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Está pasando
Hiroo Onoda, el soldado japonés que se negó a rendirse
El militar continuó emboscado en una isla filipina 30 años después de finalizar la guerra
Se alimentaba de plátanos y cocos
Varias expediciones japonesas fueron en su busqueda
Solo un antiguo superior logró convencerle para rendirse
Jacinto Antón Barcelona 17 ENE 2014 - 20:59 CET254
Hiroo Onoda, izquierda, con su uniforme del Ejército Imperial, el 10 de marzo de 1974, tras su rendición, en la isla filipina de Lubang. / JIJI PRESS (AFP)
Junto a los ataques de los pilotos kamikaze, las cargas suicidas de la infantería al grito de "¡Banzai!" y el oficial que realiza el harakiri con su espada, el arquetipo popular del combatiente japonés de la II Guerra Mundial es el soldado que se niega a aceptar la rendición y la derrota y continúa su lucha emboscado en la selva de una isla perdida. Los estereotipos son solo eso, estereotipos, y muchas de las cartas íntimas y testimonios personales de los aviadores de la tokkotai —como denominaban a los kamikazes los japoneses— , de los soldados y marinos, revelan el mismo miedo y desesperación que los de cualesquiera otros combatientes, sea cual fuere su nacionalidad. Libros y películas como El arpa birmana, Feliz Navidad mister Lawrence o Cartas desde Iwo Jima han contribuido a mostrar esa realidad más allá de la visión propagandística occidental de los "demonios amarillos" expresada en clásicos como Objetivo Birmania y en tantos tebeos.
Dicho esto, es verdad que algunos particulares aspectos de la mentalidad japonesa, la perversa ideología totalitaria y la asunción general entre los militares del código del bushido y la idea de que la rendición es algo vergonzoso propiciaron unos tremendos excesos y una horrible deshumanización en la forma de hacer la guerra del ejército imperial. En ese contexto se entienden los casos de soldados que fueron más allá de lo que sería aceptable o comprensible en cualquier otro ejército (excepto quizá, en algunos aspectos, el del III Reich), desde el suicidio, el desprecio por la vida de los prisioneros o situaciones como la de Hiroo Onoda, el militar que no depuso sus armas hasta casi 30 años después de finalizar la guerra y que falleció el pasado jueves en Tokio a los 91 años.
"Era un oficial y recibí una orden, si no la hubiera cumplido me habría avergonzado", explicó de su actitud Onoda en una entrevista. La experiencia de Onoda, que por otro lado es una formidable aventura en la que se mezclan Robinson Crusoe y Guadalcanal, muestra hasta qué punto llegó la fanatización del soldado japonés. Es difícil no sentir sin embargo, paradójicamente, cierta fascinación y hasta admiración ante la tenacidad y el espíritu de entrega y resistencia de hombres como Onoda, viejos últimos combatientes de una guerra largo tiempo librada y perdida.
Hiroo Onoda tenía 20 años cuando se alistó. Fue instruido como oficial de Inteligencia (lo que desde luego no le sirvió para enterarse luego de que la guerra había acabado) y en diciembre de 1944 enviado a la isla de Lubang, en las Filipinas, con la orden de hacer todo lo posible para impedir su caída en manos del enemigo. Onoda no debía bajo ninguna circunstancia rendirse ni quitarse la vida.
Cuando los aliados desembarcaron, el teniente Onoda y otros tres soldados se refugiaron en las colinas e iniciaron su personal resistencia. Parte de las simpatías que puede despertar el recalcitrante nipón se disipan cuando se tiene en cuenta que en su particular guerra de guerrilla él y su mini ejército mataron a 30 habitantes de la isla —cosa que el teniente no consideró necesario explicar en su autobiografía (No surrender: my thirty year war, 1974)—. Onoda y sus tres irreductibles tuvieron varias veces noticia de que la guerra había acabado, pero no lo creyeron. Leyeron y releyeron octavillas en la que se informaba de la rendición japonesa, y acabaron concluyendo que se trataba de falsedades de la propaganda enemiga.
Uno de los soldados se rindió en 1950 y los otros dos murieron en encontronazos con locales o con la policía filipina. En 1972, Onoda se quedó solo. Había sido declarado muerto en 1959. En febrero de 1974, el teniente tuvo un sorprendente encuentro: se topó con un viajero japonés que tenía en su agenda encontrarlo a él, un panda y al yeti, por este orden. Onoda le dijo que no se rendiría hasta que se lo ordenara su oficial superior. Así que el Gobierno japonés localizó al mayor Taniguchi y lo envió a Lubang donde, el 9 de marzo de 1974, Onoda por fin se rindió, deponiendo su espada y su rifle de cerrojo Arisaka, el arma estándar del ejército japonés, que conservaba en perfecto estado de revista.
Enjuto, marcial y orgulloso, Onoda regresó al Japón siendo recibido como un héroe (¡y recibiendo todos los atrasos de la paga!). Fue el último de los soldados japoneses aún en servicio hallados (aunque siguen registrándose rumores de avistamientos de otros que pueden haber sido incluso más empecinados que él).
En puridad, Onoda no fue el último. Por unos meses le ganó el soldado Teruo Nakamura —recuperado en la isla indonesia de Morotai el 18 de diciembre de 1974—. Pero Nakamura, aunque alistado en el Ejército Imperial, había nacido en Taiwán y era miembro del pueblo ami, así que los japoneses tendieron a no contarlo. Además no era oficial.
Onoda, al que el presidente Marcos de Filipinas le perdonó el desliz de haberse cargado a unos cuantos paisanos con la guerra acabada, no se encontraba cómodo en el Japón moderno y emigró a Brasil donde se dedicó a la cría de ganado. Posteriormente regresó a su país y montó unas escuelas de la naturaleza para jóvenes. Tenía experiencia, sin duda: su estancia en Lubang constituye un ejemplo de primera de técnicas de supervivencia. Se alimentaba principalmente de plátanos hervidos y de cocos, aparte del arroz que podía robar de las poblaciones vecinas. De vez en cuando cazaba una vaca y secaba la carne. Mantuvo su gorra y su uniforme, a base de remendarlo mil veces, y se fabricaba sandalias. Curiosamente mantuvo una salud casi perfecta. Solo tuvo que guardar cama una vez en treinta años. Se lavaba meticulosamente los dientes y no perdió ninguno. De hecho, un viejo marine veterano de la campaña del Pacífico, que recalcó que había gastado la mayoría de su patrimonio en dentistas, dijo de Onoda que no había mucho que admirar en él pero que esperaba que se pudiera aprender algo de su dentadura.
Dicho esto, es verdad que algunos particulares aspectos de la mentalidad japonesa, la perversa ideología totalitaria y la asunción general entre los militares del código del bushido y la idea de que la rendición es algo vergonzoso propiciaron unos tremendos excesos y una horrible deshumanización en la forma de hacer la guerra del ejército imperial. En ese contexto se entienden los casos de soldados que fueron más allá de lo que sería aceptable o comprensible en cualquier otro ejército (excepto quizá, en algunos aspectos, el del III Reich), desde el suicidio, el desprecio por la vida de los prisioneros o situaciones como la de Hiroo Onoda, el militar que no depuso sus armas hasta casi 30 años después de finalizar la guerra y que falleció el pasado jueves en Tokio a los 91 años.
Algunos elementos de la mentalidad japonesa propiciaron unos tremendos excesos y una horrible deshumanización
Hiroo Onoda tenía 20 años cuando se alistó. Fue instruido como oficial de Inteligencia (lo que desde luego no le sirvió para enterarse luego de que la guerra había acabado) y en diciembre de 1944 enviado a la isla de Lubang, en las Filipinas, con la orden de hacer todo lo posible para impedir su caída en manos del enemigo. Onoda no debía bajo ninguna circunstancia rendirse ni quitarse la vida.
Cuando los aliados desembarcaron, el teniente Onoda y otros tres soldados se refugiaron en las colinas e iniciaron su personal resistencia. Parte de las simpatías que puede despertar el recalcitrante nipón se disipan cuando se tiene en cuenta que en su particular guerra de guerrilla él y su mini ejército mataron a 30 habitantes de la isla —cosa que el teniente no consideró necesario explicar en su autobiografía (No surrender: my thirty year war, 1974)—. Onoda y sus tres irreductibles tuvieron varias veces noticia de que la guerra había acabado, pero no lo creyeron. Leyeron y releyeron octavillas en la que se informaba de la rendición japonesa, y acabaron concluyendo que se trataba de falsedades de la propaganda enemiga.
Uno de los soldados se rindió en 1950 y los otros dos murieron en encontronazos con locales o con la policía filipina. En 1972, Onoda se quedó solo. Había sido declarado muerto en 1959. En febrero de 1974, el teniente tuvo un sorprendente encuentro: se topó con un viajero japonés que tenía en su agenda encontrarlo a él, un panda y al yeti, por este orden. Onoda le dijo que no se rendiría hasta que se lo ordenara su oficial superior. Así que el Gobierno japonés localizó al mayor Taniguchi y lo envió a Lubang donde, el 9 de marzo de 1974, Onoda por fin se rindió, deponiendo su espada y su rifle de cerrojo Arisaka, el arma estándar del ejército japonés, que conservaba en perfecto estado de revista.
Enjuto, marcial y orgulloso, Onoda regresó al Japón siendo recibido como un héroe (¡y recibiendo todos los atrasos de la paga!). Fue el último de los soldados japoneses aún en servicio hallados (aunque siguen registrándose rumores de avistamientos de otros que pueden haber sido incluso más empecinados que él).
En puridad, Onoda no fue el último. Por unos meses le ganó el soldado Teruo Nakamura —recuperado en la isla indonesia de Morotai el 18 de diciembre de 1974—. Pero Nakamura, aunque alistado en el Ejército Imperial, había nacido en Taiwán y era miembro del pueblo ami, así que los japoneses tendieron a no contarlo. Además no era oficial.
Onoda, al que el presidente Marcos de Filipinas le perdonó el desliz de haberse cargado a unos cuantos paisanos con la guerra acabada, no se encontraba cómodo en el Japón moderno y emigró a Brasil donde se dedicó a la cría de ganado. Posteriormente regresó a su país y montó unas escuelas de la naturaleza para jóvenes. Tenía experiencia, sin duda: su estancia en Lubang constituye un ejemplo de primera de técnicas de supervivencia. Se alimentaba principalmente de plátanos hervidos y de cocos, aparte del arroz que podía robar de las poblaciones vecinas. De vez en cuando cazaba una vaca y secaba la carne. Mantuvo su gorra y su uniforme, a base de remendarlo mil veces, y se fabricaba sandalias. Curiosamente mantuvo una salud casi perfecta. Solo tuvo que guardar cama una vez en treinta años. Se lavaba meticulosamente los dientes y no perdió ninguno. De hecho, un viejo marine veterano de la campaña del Pacífico, que recalcó que había gastado la mayoría de su patrimonio en dentistas, dijo de Onoda que no había mucho que admirar en él pero que esperaba que se pudiera aprender algo de su dentadura.
No es cierto que mi familia sea culpable de esa guerra mundial”
Carlos de Habsburgo-Lorena, nieto del último emperador de Austria habla del papel de la monarquía y de su familia en la Primera Guerra Mundial. Sostiene que el imperio era "una entidad increíblemente moderna"
El príncipe austriaco Carlos de Habsburgo-Lorena en 2010 / Christof Stache (apn)
Pregunta. ¿Es frecuente que todavía se dirijan a usted llamándole "Alteza Imperial"?
Respuesta. Ocurre a menudo, pero no corrijo a nadie porque casi siempre lo hacen por respeto hacia mi familia, no hacía mí personalmente. No soy un pedante.
P. ¿Qué tienen que ver los Habsburgo de hoy día con la Primera Guerra Mundial?
R. La mayoría de los miembros de mi familia consideran esa guerra no solo parte de la historia de un país, sino también parte de la historia de nuestra familia.
P. ¿Cómo definiría usted ese concepto de familia? Porque estamos hablando de una integrada por más de 500 personas. ¿Los elementos determinantes serían, fundamentalmente, la relevancia política y la historia de un gran clan?
