamos tanto en lo comercial, en cuánto nos pagaban, sino en hacer las cosas.
¿Y qué le falta a la actual?
Es muy buena, aunque la gente se queja -a veces con razón- porque está muy saturada de telenovelas, pero es de exportación, técnicamente de maravilla y de talentos.
¿Quién le pide cacao?
Mis amigos cuando jugamos cartas, porque dicen que hago trampa.
¿A qué se dedica ahora?
Hago mini entrevistas para Caracol Televisión, no hago más para dejar descansar a los televidentes.
¿Ya dejó el cigarrillo?
Lo dejé un tiempo. Tengo ganas de dejarlo otra vez porque nos podemos convertir en seres despreciables para la
humanidad y hasta en la casa lo miran a uno feo.
¿Cree que en Colombia ya llegó su reemplazo?
No, pero no porque sea el mejor, sino porque soy Pacheco. Veo muy buenos elementos, no remplazos y ojalá no lo tenga.
¿La compañía qué más disfruta?
Mis amigos. Algunos no tienen relación con la televisión y no me consideran un personaje, sino un amigo, como yo a ellos.
¿Qué lo asombra?
La ignorancia de la gente en este país. No nos hemos convencido de que tenemos que ponernos de acuerdo para solucionar los problemas, especialmente la diferencia social entre los que tenemos la suerte de tener y los que no. La brecha es muy grande.
Su lugar predilecto.
Mi casa. Voy a jugar con mis amigos a Divisas y caireles.
¿La fama alguna vez lo enloqueció?
No me creo famoso, esa palabra es muy presumida. Soy popular. No soy monedita de oro. Llevo 50 años entrando a la casa de la gente sin permiso.
¿Qué tanto se habla con su amigo Carlos Benjumea?
No mucho, pero sí es uno de mis amigos íntimos. Es un niño.
Un amor auténtico.
El de mi primera novia.
¿Qué quería ser cuando niño?
Estudié dos años medicina y me salí por problemas familiares. Intenté estudiar economía y derecho y al final me fui de camarero a un buque y creí que mi vida era terminar en el mar. La única cosa que extraño en mi vida tras haber escogido un oficio como la televisión es el mar. El mar lo marca a uno muchísimo, le cambia los valores, le cambia a uno muchas formas de pensar, lo convence a uno que uno es un gorgojo en el mundo.
Un chasco al aire.
El primer programa que hice se llamaba Agencias de Artistas. Presentaba al maestro Pedro Vargas y él iba a cantar una canción del maestro Agustín Lara que se llama Noche de ronda y yo dije: “aquí está el maestro Pedro Vargas cantando Noches verriondas”. Dije una grosería sin darme cuenta.
Dicen que usted entró a la T.V. porque en esa época era más importante el ingenio que la apariencia física.
Es posible. Si yo empezara ahora no conseguiría nada. Hoy se ve mucho la estética, los rostros bellos, impactantes. Pero el talento de todas maneras se impone. Al principio la apariencia física ayuda, pero sin talento no hay nada.
Fernando González Pacheco, el hombre de las mil caras
Según los últimos partes médicos, la salud del animador mejoró.
Por: Fernando Araújo Vélez
Algún día habrá devuelto la infinita película de su vida para recordar que todo se inició por casualidad, tal vez porque él estaba en el lugar y el momento precisos. Entonces se detendrá en los años 50, cuando trabajaba como una especie de mayordomo en un barco de la Flota Mercante Grancolombiana y allí, por las noches, para que las noches fueran menos largas y aburridas, se presentaba con una guitarra hawaiana y cantaba y se inventaba historias cómicas.
Un día, un señor de modos graves y pelo blanco que se identificó como Alberto Peñaranda se le acercó después de su función y le preguntó si deseaba trabajar en un programa de televisión. Él sonrió, nervioso, y miró de soslayo al capitán de la embarcación como para que le aconsejara, para que lo salvara, pero el señor insistió.
“De todas las cosas que he hecho en mi vida, ser marino sería la única que repetiría y que añoro”, diría Fernando González Pacheco más de 50 años después. Aquella con Peñaranda fue su penúltima noche en el mar. Luego comenzaron sus años en la televisión. Su debut fue casi el mismo día en el que fue a conversar a las oficinas de presidencia de Punch con Peñaranda, en un programa que se llamaba Agencia de artistas. “Me hizo esperar como dos horas, y luego, ante mis dudas, me soltó un desafiante ¿O no es capaz? que me caló muy hondo”.
En una de sus primeras salidas al aire, marzo de 1956, anunció a don Pedro Vargas, quien solemne, y hasta lejano, le dijo que iba a interpretar una canción de Agustín Lara, Noche de Ronda. Pacheco repitió la información. “Con ustedes don Pedro Vargas y una canción del inolvidable Agustín Lara, Noche berrionda”.
En un segundo salió del embrollo con una broma y una burla hacia sí mismo. Así había superado cientos de dificultades en su vida, casi desde el mismo día en el que arribó a Colombia desde Valencia, España, con cuatro años recién cumplidos. Fue díscolo, aventurero, regular estudiante, campeón nacional de ping-pong, guitarrero, aprendiz de torero y boxeador profesional, Kid Pecas.