R. Mi familia ha sido siempre una familia muy política y lo ha seguido siendo hasta ahora. Mi hermana fue durante mucho tiempo embajadora de Georgia en Berlín, otra hermana mía es diputada en Suecia. Entre los 500 miembros de mi familia hay de todo, hay secretarios de obispo y directores de museo. Pero no tiene ningún sentido centrarse en el pasado.
P. ¿Los Habsburgo siguen casándose preferentemente con otros aristócratas?
R. Es algo que ocurre muy a menudo porque las familias de la aristocracia europea nos conocemos y nos reunimos con motivo de actos sociales. Al fin y al cabo, la monarquía es una forma de Estado, como también lo es la república.
P. ¿Por qué otros monarcas los invitan e integran en su entorno? En Austria se ha abolido la nobleza.
R. Porque existen relaciones de parentesco.
P. ¿Entonces lo que cuenta es el árbol genealógico?
R. Sí, por supuesto.
P. El lema de su padre era: “valor para asumir el deber”. Suena casi prusiano.
R. Siempre sintió que tenía una obligación que cumplir para con los espacios históricos en los que éramos políticamente activos. Y eso es algo que nos inculcó a nosotros desde niños.
P. ¿Hay en su familia revanchistas que, por ejemplo, pretendan recuperar el territorio lombardo-véneto o Dalmacia?
R. No, eso sería ridículo.
P. Su primo Ulrich ha intentado conseguir el derecho de voto pasivo para las elecciones presidenciales. Ha exigido que se retire la prohibición que establece que ni él ni sus parientes pueden presentarse como candidatos a presidente. Y lo ha conseguido. ¿Le parece correcto?
R. Por supuesto. La Ley Habsburgo es absurda, no se puede decir otra cosa. Después de la Primera Guerra Mundial en el país existían ciertos miedos y la preocupación de que la familia pudiera volver y plantear reclamaciones. Cuando mi abuelo, el emperador Carlos I, renunció, una de las condiciones fue que se debía votar qué posición ocuparía en el futuro. El canciller Karl Renner le prometió que así se haría; pero luego se canceló esa votación. Nos privaron de todos los derechos, nos expropiaron y nos mandaron al exilio. En aquel entonces nuestro patrimonio había ido a parar a un fondo; una vez disuelto este se nos debía devolver la propiedad, pero eso no ocurrió nunca. Yo, por ejemplo, he crecido con el absurdo de tener durante mi infancia un pasaporte austriaco expedido en Munich en el que ponía que podía viajar a cualquier país del mundo salvo a Austria. Esta regla no se anuló hasta finales de los años sesenta.
P. La abdicación, la expropiación y el exilio fueron precedidos por una guerra que también causó un sufrimiento indecible, millones de muertos y hambrunas a los 50 millones de habitantes del imperio. ¿Tiene la sensación de que su abuelo también fue castigado por todo ese sufrimiento?
R. Pero no se trata aquí de la culpa y la expiación. Y tampoco es cierto que la familia sea culpable de esa guerra mundial. Simplificando, se puede decir que los disparos de Sarajevo desencadenaron la Primera Guerra Mundial. Pero si no hubiesen sido los disparos de Sarajevo, tres semanas después habría comenzado en algún otro lugar. Es un error señalar con el dedo a los Estados. Y si se hace, habría que decir también que existían tensiones decisivas, sobre todo entre Alemania y Rusia, donde ya se había producido una movilización parcial junto a las fronteras. Eran muchos los que estaban preparados en la línea de salida, esperando el gran conflicto. Si vamos a explayarnos haciendo acusaciones, probablemente la culpa mayor fue del nacionalismo en sí mismo.
P. ¿Qué papel activo desempeñó su abuelo, el último emperador?
R. Un papel pequeño, porque había heredado la guerra. No tenía nada que ver con ello. Además, hizo muchos esfuerzos por mantener la paz, que también suscitaron reproches, y aprovechó sus contactos familiares para entablar negociaciones de paz. Tampoco creo que al comienzo de la Primera Guerra Mundial nadie pudiera imaginarse hasta qué extremos de crueldad y locura iba a degenerar el conflicto. Es cierto que existían algunas experiencias previas, sobre todo las dos guerras de los Balcanes, que podrían haber enseñado en qué clase de drama podía derivar aquello. Pero los austriacos pensaron, un tanto ofuscados, que sería una guerra pequeña, en la que tendríamos que poner algo de orden en Serbia. Así que todo el mundo se imaginó que estaríamos pronto de vuelta en casa.
P. ¿Qué papel desempeñó el sucesor al trono Francisco Fernando?
R. Francisco Fernando tenía muy claro que en aquel entonces la situación de los pueblos eslavos en el marco del imperio de los Habsburgo era un problema fundamental. También se daba cuenta de las tensiones que existían con Serbia. Y quizá también era consciente de que los serbios lo consideraban su principal enemigo porque quería equilibrar, en realidad minimizar, la preponderancia de los serbios dentro de la constelación de fuerzas de los pueblos eslavos. Por eso llevaban muchos años haciendo preparativos para atentar contra él, con veneno y armas que se introdujeron de contrabando en Sarajevo.
P. En el ínterin se ha reavivado y reorientado el debate sobre los factores desencadenantes de la guerra como refleja el libro Los sonámbulos de Christopher Clark. Ahora se impone la tesis de que existía una especie de predisposición generalizada a entrar en guerra. ¿Le parece razonable este planteamiento?
R. No debemos olvidar que antes habían tenido lugar esas dos guerras de los Balcanes. En ambas se produjo una movilización de Austria. En aquel entonces eso significaba también la movilización de todos los recursos financieros del país. Todos tenían claro que no se podían permitir una tercera movilización sin hacer una guerra. Simpatizo con la tesis de Clark de que todos los implicados caminaron sonámbulos hacia esa guerra y tenían sus respectivos intereses específicos en llevarla a cabo.
P. ¿Dónde habría que situar entonces – según el debate interno de su familia – la corresponsabilidad de la casa de los Habsburgo?
R. En Austria existía una falta de preparación militar, teníamos unos soldados apenas aptos para ir al frente y unos uniformes muy bonitos pero poco más; nos faltaban muchas cosas.
P. ¿Tras la guerra se desató la cólera popular contra los Habsburgo?
R. No hubo nada semejante, todo lo contrario: seguía existiendo una gran simpatía hacia el emperador, también porque la gente reconoció lo mucho que se había esforzado en lograr la paz, en abastecer a las víctimas de la hambruna.
P. ¿No es ese básicamente un punto de vista “vienocéntrico”? En el imperio en desintegración también hubo otras reacciones.
R. Por supuesto, el ambiente en el Tirol era diferente al que había en Bucovina.
P. Lo que hizo después su padre, Otto de Habsburgo, ¿tiene algo que ver con una especie de reparación?
R. No, porque eso significaría que creíamos que éramos culpables y que teníamos que ofrecer una compensación por ello. Más bien tenía que ver con el deber.
P. Durante mucho tiempo su padre fue considerado un forastero, un paneuropeo algo pomposo. ¿Le produce una cierta satisfacción el hecho de que a la postre la historia haya ratificado su entusiasmo por una gran Europa?
R. Satisfacción, no. Me alegra que Europa haya evolucionado en la dirección que él pensaba. Porque la UE era, con otros medios, la prosecución de la antigua idea imperial supranacional. Y justamente eso mismo vio y deseó Otto de Habsburgo en Europa. Las circunstancias han cambiado, qué duda cabe, pero seguimos trabajando en la idea de un ordenamiento jurídico supranacional y en el principio de subsidiariedad. Franz-Josef Strauss dijo en una ocasión que quien se casa con el espíritu de la época, enviuda pronto.
P. Pero esa idea imperial supranacional también podría haberse convertido en una senda peligrosa. Las últimas décadas de la monarquía imperial y real estuvieron dominadas por fuerzas centrífugas, por una disgregación, por una desintegración. Pero se forzó la unidad de esa construcción mediante una idea supranacional. Y precisamente la monarquía de los Habsburgo fue castigada por eso.
R. Es cierto pero, a pesar de todo, en el siglo XX era la senda correcta. En cierto modo aquella entidad “imperial y real” era increíblemente moderna. Cuando uno piensa que el himno nacional se cantaba oficialmente en 12 idiomas y extraoficialmente en más de 20… Si se reivindicara ahora algo semejante en Francia, si se dijese que una parte de la población del Estado quiere cantar la Marsellesa solo en bretón... Sería inimaginable.
P. ¿Cuál es su concepto de Europa?
R. Me siento muy enraizado en una pan-Europa. Debido a la actividad que llevo a cabo para Blue Shield, que es una asociación que se dedica a la protección del patrimonio cultural en zonas en guerra, he pasado mucho tiempo en África y veo cómo miran allí hacia Europa. Cómo los africanos ven a Europa orientada hacia el futuro y la admiración que despierta, por ejemplo, la idea de un tribunal de justicia europeo. La idea de Estado nacional es una idea del siglo pasado.
Respuesta. Ocurre a menudo, pero no corrijo a nadie porque casi siempre lo hacen por respeto hacia mi familia, no hacía mí personalmente. No soy un pedante.
P. ¿Qué tienen que ver los Habsburgo de hoy día con la Primera Guerra Mundial?
R. La mayoría de los miembros de mi familia consideran esa guerra no solo parte de la historia de un país, sino también parte de la historia de nuestra familia.
P. ¿Cómo definiría usted ese concepto de familia? Porque estamos hablando de una integrada por más de 500 personas. ¿Los elementos determinantes serían, fundamentalmente, la relevancia política y la historia de un gran clan?
R. Mi familia ha sido siempre una familia muy política y lo ha seguido siendo hasta ahora. Mi hermana fue durante mucho tiempo embajadora de Georgia en Berlín, otra hermana mía es diputada en Suecia. Entre los 500 miembros de mi familia hay de todo, hay secretarios de obispo y directores de museo. Pero no tiene ningún sentido centrarse en el pasado.
P. ¿Los Habsburgo siguen casándose preferentemente con otros aristócratas?
R. Es algo que ocurre muy a menudo porque las familias de la aristocracia europea nos conocemos y nos reunimos con motivo de actos sociales. Al fin y al cabo, la monarquía es una forma de Estado, como también lo es la república.
P. ¿Por qué otros monarcas los invitan e integran en su entorno? En Austria se ha abolido la nobleza.
R. Porque existen relaciones de parentesco.
P. ¿Entonces lo que cuenta es el árbol genealógico?
R. Sí, por supuesto.
P. El lema de su padre era: “valor para asumir el deber”. Suena casi prusiano.
R. Siempre sintió que tenía una obligación que cumplir para con los espacios históricos en los que éramos políticamente activos. Y eso es algo que nos inculcó a nosotros desde niños.
P. ¿Hay en su familia revanchistas que, por ejemplo, pretendan recuperar el territorio lombardo-véneto o Dalmacia?
R. No, eso sería ridículo.
P. Su primo Ulrich ha intentado conseguir el derecho de voto pasivo para las elecciones presidenciales. Ha exigido que se retire la prohibición que establece que ni él ni sus parientes pueden presentarse como candidatos a presidente. Y lo ha conseguido. ¿Le parece correcto?
R. Por supuesto. La Ley Habsburgo es absurda, no se puede decir otra cosa. Después de la Primera Guerra Mundial en el país existían ciertos miedos y la preocupación de que la familia pudiera volver y plantear reclamaciones. Cuando mi abuelo, el emperador Carlos I, renunció, una de las condiciones fue que se debía votar qué posición ocuparía en el futuro. El canciller Karl Renner le prometió que así se haría; pero luego se canceló esa votación. Nos privaron de todos los derechos, nos expropiaron y nos mandaron al exilio. En aquel entonces nuestro patrimonio había ido a parar a un fondo; una vez disuelto este se nos debía devolver la propiedad, pero eso no ocurrió nunca. Yo, por ejemplo, he crecido con el absurdo de tener durante mi infancia un pasaporte austriaco expedido en Munich en el que ponía que podía viajar a cualquier país del mundo salvo a Austria. Esta regla no se anuló hasta finales de los años sesenta.
P. La abdicación, la expropiación y el exilio fueron precedidos por una guerra que también causó un sufrimiento indecible, millones de muertos y hambrunas a los 50 millones de habitantes del imperio. ¿Tiene la sensación de que su abuelo también fue castigado por todo ese sufrimiento?
R. Pero no se trata aquí de la culpa y la expiación. Y tampoco es cierto que la familia sea culpable de esa guerra mundial. Simplificando, se puede decir que los disparos de Sarajevo desencadenaron la Primera Guerra Mundial. Pero si no hubiesen sido los disparos de Sarajevo, tres semanas después habría comenzado en algún otro lugar. Es un error señalar con el dedo a los Estados. Y si se hace, habría que decir también que existían tensiones decisivas, sobre todo entre Alemania y Rusia, donde ya se había producido una movilización parcial junto a las fronteras. Eran muchos los que estaban preparados en la línea de salida, esperando el gran conflicto. Si vamos a explayarnos haciendo acusaciones, probablemente la culpa mayor fue del nacionalismo en sí mismo.
P. ¿Qué papel activo desempeñó su abuelo, el último emperador?
R. Un papel pequeño, porque había heredado la guerra. No tenía nada que ver con ello. Además, hizo muchos esfuerzos por mantener la paz, que también suscitaron reproches, y aprovechó sus contactos familiares para entablar negociaciones de paz. Tampoco creo que al comienzo de la Primera Guerra Mundial nadie pudiera imaginarse hasta qué extremos de crueldad y locura iba a degenerar el conflicto. Es cierto que existían algunas experiencias previas, sobre todo las dos guerras de los Balcanes, que podrían haber enseñado en qué clase de drama podía derivar aquello. Pero los austriacos pensaron, un tanto ofuscados, que sería una guerra pequeña, en la que tendríamos que poner algo de orden en Serbia. Así que todo el mundo se imaginó que estaríamos pronto de vuelta en casa.
P. ¿Qué papel desempeñó el sucesor al trono Francisco Fernando?
R. Francisco Fernando tenía muy claro que en aquel entonces la situación de los pueblos eslavos en el marco del imperio de los Habsburgo era un problema fundamental. También se daba cuenta de las tensiones que existían con Serbia. Y quizá también era consciente de que los serbios lo consideraban su principal enemigo porque quería equilibrar, en realidad minimizar, la preponderancia de los serbios dentro de la constelación de fuerzas de los pueblos eslavos. Por eso llevaban muchos años haciendo preparativos para atentar contra él, con veneno y armas que se introdujeron de contrabando en Sarajevo.
P. En el ínterin se ha reavivado y reorientado el debate sobre los factores desencadenantes de la guerra como refleja el libro Los sonámbulos de Christopher Clark. Ahora se impone la tesis de que existía una especie de predisposición generalizada a entrar en guerra. ¿Le parece razonable este planteamiento?
R. No debemos olvidar que antes habían tenido lugar esas dos guerras de los Balcanes. En ambas se produjo una movilización de Austria. En aquel entonces eso significaba también la movilización de todos los recursos financieros del país. Todos tenían claro que no se podían permitir una tercera movilización sin hacer una guerra. Simpatizo con la tesis de Clark de que todos los implicados caminaron sonámbulos hacia esa guerra y tenían sus respectivos intereses específicos en llevarla a cabo.
P. ¿Dónde habría que situar entonces – según el debate interno de su familia – la corresponsabilidad de la casa de los Habsburgo?
R. En Austria existía una falta de preparación militar, teníamos unos soldados apenas aptos para ir al frente y unos uniformes muy bonitos pero poco más; nos faltaban muchas cosas.
P. ¿Tras la guerra se desató la cólera popular contra los Habsburgo?
R. No hubo nada semejante, todo lo contrario: seguía existiendo una gran simpatía hacia el emperador, también porque la gente reconoció lo mucho que se había esforzado en lograr la paz, en abastecer a las víctimas de la hambruna.
P. ¿No es ese básicamente un punto de vista “vienocéntrico”? En el imperio en desintegración también hubo otras reacciones.
R. Por supuesto, el ambiente en el Tirol era diferente al que había en Bucovina.
P. Lo que hizo después su padre, Otto de Habsburgo, ¿tiene algo que ver con una especie de reparación?
R. No, porque eso significaría que creíamos que éramos culpables y que teníamos que ofrecer una compensación por ello. Más bien tenía que ver con el deber.
P. Durante mucho tiempo su padre fue considerado un forastero, un paneuropeo algo pomposo. ¿Le produce una cierta satisfacción el hecho de que a la postre la historia haya ratificado su entusiasmo por una gran Europa?
R. Satisfacción, no. Me alegra que Europa haya evolucionado en la dirección que él pensaba. Porque la UE era, con otros medios, la prosecución de la antigua idea imperial supranacional. Y justamente eso mismo vio y deseó Otto de Habsburgo en Europa. Las circunstancias han cambiado, qué duda cabe, pero seguimos trabajando en la idea de un ordenamiento jurídico supranacional y en el principio de subsidiariedad. Franz-Josef Strauss dijo en una ocasión que quien se casa con el espíritu de la época, enviuda pronto.
P. Pero esa idea imperial supranacional también podría haberse convertido en una senda peligrosa. Las últimas décadas de la monarquía imperial y real estuvieron dominadas por fuerzas centrífugas, por una disgregación, por una desintegración. Pero se forzó la unidad de esa construcción mediante una idea supranacional. Y precisamente la monarquía de los Habsburgo fue castigada por eso.
R. Es cierto pero, a pesar de todo, en el siglo XX era la senda correcta. En cierto modo aquella entidad “imperial y real” era increíblemente moderna. Cuando uno piensa que el himno nacional se cantaba oficialmente en 12 idiomas y extraoficialmente en más de 20… Si se reivindicara ahora algo semejante en Francia, si se dijese que una parte de la población del Estado quiere cantar la Marsellesa solo en bretón... Sería inimaginable.
P. ¿Cuál es su concepto de Europa?
R. Me siento muy enraizado en una pan-Europa. Debido a la actividad que llevo a cabo para Blue Shield, que es una asociación que se dedica a la protección del patrimonio cultural en zonas en guerra, he pasado mucho tiempo en África y veo cómo miran allí hacia Europa. Cómo los africanos ven a Europa orientada hacia el futuro y la admiración que despierta, por ejemplo, la idea de un tribunal de justicia europeo. La idea de Estado nacional es una idea del siglo pasado.
Carlos de Habsburgo-Lorena (nacido en 1961) es asesor de medios de comunicación y presidente de la Asociación de Comités Nacionales de Blue Shield, dedicada a la protección del patrimonio cultural en conflictos armados, y presidente del Movimiento Paneuropeo de Austria.
I Guerra Mundial, regreso a un inmenso baño de sangre
El inminente centenario en 2014 del inicio de la Primera Guerra Mundial provoca un renovado interés por el conflicto y la edición de numerosas y valiosas revisiones
Jacinto Antón Barcelona 16 DIC 2013 - 01:23 CET15
Soldados alemanes durante la Gran Guerra. / Bettmann/CORBIS
La terrible apoteósis de la trinchera y la alambrada. Fue una carnicería a gran escala y significó el hundimiento de la civilizada Europa en una barbarie como no se veía en el continente desde la Guerra de los Treinta Años. A punto de entrar en el año del centenario de la Primera Guerra Mundial, que comenzó en verano de 1914 y se extendió hasta noviembre de 1918, una nueva remesa de libros llega para revisar aquella hecatombe, aquel largo túnel de sangre y oscuridad, como lo denominó André Gide, que supuso el fracaso de los ideales de una generación y una cosecha de destrucción y muerte inimaginables.
Cuatro imperios, el ruso, el austrohúngaro, el turco y el Reich alemán habían desaparecido al acabar la contienda, junto con 9 millones de combatientes, sin contar a los civiles. Fue una guerra que empezó fuerte: solo en los primeros cinco meses de guerra de 1914 el ejército francés tuvo ya más de un millón de bajas y los alemanes 80.000 únicamente en octubre en Ypres.
¿Quédan cosas por explicar de aquella guerra? Indudablemente. La senda que condujo a ella no está aún clara. ¿Se podía haber ido en otra dirección? ¿Porqué el internacionalismo proletario no pudo vencer la corrtiente de patriotismo nacionalista? Algunos teatros de operaciones han sido muy poco estudiados, como el de la invasión de Serbia por el ejército austrohúngaro; y otros merecen ser revisados.
Dos de los grandes (y apasionantes) libros que han abierto el fuego en la frontera del aniversario son 1914. De la paz a la guerra, de Margaret MacMillan, y 1914, el año de la catástrofe, de Max Hastings, ambos reconocidos historiadores —y los dos lectores que, como muchos de los interesados en la Gran Guerra, recuerdan (recordamos) con placer Los cañones de agosto (1962), de Barbara Tuchman— . De acuerdo en muchas cosas, como en que los terroristas serbios mataron al hombre equivocado aquel 28 de junio de 1914 pues el archiduque Francisco Fernando se hubiera opusto a la guerra, en destacar la estulticia del káiser Guillermo II, cuyo perfil psicológico bordeaba la insanidad, el papel de la opinión pública (un factor nuevo en la Historia) y en buscar los puntos de conexión con la actualidad, los enfoques de MacMillan y Hastings son diferentes. Si la primera huye de maximalismos, se centra de manera puntillista en intentar entender (y explicar) la cadena de acontecimientos y decisiones que condujeron a que fracasara la paz, y afirma que la guerra no era en absoluto inevitable, el segundo no duda en responsabilizar a Alemania y afirma taxativamente que moralmente era justificable ir a la guerra contra las potencias centrales como lo fue luchar contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial.
Hastings explica detalladamente los movimientos de los ejércitos mientras que MacMillan, que resalta la importancia de los individuos en la Historia, profundiza en las personalidades y sentimientos de los hombres que tomaron las decisiones (recalcando de paso que no hubo ninguna mujer).
El aniversario nos pone de nuevo en el doloroso pero apasionante umbral de aquel mundo de polius, pickelhaubes y bayonetas, de vieja guerra (“Le pantalon rouge, c'est la France!”) devenida la nueva, tan letal, en la que como dijo un general “tres hombres y una ametralladora pueden detener a un batallón de héroes”. Un mundo en el que la temeridad política, que tantos réditos había dado antes, el miedo mutuo —se atacaba en defensa propia— y el patriotismo condujeron al desastre. Un mundo lleno de lecciones
1914-1918, de David Stevenson (Debate). Una historia completa de la contienda, juzgada como “sublime” por Ian Kershaw, nada menos. Ideal para pasar de 1914 (donde nos dejan MacMillan y Hastings).
The Sleepwalkers: How Europe Went to War in 1914, de Chrisopher Clark (Penguin). Uno de los libros señeros del aniversario. De nuevo la historia del estallido de la guerra y sus causas de la mano de un grandísimo historiador que auna claridad científica con extraordinaria calidad literaria.
Lawrence in Arabia, de Scott Anderson. Revisión de la revuelta árabe y de uno de los grandes escenarios considerados “marginales” de la I Guerra Mundial, el de Oriente Medio, sin el que es imposible comprender la realidad actual en esa zona. Basado en cuatro años de nueva investigación. Apasionante.
The Complete Blue Max: A Chronological Record of the Holders of the Pour le Merite, de Kevin Brazier (Pen & Sword). De acuerdo, una excentricidad, pero una apasionante aproximación a la historia de la más alta condecoración alemana de la I Guerra Mundial y a los que la obtuvieron como Junger, Von Richthofen, Goering o Rommel.
¿Quédan cosas por explicar de aquella guerra? Indudablemente. La senda que condujo a ella no está aún clara. ¿Se podía haber ido en otra dirección? ¿Porqué el internacionalismo proletario no pudo vencer la corrtiente de patriotismo nacionalista? Algunos teatros de operaciones han sido muy poco estudiados, como el de la invasión de Serbia por el ejército austrohúngaro; y otros merecen ser revisados.