Después la televisión lo atrapó y volvió a hacer y ser de todo y de cualquier cosa, pero con una cámara enfrente y en ocasiones, a beneficio de los niños, “porque usted sabe —diría hace poco— que aunque suene a demagogia, un niño triste, un niño con hambre, me llevan al llanto”.
Por ellos jugó al fútbol pese a que le pegaba a la pelota con los tobillos. Por ellos se lanzó en paracaídas más de una vez. Y fue payaso, y se metió en una jaula llena de leones, y gateó, y discutió con las loras y se dejó avasallar por las mismas loras y cantó con ellas. Por ellos, él se convirtió en parte de la niñez de millones en Colombia que lo seguían en Animalandia, en Compre la orquesta, en Siga la pista o el Club de los Cortapalos, y que luego lo encontraron en Cabeza y cola, Cita con Pacheco y Pacheco insólito, o en series como Yo y tú, El cadáver del señor García o el Viejo y Arsemio Lupín.
Hubo más de 35 años en los que Pacheco estaba en todos lados, en blanco y negro y a color, en las fotos de los diarios, en la publicidad, en los aparatos de televisión e incluso, en carne y hueso, sobre los escenarios de algunos teatros con obras como Sugar y La jaula de las locas.
Con el tiempo, sus antiguas risas se fueron transformando en tonos más serios. “La vida”, diría él. La vida se había llevado a varios de sus amigos, como Bernardo Romero Pereiro y Álvaro Ruiz, como Hernando Casanova y David Stivel. La vida, también, lo había postrado en una cama en más de una ocasión, lo había dejado por instantes solo, le había quitado a la fuerza la libertad y lo había relegado a vivir lejos, muy lejos de sus afectos, “porque yo nací en España, pero crecí y me hice en Colombia, y más que nada soy eso, colombiano, y un eterno agradecido con los colombianos”.

Un día, un señor de modos graves y pelo blanco que se identificó como Alberto Peñaranda se le acercó después de su función y le preguntó si deseaba trabajar en un programa de televisión. Él sonrió, nervioso, y miró de soslayo al capitán de la embarcación como para que le aconsejara, para que lo salvara, pero el señor insistió.
“De todas las cosas que he hecho en mi vida, ser marino sería la única que repetiría y que añoro”, diría Fernando González Pacheco más de 50 años después. Aquella con Peñaranda fue su penúltima noche en el mar. Luego comenzaron sus años en la televisión. Su debut fue casi el mismo día en el que fue a conversar a las oficinas de presidencia de Punch con Peñaranda, en un programa que se llamaba Agencia de artistas. “Me hizo esperar como dos horas, y luego, ante mis dudas, me soltó un desafiante ¿O no es capaz? que me caló muy hondo”.
En una de sus primeras salidas al aire, marzo de 1956, anunció a don Pedro Vargas, quien solemne, y hasta lejano, le dijo que iba a interpretar una canción de Agustín Lara, Noche de Ronda. Pacheco repitió la información. “Con ustedes don Pedro Vargas y una canción del inolvidable Agustín Lara, Noche berrionda”.
En un segundo salió del embrollo con una broma y una burla hacia sí mismo. Así había superado cientos de dificultades en su vida, casi desde el mismo día en el que arribó a Colombia desde Valencia, España, con cuatro años recién cumplidos. Fue díscolo, aventurero, regular estudiante, campeón nacional de ping-pong, guitarrero, aprendiz de torero y boxeador profesional, Kid Pecas.
Después la televisión lo atrapó y volvió a hacer y ser de todo y de cualquier cosa, pero con una cámara enfrente y en ocasiones, a beneficio de los niños, “porque usted sabe —diría hace poco— que aunque suene a demagogia, un niño triste, un niño con hambre, me llevan al llanto”.
Por ellos jugó al fútbol pese a que le pegaba a la pelota con los tobillos. Por ellos se lanzó en paracaídas más de una vez. Y fue payaso, y se metió en una jaula llena de leones, y gateó, y discutió con las loras y se dejó avasallar por las mismas loras y cantó con ellas. Por ellos, él se convirtió en parte de la niñez de millones en Colombia que lo seguían en Animalandia, en Compre la orquesta, en Siga la pista o el Club de los Cortapalos, y que luego lo encontraron en Cabeza y cola, Cita con Pacheco y Pacheco insólito, o en series como Yo y tú, El cadáver del señor García o el Viejo y Arsemio Lupín.
Hubo más de 35 años en los que Pacheco estaba en todos lados, en blanco y negro y a color, en las fotos de los diarios, en la publicidad, en los aparatos de televisión e incluso, en carne y hueso, sobre los escenarios de algunos teatros con obras como Sugar y La jaula de las locas.
Con el tiempo, sus antiguas risas se fueron transformando en tonos más serios. “La vida”, diría él. La vida se había llevado a varios de sus amigos, como Bernardo Romero Pereiro y Álvaro Ruiz, como Hernando Casanova y David Stivel. La vida, también, lo había postrado en una cama en más de una ocasión, lo había dejado por instantes solo, le había quitado a la fuerza la libertad y lo había relegado a vivir lejos, muy lejos de sus afectos, “porque yo nací en España, pero crecí y me hice en Colombia, y más que nada soy eso, colombiano, y un eterno agradecido con los colombianos”.

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