Dos de los grandes (y apasionantes) libros que han abierto el fuego en la frontera del aniversario son 1914. De la paz a la guerra, de Margaret MacMillan, y 1914, el año de la catástrofe, de Max Hastings, ambos reconocidos historiadores —y los dos lectores que, como muchos de los interesados en la Gran Guerra, recuerdan (recordamos) con placer Los cañones de agosto (1962), de Barbara Tuchman— . De acuerdo en muchas cosas, como en que los terroristas serbios mataron al hombre equivocado aquel 28 de junio de 1914 pues el archiduque Francisco Fernando se hubiera opusto a la guerra, en destacar la estulticia del káiser Guillermo II, cuyo perfil psicológico bordeaba la insanidad, el papel de la opinión pública (un factor nuevo en la Historia) y en buscar los puntos de conexión con la actualidad, los enfoques de MacMillan y Hastings son diferentes. Si la primera huye de maximalismos, se centra de manera puntillista en intentar entender (y explicar) la cadena de acontecimientos y decisiones que condujeron a que fracasara la paz, y afirma que la guerra no era en absoluto inevitable, el segundo no duda en responsabilizar a Alemania y afirma taxativamente que moralmente era justificable ir a la guerra contra las potencias centrales como lo fue luchar contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial.
Hastings explica detalladamente los movimientos de los ejércitos mientras que MacMillan, que resalta la importancia de los individuos en la Historia, profundiza en las personalidades y sentimientos de los hombres que tomaron las decisiones (recalcando de paso que no hubo ninguna mujer).
El aniversario nos pone de nuevo en el doloroso pero apasionante umbral de aquel mundo de polius, pickelhaubes y bayonetas, de vieja guerra (“Le pantalon rouge, c'est la France!”) devenida la nueva, tan letal, en la que como dijo un general “tres hombres y una ametralladora pueden detener a un batallón de héroes”. Un mundo en el que la temeridad política, que tantos réditos había dado antes, el miedo mutuo —se atacaba en defensa propia— y el patriotismo condujeron al desastre. Un mundo lleno de lecciones
La biblioteca de las trincheras
Son numerosos los libros que están apareciendo en vísperas del cien aniversario de la Gran Guerra. He aquí una somera muestra de algunos de los más interesantes.1914-1918, de David Stevenson (Debate). Una historia completa de la contienda, juzgada como “sublime” por Ian Kershaw, nada menos. Ideal para pasar de 1914 (donde nos dejan MacMillan y Hastings).
The Sleepwalkers: How Europe Went to War in 1914, de Chrisopher Clark (Penguin). Uno de los libros señeros del aniversario. De nuevo la historia del estallido de la guerra y sus causas de la mano de un grandísimo historiador que auna claridad científica con extraordinaria calidad literaria.
Lawrence in Arabia, de Scott Anderson. Revisión de la revuelta árabe y de uno de los grandes escenarios considerados “marginales” de la I Guerra Mundial, el de Oriente Medio, sin el que es imposible comprender la realidad actual en esa zona. Basado en cuatro años de nueva investigación. Apasionante.
The Complete Blue Max: A Chronological Record of the Holders of the Pour le Merite, de Kevin Brazier (Pen & Sword). De acuerdo, una excentricidad, pero una apasionante aproximación a la historia de la más alta condecoración alemana de la I Guerra Mundial y a los que la obtuvieron como Junger, Von Richthofen, Goering o Rommel.
De las trincheras a Internet
Los Archivos Nacionales británicos se suman al centenario de la Gran Guerra al colgar en la Red 300.000 páginas con escalofriantes relatos de soldados
Soldados británicos durante la I Guerra Mundial / Mansell (Getty Images)
“Aquí estoy, sentado al sol en la trinchera de nuestro cuartel general. La lluvia que hemos tenido sin parar durante dos días ya ha cesado y ahora el mundo debería parecer la gloria”, escribió un día de principios de septiembre de 1914 el capitán C. J. Paterson, del regimiento británico de infantería South Wales Borderers, durante un alto en la primera confrontación del Marne. “La batalla se ha parado aquí por un momento, aunque se pueden oír en la distancia los disparos del segundo cuerpo del ejército inglés y la batalla en general. Como digo, todo debería ser hermoso y pacífico y bonito. Pero en realidad es imposible describirlo”, añade el texto.
“Trincheras, pedazos de equipamiento, ropa (seguramente con manchas de sangre), munición, herramientas, sombreros, etc., etc., por todas partes. Pobres desgraciados yaciendo muertos por todas partes. Algunos son de los nuestros, otros son de la Primera Brigada de Guardias que pasaron por aquí antes que nosotros, y muchos son alemanes”, relata.
“Todos los setos están rotos y pisoteados, toda la hierba está pisoteada de barro, agujeros allí donde han estallado los proyectiles, ramas separadas de su tronco por las explosiones. En todas partes las mismas señales terribles, sombrías y despiadadas de la batalla y de la guerra. Ya tengo el estómago lleno de todo eso”, concluye. Paterson moriría a las pocas semanas de escribir ese testimonio, el 1 de noviembre de 1914.
Su relato es uno entre cientos de miles que se pueden consultar desde cualquier punto del planeta a través de la página web de los Archivos Nacionales británicos. No son en sí mismos una primicia: estaban desde hace más de 50 años a disposición del público y de los historiadores en el Imperial War Museum de Londres. La novedad es que ahora, con la ayuda durante meses de un puñado de voluntarios, los Archivos Nacionales han escaneado y colgado en la Red 300.000 páginas de documentos como ese, que suponen solo una quinta parte del material disponible y que van a ir poniéndose a disposición de los internautas en los próximos meses. La meta es que a final de año estén digitalizadas la totalidad de los 1,5 millones de páginas que conforman el fondo documental.
Colgar esos cientos de miles de documentos en Internet forma parte de las conmemoraciones por el centenario de la I Guerra Mundial, que en Reino Unido tienen una especial importancia.
Los archivos colgados no son cartas de los reclutas a sus familias o sus amigos. Son los relatos de los oficiales en el campo de batalla, “a veces fascinantes, a veces horripilantes”, los diarios de la guerra en el frente occidental, en Francia y Bélgica. El retrato del día a día de una guerra que se pensaba que iba a ser corta y definitiva y que fue larga, cruel y transitoria: tan solo el pórtico de la II Guerra Mundial. Una guerra en la que murieron 16 millones de personas y otros 20 millones resultaron heridas. Quizás la última guerra de soldados, la última gran guerra de trincheras y bayonetas caladas en Europa. Luego llegaría la aviación, las bombas teledirigidas, los misiles, los drones. Y con el avance de la técnica, las víctimas colaterales: los civiles muertos por error o como escudos humanos.
Los archivos están a disposición del planeta. Basta con ser capaz de superar el entramado de registros, tutoriales y aprendizajes varios que conforman el alma de los Archivos Nacionales británicos y disponer además de una conexión de banda ancha para navegar por los archivos. Pero su consulta no es gratuita: aunque la página web de los archivos no menciona cantidades y solo explica que el acceso a alguno de los documentos puede ser de pago, los medios británicos afirman que cuesta en torno a cuatro euros consultar un solo documento. Aunque se entiende que cada archivo tiene una media de 150 páginas.
En esta primera entrega se han colgado un total de 1.944 documentos digitalizados que cubren desde los primeros días de la guerra, como la primera batalla del Marne en la que el capitán Paterson describía el horror de la guerra de trincheras, hasta el final de la confrontación en junio de 1919. No todo son trágicos relatos de sangre, barro y muerte. Hay también detalles de encuentros deportivos y hasta de cenas de despedida al final de la guerra.
En opinión de William Spencer, escritor y especialista en documentos militares de los Archivos Nacionales, colgar esos diarios en Internet “permite a gente de todo el mundo descubrir por sí mismos las actividades diarias, historias y batallas de cada unidad”. Se trata, sostiene, de “un gran avance” tanto en la forma de distribuir información como en la manera de entenderla. “Es interesante porque es una forma de humanizar algo que es en sí mismo inhumano”, sostiene.
Spencer ha explicado que los documentos, que en muchos casos llevaban 45 años metidos en sus cajas, han sido digitalizados con la ayuda de 25 voluntarios que han trabajado de forma gratuita durante meses.
Ahora, los Archivos Nacionales han lanzado un llamamiento buscando voluntarios para leer esos cientos de miles de páginas y rastrear e introducir las etiquetas, los tags que permitirán a millones de personas realizar búsquedas más precisas entre cientos de miles de páginas y desmenuzar de verdad cómo esos oficiales vieron y describieron la I Guerra Mundial. “Operación Diario de Guerra: ¡Tu país te necesita!”, proclama el blog de los archivos. “El objetivo es abrir la información que ahora mismo está encerrada en los diarios de guerra y estamos buscando voluntarios que quieran etiquetar cualquier dato que encuentren, desde una persona a un lugar o una actividad”, proclaman.
“No necesitas saber nada sobre los diarios para poder participar aunque si eres bueno leyendo textos escritos a mano puede ser una ventaja”, ironiza el llamamiento de los Archivos, que han puesto en la web un tutorial de 10 minutos explicando paso a paso a los posibles voluntarios qué tendrían que hacer y cómo. El objetivo no es otro que crear una herramienta para que público, historiadores y familiares de los soldados que participaron en aquella guerra puedan saber qué pasó, día a día, en el frente occidental.
“Todos los setos están rotos y pisoteados, toda la hierba está pisoteada de barro, agujeros allí donde han estallado los proyectiles, ramas separadas de su tronco por las explosiones. En todas partes las mismas señales terribles, sombrías y despiadadas de la batalla y de la guerra. Ya tengo el estómago lleno de todo eso”, concluye. Paterson moriría a las pocas semanas de escribir ese testimonio, el 1 de noviembre de 1914.
Su relato es uno entre cientos de miles que se pueden consultar desde cualquier punto del planeta a través de la página web de los Archivos Nacionales británicos. No son en sí mismos una primicia: estaban desde hace más de 50 años a disposición del público y de los historiadores en el Imperial War Museum de Londres. La novedad es que ahora, con la ayuda durante meses de un puñado de voluntarios, los Archivos Nacionales han escaneado y colgado en la Red 300.000 páginas de documentos como ese, que suponen solo una quinta parte del material disponible y que van a ir poniéndose a disposición de los internautas en los próximos meses. La meta es que a final de año estén digitalizadas la totalidad de los 1,5 millones de páginas que conforman el fondo documental.
Colgar esos cientos de miles de documentos en Internet forma parte de las conmemoraciones por el centenario de la I Guerra Mundial, que en Reino Unido tienen una especial importancia.
Los archivos colgados no son cartas de los reclutas a sus familias o sus amigos. Son los relatos de los oficiales en el campo de batalla, “a veces fascinantes, a veces horripilantes”, los diarios de la guerra en el frente occidental, en Francia y Bélgica. El retrato del día a día de una guerra que se pensaba que iba a ser corta y definitiva y que fue larga, cruel y transitoria: tan solo el pórtico de la II Guerra Mundial. Una guerra en la que murieron 16 millones de personas y otros 20 millones resultaron heridas. Quizás la última guerra de soldados, la última gran guerra de trincheras y bayonetas caladas en Europa. Luego llegaría la aviación, las bombas teledirigidas, los misiles, los drones. Y con el avance de la técnica, las víctimas colaterales: los civiles muertos por error o como escudos humanos.
Los archivos están a disposición del planeta. Basta con ser capaz de superar el entramado de registros, tutoriales y aprendizajes varios que conforman el alma de los Archivos Nacionales británicos y disponer además de una conexión de banda ancha para navegar por los archivos. Pero su consulta no es gratuita: aunque la página web de los archivos no menciona cantidades y solo explica que el acceso a alguno de los documentos puede ser de pago, los medios británicos afirman que cuesta en torno a cuatro euros consultar un solo documento. Aunque se entiende que cada archivo tiene una media de 150 páginas.
En esta primera entrega se han colgado un total de 1.944 documentos digitalizados que cubren desde los primeros días de la guerra, como la primera batalla del Marne en la que el capitán Paterson describía el horror de la guerra de trincheras, hasta el final de la confrontación en junio de 1919. No todo son trágicos relatos de sangre, barro y muerte. Hay también detalles de encuentros deportivos y hasta de cenas de despedida al final de la guerra.
En opinión de William Spencer, escritor y especialista en documentos militares de los Archivos Nacionales, colgar esos diarios en Internet “permite a gente de todo el mundo descubrir por sí mismos las actividades diarias, historias y batallas de cada unidad”. Se trata, sostiene, de “un gran avance” tanto en la forma de distribuir información como en la manera de entenderla. “Es interesante porque es una forma de humanizar algo que es en sí mismo inhumano”, sostiene.
Spencer ha explicado que los documentos, que en muchos casos llevaban 45 años metidos en sus cajas, han sido digitalizados con la ayuda de 25 voluntarios que han trabajado de forma gratuita durante meses.
Ahora, los Archivos Nacionales han lanzado un llamamiento buscando voluntarios para leer esos cientos de miles de páginas y rastrear e introducir las etiquetas, los tags que permitirán a millones de personas realizar búsquedas más precisas entre cientos de miles de páginas y desmenuzar de verdad cómo esos oficiales vieron y describieron la I Guerra Mundial. “Operación Diario de Guerra: ¡Tu país te necesita!”, proclama el blog de los archivos. “El objetivo es abrir la información que ahora mismo está encerrada en los diarios de guerra y estamos buscando voluntarios que quieran etiquetar cualquier dato que encuentren, desde una persona a un lugar o una actividad”, proclaman.
“No necesitas saber nada sobre los diarios para poder participar aunque si eres bueno leyendo textos escritos a mano puede ser una ventaja”, ironiza el llamamiento de los Archivos, que han puesto en la web un tutorial de 10 minutos explicando paso a paso a los posibles voluntarios qué tendrían que hacer y cómo. El objetivo no es otro que crear una herramienta para que público, historiadores y familiares de los soldados que participaron en aquella guerra puedan saber qué pasó, día a día, en el frente occidental.
La guerra en las aulas
Seis profesores de Historia nos cuentan cómo se estudia la Primera Guerra Mundial en las escuelas europeas
Fotograma de la película 'Senderos de gloria' de Stanley Kubrick
Francia
Si bien la Primera Guerra Mundial es objeto ocasional de enfoques literarios o artísticos, el momento privilegiado para estudiarla es la clase de historia. Un alumno francés se enfrenta en tres ocasiones a lo largo de su escolaridad a las trincheras embarradas y los ataques mortíferos. Desde su último curso de primaria hasta su clase de Première (segundo de bachillerato) en el liceo, pasando por la etapa intermedia del collège, tiene tres cursos en los que estudia la Gran Guerra ampliando el contenido pero de acuerdo con una misma pauta. En las cuatro o cinco horas que está previsto que dedique un profesor de historia de secundaria al conflicto, la selección de problemas que hacen los planes de estudios nacionales no busca un conocimiento profundo de la guerra y sus desafíos, sino que incita a los enseñantes a concentrarse en ciertos aspectos en detrimento de una comprensión global de la guerra, que queda a merced de las decisiones vinculadas a las últimas evoluciones de la historiografía. Una vez abordadas a toda prisa las fases militares, la violencia de masas se convierte en el telón de fondo y el principal eje de trabajo. Así, desde la batalla de Verdún, símbolo de la guerra de trincheras y de un grado de violencia hasta entonces desconocido, hasta el estudio de la experiencia de combate, el profesor debe encauzar los temas de manera que permitan comprender el fenómeno de la movilización total de las sociedades en guerra.En realidad, la guerra no se estudia como el resultado de las tensiones internacionales, las rivalidades entre potencias europeas ni la construcción de alianzas, sino solo desde el punto de vista del sufrimiento y como expresión de una dimensión bélica nueva que implica no solo la participación de ejércitos inmensos, Estados e industrias, sino también de la población civil. El sufrimiento de los combatientes en los campos de batalla -reducidos a los del enfrentamiento franco-alemán-, el sufrimiento de la población civil en la retaguardia o las matanzas como el genocidio armenio. La Primera Guerra Mundial no se enseña como tal. Los traumas del frente, los de las sociedades en guerra y la violencia genocida anuncian el estudio de la Segunda Guerra Mundial, como en un intento de hacer comprender mejor que la primera es el punto de partida de un camino que lleva hasta la cima de la violencia de masas alcanzada en la segunda.
Iannis Roder, profesor de Historia de secundaria en Saint-Denis (París). Entrevista realizada por Le Monde
España
En la pantalla, el coronel francés sopla el silbato con todas sus fuerzas, pistola en mano, para que sus soldados salgan de la trinchera en un ataque suicida para tomar una posición clave del ejército enemigo, el alemán. La ofensiva, imposible desde el principio, acaba siendo un fracaso y el mando decide juzgar y condenar a muerte a varios hombres por cobardía para dar un escarmiento. La profesora de Historia Pepa Chico Pajares suele poner a sus alumnos la película ‘Senderos de Gloria’ --dirigida en 1957 por Stanley Kubrick y protagonizada por Kirk Douglas—cuando llega la hora de explicar la Primera Guerra Mundial, pues muestra muy bien, cuenta, cómo fue aquella guerra de trincheras en las que se luchaba metro a metro, o la presión de la opinión pública francesa sobre las decisiones del Ejército. Al principio, los chavales refunfuñan un poco al ver que la película es en blanco y negro, “hasta que se enganchan” y al final acaban metiéndose en la historia, explica esta docente que lo es desde hace más de 30 años; ahora, en el instituto Atenea de San Sebastián de los Reyes, una localidad cercana a Madrid.En España, la Gran Guerra se enseña a todos los alumnos en el último curso de la escuela obligatoria, cuarto de ESO, a los 15 años, dentro de la asignatura de Ciencias Sociales, que se imparte tres veces a la semana. Dentro de un amplísimo temario que empieza con la caída del Antiguo Régimen y la Revolución francesa y termina en la actualidad, en algunos libros de texto la Primera Guerra Mundial no está incluida como tema aparte, sino junto al Imperialismo europeo de finales del siglo XIX. “Es poquito”, dice la profesora. Pero más que por el hecho de que España no participase en la Primera Guerra Mundial, lo achaca a la cantidad de temas que hay que impartir: “Antes, se llegaba hasta la Segunda Guerra Mundial y poco más; ahora se da la guerra fría, la caída del muro de Berlín, y se llega hasta nuestros días”.
En su caso, le suele dedicar cuatro sesiones (las clases duran entre 50 y 55 minutos), divididas entre las causas de la guerra, el desarrollo y las consecuencias, además del día que les pone ‘Senderos de Gloria’ o, algunos años, un documental sobre la guerra de trincheras, tras el cual los estudiantes deben hacer un resumen de la película y relacionarlo con el contexto histórico. Naturalmente, la limitación de tiempo obliga a condensar y a elegir –“por ejemplo, damos el Tratado de Versalles y ninguno de los otros que se firmaron al final de la guerra”--, pero Chico cree que sí se da con profundidad. “A mí el tema me encanta, y a los chavales también, es uno de los temas estrellas, con la Segunda Guerra Mundial”. ¿Por qué? “Porque, aunque son chicos del siglo XXI, el siglo XX les resulta, claro, más cercano. Además está en el imaginario de todos por las películas…”.
Pepa Chico ya empieza a anunciar la guerra cuando está explicando poco antes la expansión colonial europea –“Todo esto que está ocurriendo ahora va a estallar a después…”, les advierte”—y añade, por supuesto, el punto de vista propio: España, un país pobre y políticamente aislado, ajeno además a los intereses coloniales que se disputaban, no participó. Además, a las consecuencias políticas le suele añadir las sociales. Por ejemplo, la incorporación masiva de la mujer al trabajo. “Durante la contienda, con todos los hombres en la guerra, las mujeres empezaron a ocupar muchos puestos de trabajo. Y, cuando terminó, no solo quisieron seguir trabajando, sino que retomaron otras reivindicaciones de derechos como el del voto”.
La Primera Guerra Mundial se vuelve a enseñar después de la enseñanza obligatoria, en primero de bachillerato. Esta vez, con más profundidad en la asignatura de Historia del Mundo Contemporáneo, pero solo a una parte de los alumnos, pues algunos ya se han separado para estudiar Formación Profesional y la materia solo se imparte a aquellos que eligen la rama de bachiller de Humanidades y Ciencias Sociales (hay otra de Artes y otra más de Ciencias y Tecnología).
Pepa Chico Pajares, profesora de Historia en San Sebastián de los Reyes (Madrid). Por Juan Antonio Aunión (EL PAÍS)
Reino Unido
En realidad, la Primera Guerra Mundial no se enseña en los colegios británicos. Casi todos los escolares estudian la guerra de 1914-1918, pero más bien como una guerra entre dos países, Gran Bretaña y Alemania. Lo que aprenden se puede resumir en una palabra: trincheras.¿Qué suele quedar fuera? Los serbios y los austriacos no obtienen más que una mención al principio, al hablar de que el asesinato del archiduque austriaco Franz Ferdinand a manos del terrorista serbio Gavrilo Princip desencadenó en el verano de 1914 lo que ahora llamamos Primera Guerra Mundial. También es frecuente que se traten muy por encima los tres años de guerra en el Frente Oriental, Rusia contra Alemania y Austria, igual que los tres años que combatieron los italianos en el bando aliado. Los adolescentes británicos, en general, no sabrían decir nunca por qué se llama “Primera Guerra Mundial” a la guerra de 1914-1918. No se les dice nada de las campañas que hicieron que fuera mundial: la guerra en el mar, que en ocasiones llegó mucho más allá de Europa, y las campañas terrestres en Oriente Próximo, África y el Extremo Oriente.
En la mayoría de los colegios británicos, los profesores de historia se centran sobre todo en los aspectos de la guerra en los que la participación británica tuvo más importancia. Ese sesgo nacional hace que la Batalla del Somme (1916), dominada por los británicos, reciba una atención axhaustiva, mientras que la Batalla de Verdún (también 1916), igual de importante pero dominada por los franceses, se queda a menudo fuera del programa. La Primera Guerra Mundial, para los británicos que recuerdan sus clases de historia del bachillerato, significa barro, alambradas y ametralladoras en las trincheras del Frente Occidental.
¿Por qué? Porque esa fue la experiencia de combate de la mayoría de los soldados británicos, la experiencia bélica que se ha transmitido a la cultura nacional.
Desde hace 30 años, a los escolares británicos se les pide que se fijen en las fuentes como parte de su educación sobre la Primera Guerra Mundial, igual que con cualquier otro aspecto de la historia. Dichas fuentes suelen ser una confusa mezcla de análisis de episodios de la guerra hechos por historiadores especializados y extractos de una carta del soldado Bloggins en la que describe, por ejemplo, el horror de las trincheras. Lo bueno es que anima a nuestros jóvenes a hacerse preguntas sobre lo que ocurrió y a desarrollar sus propias opiniones.
El debate más común en nuestra visión anglocéntrica de la guerra es: “¿Fue el mariscal Douglas Haig un ‘asno?” En otras palabras, ¿Es un retrato acertado de Haig el que encarna Geoffrey Palmer en la serie Black Adder, un vejestorio que pasa el tiempo aniquilando soldados de juguete en la mesa del cuartel general a cientos de kilómetros del frente? Seguro que el viejo mariscal se revuelve en su tumba cada vez que unos chicos de 14 años se dedican a pontificar, y además el debate refleja el viejo mito de que los soldados británicos de la guerra del 14 fueron “leones dirigidos por asnos”, es decir, que el valiente soldado de a pie tuvo la mala suerte de que estuvieran al mando unos ricachones borrachos de coñac. En parte es verdad, desde luego, pero se trata de un estereotipo simplista y perezoso que resulta fácil de enseñar y de transmitir de generación en generación.
Ahora que nos disponemos a conmemorar el centenario del estallido de la Primera Guerra Mundial, espero que en Gran bretaña nos enteremos por fin de que fue una auténtica guerra mundial, en la que el Reino Unido no fue más que uno más de muchos beligerantes.
Por Jonathan Lisher es profesor de Historia británico. Entrevista realizada por The Guardian
Alemania
Como es natural, en cada tema de la clase de historia se plantea la cuestión de qué se puede hacer para despertar el interés de los alumnos y de si un acontecimiento no es algo demasiado abstracto para los jóvenes de hoy día.En lo que se refiere a la Primera Guerra Mundial, puedo constatar que existe interés por las consecuencias concretas de la guerra para las personas, por ejemplo, cuando se trata de la muerte mecanizada. En este contexto, en mi instituto de Ingolstadt se ofrece también la visita al Museo del Ejército de Baviera. Allí, la exposición permanente muestra la vida diaria en el frente o las privaciones de las familias en casa, lo cual en general suele ser más que suficiente para acercar el tema a los jóvenes. En el museo hay reproducciones de trincheras y se puede sentir el peso de las mochilas; si la visita guiada no se recrea demasiado en los detalles, los chicos se llevan impresiones importantes.
Pero no todas las escuelas tienen la fortuna de disponer de un museo así en su ciudad, si bien numerosos profesores vienen de fuera con sus clases. Por añadidura, la enseñanza resulta considerablemente más ardua cuando se trata de los aspectos abstractos de la guerra mundial.
Para empezar, en la asignatura de historia el tema de la Primera Guerra Mundial es uno entre tantos. En el segundo curso de secundaria se prevé dedicar 15 horas al imperialismo y la Primera Guerra Mundial en conjunto. Por lo general, los profesores de historia de los institutos de Baviera dedican, como mínimo, más o menos la mitad de las horas a la Primera Guerra Mundial. Considerado en el conjunto de la escolarización, recientemente el tema incluso se ha reducido: a diferencia de lo que ocurría en otros planes de estudio anteriores, en el nuevo plan para el bachillerato la Primera Guerra Mundial, por regla general, ya no se trata a fondo en ningún caso, a no ser que un alumno se matricule en un seminario especializado sobre el tema. De hecho, en secundaria la Segunda Guerra Mundial tampoco se estudia mucho más extensamente.
Por otra parte, el conjunto de temas en torno al nacionalsocialismo aún aparece dos veces en la trayectoria del bachillerato hacia la selectividad, que es cuando se trata de forma explícita el hundimiento de la República de Weimar y la toma del poder por los nazis, así como la persecución y la aniquilación de los judíos en el Tercer Reich.
En general, el plan de estudios de historia no está definido muy en detalle, lo cual afecta a la previsión exacta de horas que se emplearán para cada tema. Por ejemplo, para la Primera Guerra Mundial se enumeran bloques de temas definidos a grandes rasgos, como la “nueva dimensión de la guerra: guerra de trincheras, lucha por los equipamientos y consecuencias para la población civil”. De este modo, se delega en el profesorado la decisión de a qué aspecto preciso de un tema se otorga más importancia en clase, y también, en qué medida se tratará con más detalle, por ejemplo, lo que ocurría en el frente.
Es interesante que el único contenido básico relacionado con la Primera Guerra Mundial que se debe estudiar obligatoriamente en segundo de secundaria sea el Tratado de Versalles. Si se tiene en cuenta que, por ejemplo, la Bula de Oro de 1356 es un tema básico, pero la Primera Guerra Mundial no, hay motivo para sorprenderse.
En particular, muchos alumnos y alumnas no tienen completa conciencia de la ruptura que supusieron la creación de Estados Unidos y la Revolución de Octubre en Rusia para la historia mundial. Hay que tener en cuenta que son estudiantes de segundo de secundaria, es decir, que la mayoría tiene 14 años. Por supuesto, también se puede examinar estrictamente sobre datos, pero que además los jóvenes lleguen a entender es un reto mucho más complicado. En este punto se echa a faltar igualmente el tiempo para explicar estos temas en profundidad. Y, en conjunto, se puede afirmar con seguridad que, sobre todo cuando se trata el nacionalsocialismo, se despierta en los jóvenes un interés considerablemente mayor que cuando se trata la Primera Guerra Mundial.
Fritz Schäffer, profesor de Historia y Ciencias Sociales en Ingolstadt (Alta Baviera). Entrevista realizada por Johann Osel (Süddeutsche Zeitung)
Italia
La guerra en las escuelas italianas
En Italia, la Primera Guerra Mundial se estudia en el último curso de la etapa intermedia y el último curso de bachillerato; se dedica un espacio importante al tema en el programa. Cada profesor es libre de adoptar los métodos y escoger los instrumentos que le parezcan más eficaces.Hablar: no existe otro método mejor para explicar a los jóvenes la Primera Guerra Mundial. Hay que explicar que el odio se construye, que los sentimientos humanos que facilitan la guerra se pueden “fabricar”. Y que, por consiguiente, es necesario comprender quién estaba interesado, y por qué, en construir ese odio. Eso quiere decir hacerse preguntas sobre las causas económicas, políticas, sociales y culturales del conflicto; sobre el papel de la propaganda, por ejemplo; o, en Italia, sobre el intervencionismo de la mayor parte de los intelectuales. Y es necesario también abordar la guerra de forma empírica, como un acontecimiento con su cronología, sus datos, sus vicisitudes, e insertar todo ello en el complejo contexto italiano e internacional de la época; es decir, relacionar la Gran Guerra, por ejemplo, con las guerras balcánicas de 1912 y 1913 y con las crisis marroquíes de 1905 y 1911.
Soy profesor de titular desde hace 18 años y soy defensor de la lección tradicional, aunque no tengo prejuicios en contra de otras formas de gestión de la clase. Creo que el aula debe seguir siendo el motor de cualquier razonamiento: es en ella donde nos encontramos como conciencias cuando el enseñante habla o lee y cuando escucha las reflexiones, las dudas y las peticiones de profundizar de los alumnos. Es en el aula donde el profesor puede vincular el pasado con el presente, y existen muchos aspectos en los que esto es aplicable a la Primera Guerra Mundial.
La asociación más inmediata que se establece es con la guerra de Yugoslavia en los años noventa. Después hablo del clima de desconfianza democrática que existía hace un siglo en Italia y Europa, la convicción de que los partidos eran malos para la nación y el individuo podía marcar “la diferencia”, el culto a las personalidades fuertes derivado del Romanticismo y que tendría notables consecuencias en los años sucesivos, las tensiones étnicas. Otorgo mucha importancia a la dimensión cultural de la guerra. Apasiona la posibilidad de desenmascarar los discursos mentirosos, los populismos, los sofismas de la política, la economía y la cultura. Hablar de la primera parte del siglo XX y, por tanto, de la Primera Guerra Mundial, significa reflexionar sobre los orígenes de la sociedad de masas, con sus instituciones, su léxico político, sus tensiones: por primera vez intervienen en la guerra ejércitos, partidos, movimientos, aparatos de Estado. Y es en la escuela, en el estudio, donde lo que sucedió hace cien años puede permanecer vivo y lleno de sentido.
Roberto Sandrucci, profesor de Historia y Filosofía, en el Liceo científico Newton, Roma. Entrevista realizada por Flavia Amabile (La Stampa)
Polonia
El siglo XX comienza en el verano de 1914
Me temo que mis alumnos no van a aprender nada nuevo sobre las acciones bélicas del Ejército polaco durante la I Guerra Mundial. Pero tengo la esperanza de que comprenderán por qué se le da el nombre de la Gran Guerra. Y que recordarán lo que hay detrás de las palabras “Sin novedad en el frente”.Una ventaja de dar clase de historia del siglo XX con un grupo de estudiantes que no tiene que pasar la selectividad es que nos libramos de los requisitos y limitaciones de ese examen. El inconveniente es que no me dedico tanto a enseñar historia como a darla a conocer a los chicos. Debo seleccionar un tipo específico de narración, y propongo uno en el que la Primera Guerra Mundial supone uno de los puntos de inflexión.
Así que doy clase sobre una guerra que, a finales del siglo XIX, esperaba y deseaba una parte significativa de la opinión pública europea, pero que nadie en realidad imaginaba. Leemos textos sobre la burguesía de la época del modernismo, que vivía de la idea de una guerra imaginada y de un orgullo imaginado, y los cotejamos con los fragmentos de descripciones y memorias de las trincheras del frente occidental o con las imágenes de Otto Dix. Los recuerdos de Bertrand Russell, los fragmentos del Doctor Fausto o la descripción de Steiner del “imaginado jardín de la cultura liberal” permiten mostrar la narración modernista del siglo XIX como una época de progreso y crisis al mismo tiempo. La gran guerra marca el momento en el que dicha narración se desploma y a partir del cual se vuelve ya imposible de sostener.
Si recurro a un manual de algún tipo es al trabajo de Enzo Traverso La violencia nazi, una genealogía europea. Traverso introduce el concepto de “ejército al estilo Ford”, mostrando cómo funciona la guerra moderna y su organización, su administración, el aprovechamiento de la tecnología y el anonimato de la muerte masiva como un equivalente de la fábrica. En dicha concepción, la Primera Guerra Mundial se convierte en una de las claves tanto para el problema de los orígenes del fascismo como para la comprensión de la Segunda Guerra Mundial.
Polonia fue uno de los países que consiguieron la independencia como resultado de la guerra. Por eso, cuando se habla de la gran guerra, no se hace en categorías de catástrofe, sino como de un acontecimiento magnífico que (gracias al saber hacer conjunto de los dirigentes socialistas y nacionales) permitió la reconstrucción del Estado polaco tras 123 años de ocupación extranjera.
En mi escuela, el tercer curso empieza siempre con una excursión a Sarajevo; los estudiantes, tanto chicas como chicos, se cuentan unos a otros las complicaciones de la política internacional del periodo histórico situado a caballo entre finales del siglo XIX y principios del XX. El viaje a los Balcanes permite asimismo la discusión sobre el nacionalismo de los países sin Estado, un tema importante también para Polonia.
En el caso de la enseñanza de la revolución rusa, destacamos la importancia de lo completamente imprevisto de su carácter. Tenemos que ser conscientes de que en 1916 ni siquiera Lenin estaba preparado para lo que iba a ocurrir a continuación. Ello nos permite distanciarnos de cualquier intento de previsión histórica.
La gran guerra es además un punto de inflexión en la historia de la emancipación femenina. Como resultado de la presión ejercida por las sufragistas, Polonia introdujo el derecho al voto para las mujeres ya en 1918. El reconocimiento de los derechos políticos de las ciudadanas polacas fue uno de los éxitos políticos que fueron silenciados en el año 2008, durante los festejos oficiales del centenario de la recuperación de la independencia. Este hecho permite unir la narración sobre la lucha durante el siglo XIX por los derechos femeninos a una reflexión sobre los problemas polacos actuales relativos a la igualdad entre los sexos.
Para mis estudiantes de tercer curso, el siglo XX empieza ya en el verano de 1914, porque la Primera Guerra Mundial constituye los últimos compases del siglo XIX, así como el preludio del último siglo. Es uno de los temas desde cuya perspectiva la autocomplacencia de la cultura europea resulta insoportable, y el postulado de la provincialización de Europa se vuelve evidente y comprensible.
Anna Dzierzgowska, profesora de Historia en el Liceo Multicultural de Humanidades Jacek Kuroń de Varsovia
Europa conmemora el centenario de la primera Guerra Mundial
Francia, con su Mission du Centenaire, acogerá celebraciones nacionales y mundiales
El rechazo a la guerra está consagrado en el artículo 11 de la Constitución italiana
Reino Unido conmemorará grandes batallas como la de Somme
Campos de batalla como escenario en el aniversario de la Gran Guerra en Alemania
Fotografía facilitada por la Biblioteca Histórica de la Villa de París (BHVP) bajo el título "Edgar Quinet Boulevard. Los niños sólo saben de juegos de guerra. Son futuros soldados esperando al enemigo" tomada en el mes de abril de 1915 por el fotógrafo francés Charles Lansiaux (1855-1939) en París (Francia) durante la Primera Guerra Mundial. / CHARLES LANSIAUX / BHVP / ROGER (EFE)
Francia, centro de dos conmemoraciones
Francia fue el principal campo de batalla de la Primera Guerra Mundial. Fue la encrucijada sangrienta en la que se enfrentaron docenas de países. Con 1,7 millones de muertos y 4,6 millones de heridos, fue la que proporcionalmente más la sufrió en sus carnes después de Serbia. Estos dos aspectos explican que, cien años después de la guerra de 1914, Francia esté en el centro de dos conmemoraciones.
Francia acogerá en su suelo a miles de descendientes de los combatientes durante la primera Guerra Mundial
Porque casi cada francés posee, en su memoria o en su desván, en sus mitos familiares o en sus recuerdos escolares, una imagen de la Gran Guerra. Con la desaparición de los últimos testigos vivos de la catástrofe, esas imágenes se instalan, cien años después, en el primer plano del relato nacional sobre la Primera Guerra Mundial. El lazo que une a cada familia con la prueba más terrible que ha sufrido jamás la existencia de Francia como nación está simbolizado en la página web de acceso libre creada por el ministerio responsable de los veteranos de guerra, en la que figuran los expedientes individuales de todos los soldados "muertos por Francia".
La segunda conmemoración es de ámbito mundial. Francia acogerá en su suelo a miles de descendientes de los combatientes, llegados de todos los países beligerantes, que también conmemorarán su suerte y sus sufrimientos de sus respectivos soldados. 31 de ellos, procedentes de Albania y Yemen, organizarán los actos gracias a la financiación de la Mission du Centenaire. Cien años después, los retos políticos, los intereses económicos y las divisiones nacionales, religiosas y étnicas que empujaron a los pueblos de Europa y, de rebote, a los de todo el mundo, a enfrentarse entre sí, parecen olvidadas o, al menos, mitigadas en comparación con la catastrófica dimensión de sus consecuencias.
Las disputas historiográficas —sobre las responsabilidades de la guerra, la capacidad de los hombres y las sociedades para encajar una violencia de tal dimensión, las consecuencias de la guerra y la paz de Versalles, las conmociones sociales, la gloria y los errores de los generales— parecen también más apaciguadas.
Por supuesto, todos los "hombres de buena voluntad" descorazonados por la gigantesca matanza, todos los dirigentes políticos en busca de un nuevo impulso para crear una verdadera Europa política unida, desean convertir esta conmemoración en una oda a la Paz. También en 1918 la Europa exangüe estaba convencida de haber aprendido la lección de la guerra que iba a acabar con todas las guerras... Pero la paz, ayer y hoy, es un combate.
POR: Antoine Reverchon (Le Monde)
Italia conmemora con actividades didácticas y de investigación
Como las palabras tienen un sentido y un peso determinados Italia, cuyo rechazo a la guerra está consagrado en el artículo 11 de la Constitución, no celebra la primera Guerra Mundial, sino que la conmemora. Es decir, se propone recoger las consecuencias de esta experiencia histórica y sus repercusiones en las vidas, la cultura, el desarrollo de las instituciones y la memoria colectiva y aprovechar las tecnologías informáticas para conservarlas, con el fin de que quienes vengan detrás de nosotros, en el futuro, puedan disponer de esa memoria. En resumen, todo muy científico, todo útil para el gran público, y nada que sea efímero.La Presidencia del Consejo ha confiado el programa de conmemoraciones a un comité interministerial encabezado por el subsecretario Giovanni Legnini, que se apoya en una comisión de historiadores y científicos y una unidad operativa encargada de trasladar a la práctica las instrucciones recibidas y armonizar las actividades promovidas por las distintas entidades involucradas.
El inicio de las conmemoraciones será común a todos los países que intervinieron en el conflicto, y se producirá el próximo mes de junio en Sarajevo, donde comenzó la guerra. Después, el programa —perfilado pero todavía no definitivo, dado el largo tiempo en el que va a desarrollarse, 2014-2018— se dividirá en tres líneas principales. La primera consiste en una serie de conferencias con personajes que tienen iniciativas propias a propósito del centenario. Se trata de coordinar para evitar las superposiciones y la dispersión de recursos. Así, por ejemplo, se implicarán en un plan más general los ministerios de Defensa, Educación y Bienes Culturales, el Instituto de historia del Risorgimento, el Istituto Luce, el Archivo Central del Estado, la RAI, el Archivo Ligur de Escritura Popular, el Archivo de los recuerdos particulares de Pieve Santo Stefano, etcétera.
A continuación, de acuerdo con la segunda línea, se pondrán en marcha varias iniciativas destinadas a reunir los recuerdos del acontecimiento bélico y hacer que estén siempre disponibles: una labor de investigación, estudio, recolección de documentos escritos, visuales, sonoros y materiales, para que confluyan en un memorial virtual al alcance de los investigadores, las escuelas y los ciudadanos particulares.
En este sentido habrá cinco grandes proyectos: un plano de documentación fotográfica, el acondicionamiento de museos y la restauración de los 10 monumentos militares, entre ellos la Casa della terza armata, que permitirá un recorrido sensorial —visual, sonoro, táctil y hasta olfativo— por la realidad de la vida en el frente, la renovación del museo histórico del Arsenal de Venecia y, por último, un itinerario razonado por los lugares de la Gran Guerra, a lo largo de 1.500 kilómetros entre el monumento de Stelvio y el de Redipuglia.
Otra vía —la tercera— será la de la investigación científica e histórica, en colaboración con las universidades y los archivos. De estos estudios surgirán exposiciones y una colección de publicaciones específicas. Habrá también una serie de iniciativas de las regiones que fueron escenarios del conflicto: Véneto, Lombardía, Friuli y Trentino.
Asimismo, la cadena RAI Storia elaborará una programación de memoria y enseñanzas para las escuelas. Todo el proceso culminará con una película que ya se está rodando —con el título provisional de 14-18— , escrita y dirigida por Ermanno Olmi y que se presentará en el Festival de Venecia.
POR: Raffaello Masci (La Stampa)
60 millones de euros para la celebración en Gran Bretaña
En los últimos meses, a medida que se aproximaba el centenario de la primera Guerra Mundial, se han multiplicado en el Reino Unido las preocupaciones por la complejidad que caracteriza al conflicto de 1914-1918. ¿Cuál es el relato histórico que debe servir de guía —si es que debe— a los planes oficiales? ¿El gobierno tiene intención de glorificar las guerras contemporáneas? ¿La corrección política y el deseo de no ofender a los europeos actuales pueden hacer que se olviden los triunfos militares británicos?Lo más importante de todo: ¿le interesa a la población qué estamos conmemorando?
"A la gente le interesa mucho la guerra, pese a que sabe poco de ella y, en algunos casos, la confunde o la mezcla con los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial", dice Sunder Katwala, de British Future, un think-tank que ha hecho encuestas y ha organizado seminarios en todo el país para evaluar los sentimientos sobre el conflicto. "Lo que saben es que había trincheras y barro, y que Alemania estaba en el otro bando. También es muy famosa la tregua de Navidad. Pero en general no conocen los detalles históricos, y da la impresión de que hace falta cierta ayuda para entenderlos”.
Mientras tanto, el gobierno, impertérrito, sigue adelante con sus planes para la conmemoración, que tendrán un presupuesto de unos 50 millones de libras (60 millones de euros), una cantidad nada insignificante en un país que sigue atrapado en unos planes de austeridad económica a largo plazo.
En su mayoría, la clase política británica está de acuerdo en que la conmemoración debe servir para hacer una reflexión seria, si bien ha habido alguna escaramuza después de que, el día de año nuevo, el ministro de Educación, Michael Gove, hiciera hincapié en que el conflicto fue una "guerra justa" para defenderse de la agresión alemana y que "los intelectuales de izquierda" están "inventándose cuentos" sobre el papel de Gran Bretaña.
Los ejércitos que lucharon en la Primera Guerra Mundial, seguramente, se parecían más a la Gran Bretaña de 2014 que a la de 1914
Sunder Katwala, de British Future
Entre las conmemoraciones previstas están el centenario del primer día de la guerra, el 4 de agosto de 2014, el del comienzo de la Batalla del Somme, el 1 de julio de 2016, y otros actos para recordar las batallas de Jutlandia, Galípoli y Passchendaele y el día del Armisticio, en 2018.
Se está distribuyendo dinero entre cientos de grupos y comunidades que planean distintos actos, unos grandes y otros pequeños; por ejemplo, una subvención que permitirá que las ciudades hermanadas de Newark en Inglaterra y Emmendingen en Alemania reproduzcan el partido de fútbol de la Navidad de 1914 que reunió a las fuerzas enemigas que ocupaban las trincheras del Frente Occidentaen en una tregua extraoficial.
Otros beneficiarios de los fondos son, para su sorpresa, los pacifistas, que van a recibir 95.000 libras para llevar a cabo proyectos que den a conocer el papel que desempeñaron los más de 16.000 objetores de conciencia de la época. Otro programa, organizado por la Royal British Legion, animará a la gente y a los ayuntamientos a comprar semillas de amapolas de Flandes para plantarlas en sus tierras, en un intento de cubrir todo el Reino Unido con la flor asociada a la conmemoración de los muertos de guerra británicos.
No obstante, hay críticas contra todos estos planes, sobre todo procedentes de los activistas contra la guerra, que se han unido en una campaña llamada No Glory (Nada de gloria), con el apoyo de personajes famosos como los actores Jude Law y Alan Rickman y la poetisa laureada Carol Ann Duffy.
No Glory afirma que el gobierno promueve cada vez más el uso de las amapolas en la solapa para disimular la falta de apoyo a las guerras más recientes e impopulares, y le acusa de ignorar que la Primera Guerra Mundial fue un conflicto entre imperios y la cuna de la maquinaria de guerra moderna.
Las encuestas, al menos por ahora, indican que ese sentimiento no está muy extendido entre la gente. En la encuesta de British Future, ante la frase de que es preocupante que se haga una gran campaña para conmemorar la guerra, porque es superfluo y puede fomentar el conflicto y el nacionalismo, solo está de acuerdo el 19%, y más del 50% está en desacuerdo.
En realidad, según indican otras encuestas, algunos aspectos de la guerra pueden ser incluso elementos de unificación en la Gran Bretaña multicultural de hoy. Un elemento que se desprende de los sondeos es que la presencia de tropas de la Commonwealth es la única cosa que la gente joven sabe con tanta probabilidad como los ancianos, y las minorías con tanta probabilidad como los blancos.
"Los ejércitos que lucharon en la Primera Guerra Mundial, seguramente, se parecían más a la Gran Bretaña de 2014 que a la de 1914", dice Sunder Katwala, de British Future.
"Es una historia muy controvertida, que habla de unos hombres que lucharon por un imperio, y antes muchos se habrían resistido a llevarla a las aulas. Pero quizá hemos llegado a un punto en el que consideramos que es importante decir que, independientemente de lo que opine cada uno, esta es la historia de este país y es más compleja de lo creíamos".
POR: Ben Quinn (The Guardian)
Campos de batalla, escenarios de conmemoración en Alemania
El año conmemorativo 2014 sigue una llamativa concepción escénica: donde más intensamente se celebra es allí donde más sangrientos y duros fueron los combates entre 1914 y 1918 y donde no quedó nada salvo paisajes arrasados: en el norte de Francia y en Bélgica, sobre todo en Flandes.Los belgas conmemoran primero los 100 años del ataque alemán a las "ciudades mártires" y a sus habitantes, lugares que fueron destruidos premeditadamente por los alemanes, entre ellos Lovaina, cuya gran biblioteca fue consumida por el fuego en 1914. A todo esto hay que decir que Francia celebrará los actos solemnes junto a Bélgica y Gran Bretaña en una campaña conjunta bajo el lema: "Nunca más una guerra". Por el contrario, Alemania tiene dificultades con la coreografía del recuerdo. El presidente francés Francois Hollande se reunirá el 3 de agosto de 2014 en Alsacia con el presidente federal alemán Joachim Gauck en los antiguos campos de batalla donde se celebrarán numerosos actos oficiales.
Pero en la propia Alemania, la memoria de momento ha quedado atascada en la maraña de la burocracia. Es cierto que existe toda una plétora de exposiciones, proyectos y publicaciones. El Museo Histórico Alemán de Berlín dedicará una exposición especial a la Primera Guerra Mundial que se podrá contemplar del 5 de junio al 7 de diciembre de 2014. Pero todavía no hay ningún plan global organizado de eventos oficiales que se vayan a celebrar en la República Federal. Por lo que parece, en el Gobierno federal la planificación ha sido víctima del largo proceso de formación de la coalición. Ninguna instancia parece sentirse realmente responsable. Pero la situación cambiará pronto, o al menos eso dicen.
Por lo menos, la lentitud burocrática contrasta con el vivo interés de la opinión pública. Novedades editoriales sobre la historia de la preguerra ocupan los primeros puestos de las listas de libros más vendidos. En los periódicos y foros en Internet las reflexiones sobre la historia gozan de gran popularidad. Y un pequeño debate entre historiadores sobre la culpabilidad alemana en el estallido del conflicto y la confrontación histórico-política con la guerra a lo largo de un siglo también dejará huella.
POR: Joachim Káppner (Süddeutsche Zeitung)
Una sola patria para Europa
Cuando se cumplen cien años del cataclismo bélico que arrancó en 1914, una nueva generación
de historiadores sacude la antigua imagen de este conflicto bélico de la responsabilidad del mismo
Soldados británicos recibidos por civiles en Francia en 1914. / getty
“In Flanders fields the poppies blow / Between the crosses, row on row, /That mark our place; and in the sky / The larks, still bravely singing, fly /Scarce heard amid the guns below”.
(“En los campos de Flandes florecen las amapolas / entre las cruces que, una hilera tras otra, / marcan nuestra posición; y en el cielo / vuelan las alondras, todavía cantando valerosas, / sin que apenas se las oiga abajo entre la artillería”.)
In Flanders Fields es uno de los poemas más conocidos sobre la Primera Guerra Mundial, un canto transido de tristeza y obstinación. Pero también instaura un sentido, porque al final los muertos, dispuestos en “una hilera tras otra”, exhortan a los vivos a tomar la antorcha y proseguir la lucha: de lo contrario “no dormiremos aunque crezcan las amapolas / en los campos de Flandes”.
Estas líneas esbozan realmente bien el recuerdo inglés de ese incendio que asoló Europa entre 1914 y 1918; aunque, como es natural, los años heroicos de 1940 y 1941, cuando la Inglaterra de Winston Churchill se enfrentó en solitario al contundente poder del imperio nazi, están mucho más presentes. Ambas guerras mundiales aparecen como etapas de una misma lucha por la libertad y la democracia frente al enemigo que se opone a ellas: el imperio alemán. Así es como se presentan los vencedores, así quieren verse a sí mismos y al pasado, volviendo la vista atrás con la convicción de haber servido a una buena causa.
Sin embargo, Alemania fue la gran perdedora de la Primera Guerra Mundial. Fue derrotada y obligada a aceptar la humillante paz de Versalles de 1919, y tuvo que asumir la culpa de la guerra con todas sus consecuencias. En este país, después de la fractura del mundo civilizado que supuso la época nazi, después del Holocausto y de la guerra de exterminio, después de las tumbas de Oradour y Lidice, es natural que resulte mucho más difícil recordar guerras lejanas.
En este año conmemorativo de los acontecimientos de 1914, la República Federal de Alemania también se muestra muy discreta a nivel oficial, como pone de manifiesto el que, con el año ya comenzado, autores de éxitos de ventas, simposios de historiadores y grandes emisoras de radio y televisión de todo el mundo lleven meses tratando el tema de la guerra mundial, mientras que en el Gobierno federal, una mano no sabe a ciencia cierta lo que hace la otra ni tampoco se discierne qué es lo que se debe hacer realmente.
El verdadero significado que tiene actualmente la Primera Guerra Mundial, “esa catástrofe primigenia de Europa”, para la nación y su identidad es síntoma de una inseguridad que no se supera nunca. Es evidente que, ahora, a los políticos alemanes les resulta mucho más fácil conmemorar junto a los estadounidenses y los británicos el día D del año 1944, la fecha del desembarco aliado en Normandía que, dicho sea de paso, es el segundo gran acontecimiento que se conmemora en 2014 al cumplirse su 70º aniversario. Porque, afortunadamente, en ese caso los alemanes han encontrado su papel: como nación regenerada que comparte valores y alianzas con los enemigos y libertadores del pasado; un país que incluso envía conjuntamente con ellos soldados a misiones de paz para proteger aquellos ideales y libertades que pisotearon las botas militares de sus abuelos.
Pero con la Primera Guerra Mundial esto resulta mucho más difícil. No encaja con el modo de pensar a que estamos acostumbrados ni con los habituales debates políticos sobre la historia que aquí se viven con pasión y no pocas veces con fanatismo. Desde hace al menos un cuarto de siglo, apenas se plantea la cuestión de si hay que recordar o no los crímenes inconcebibles, cometidos por tantos alemanes en la época nazi; el interrogante es cómo hay que recordarlos. La propia posición al respecto se considera un modelo de moral antifascista y de aprendizaje de las lecciones de la historia, tal como atestiguan tristemente las interminables polémicas en torno a los monumentos conmemorativos. Imposible olvidar las voces cada vez más altisonantes que rechazaron el monumento al Holocausto en Berlín calificándolo de “descargadero de coronas”. Hoy en día es uno de los lugares consagrados a la memoria más impresionantes de la república.
Pero ¿y 1914? Una guerra de un horror inconcebible y, sin embargo, sin el odio de las ideologías. Hasta los ejércitos de Alemania, culpable de la guerra según el Tratado de Versalles y la teoría dominante durante mucho tiempo, se comportaron casi siempre con mucha más moderación que los hitlerianos. Podría incluso ser motivo de orgullo republicano el hecho de que en 1918 los trabajadores y los soldados se liberaran del yugo y pusieran fin a la guerra; pero el aprecio hacia los propios luchadores por la libertad nunca ha sido el punto fuerte del pensamiento histórico alemán.
La efímera República de Weimar arruinó desde el principio la cuestión del lugar histórico que ocupa la Primera Guerra Mundial. La joven democracia surgida de la guerra en 1918 era tan débil que permitió a sus enemigos una sensacional distorsión de la historia. Según la “leyenda de la puñalada por la espalda”, demócratas, socialistas y judíos dejaron en la estacada a las tropas combatientes. Esta tesis se convirtió en el arma propagandística más contundente de aquellos que habían empujado a la guerra, habían apostado insensatamente por la victoria y finalmente la habían perdido: los militares reunidos en torno a Ludendorff y Hindenburg, los nacionalistas alemanes y las antiguas élites políticas y económicas. La novela de Erich Maria Remarque Sin novedad en el frente, que fue un éxito en todo el mundo, describe cómo fue realmente la guerra. En ella, los soldados destacados en el frente “están embrutecidos de un modo extraño y melancólico”, vegetan entre “el fuego graneado, la desesperación y los burdeles de la tropa”, se envilecen hasta convertirse en “animales humanos” y al final les espera la muerte. En 1933 los nazis hicieron quemar el libro. Y después de 1945, de la Primera Guerra Mundial quedó solo una vaga imagen de horror y culpa.
Pero ahora, cuando se cumplen cien años del estallido de la guerra, una nueva generación de historiadores sacude la antigua imagen de este conflicto bélico y de la responsabilidad del mismo, sobre todo el británico Christopher Clark con el libro Los sonámbulos y el profesor de política berlinés Herfried Münkler. Al igual que otros autores, ellos también consideran la cuestión de la culpa de forma muy diferenciada y más allá de modelos explicativos simples. En sus obras todos los implicados tienen su parte de responsabilidad en el hecho de que la clásica política imperialista, la sobrevaloración de las propias capacidades, las contradicciones internas, la falta de transparencia en la toma de decisiones, por ejemplo en la maquinaria de la política exterior, eclosionaran de forma tan mortífera en el año 1914.
Ahora bien, el recuerdo de que en 1914 hubo muchas potencias y fuerzas, aparte del imperio, que empujaron a la guerra no debe ser un nuevo motivo de autosatisfacción para los alemanes de hoy en día: el hecho de que Alemania no tenga que asumir la culpa en solitario no significa, por conclusión inversa, que sea inocente. Pero eso es justamente lo que los apologetas conservadores han querido decir realmente hasta bien entrados los años setenta. Si en 1914 Alemania solo “se vio envuelta” en la guerra debido a circunstancias desafortunadas, eso hace que resulte más fácil presentar la dictadura nacionalsocialista y la guerra de extermino iniciada en 1939 como “accidente de trabajo de la historia alemana”, que en realidad no tiene nada que ver con la historia de la nación. En 1961, el historiador hamburgués Fritz Fischer destruyó esta cómoda explicación con su libro Griff nach der Weltmacht ["La toma del poder mundial”]. Su tesis fundamental: el Estado autoritario del imperio buscaba el ascenso de Alemania a potencia mundial a cualquier precio y solo así se explican los acontecimientos de 1914; ese sería su verdadero núcleo.
Paradójicamente, Fischer era una antiguo nazi, miembro del NSDAP y de las SA y autor de textos antisemitas. Pero precisamente él se convirtió en el salvador de un enfoque histórico crítico de izquierdas y eso otorgó a su mensaje el carácter de exorcismo vivido en carne propia. Más tarde, el movimiento de Mayo del 68 no será el único que considerará tanto la primera como la segunda guerra mundial una obra de la odiada sociedad burguesa y del capitalismo maquinador que la sustenta.
Por tanto, el recuerdo del año 1914 ha seguido siendo terreno de la inseguridad histórica en un país al que tanto le gusta medir el mundo con sus propios patrones morales. ¿Qué deben decir sus representantes con motivo de este centenario? ¿Que nos alegramos de las conclusiones de estos historiadores según los cuales Alemania no es la única culpable sino que también contribuyeron al desastre el rumbo bélico del imperio ruso y el ansia de revancha de los diplomáticos franceses por la derrota de 1871? Eso sería una estupidez, por decirlo suavemente.
El 3 de agosto, Joachim Gauck junto con el presidente francés François Hollande recordará a todos los caídos en el antiguo campo de batalla del Hartmannsweiler Kopf en Alsacia. Y quizá lo mejor que podrían hacer tanto el presidente federal como todos los políticos alemanes es mostrarse humildes. No, 1914 no fue 1939, los ejércitos de la Alemania imperial no irrumpieron como las Wehrmacht de Hitler en un mundo que no anhelaba nada más que la paz siguiendo un plan general impulsado por el odio, la codicia y un orgullo desmesurado. Pero hace 100 años, Alemania contribuyó por sí misma lo suficiente al estallido de la guerra como para hacer ahora profesión de humildad y no andar pidiendo compensaciones por las décadas pasadas.
El emperador, el canciller, el Gobierno, el ejército: durante la crisis de julio de 1914 tuvieron en todo momento en sus manos la posibilidad de no apoyar incondicionalmente las intenciones belicosas del aliado austriaco contra Serbia. La megalomanía, el nacionalismo exacerbado y una política dependiente del Ejército empujaron al imperio a un enfrentamiento armado del que no podía salir victorioso. En 1914 Alemania desaprovechó o quiso desaprovechar todas las oportunidades, y hubo algunas, para evitar el incendio que inflamó a la antigua Europa y la hizo extinguirse lentamente de manera irrevocable.
Lo único que podemos aprender de este horror es a no menospreciar las instituciones de la UE, como está de moda ahora, a no concebir la Europa común como un constructo hueco, sino como una patria; a ser solidarios con los miembros más débiles y a no denigrar a los nuevos Estados que solicitan su admisión tachándolos de nidos de parásitos sociales. Tal como expone el historiador Jörn Leonhard en un libro que aparecerá próximamente, la guerra de 1918 “abrió la caja de Pandora” en Europa, ese horrible recipiente de la mitología antigua del que escaparon todos las desgracias y los vicios del mundo cuando el hombre levantó la tapa en contra de la voluntad de los dioses. Odio entre los pueblos, deseo de revancha, conflictos fronterizos, ideologías totalitarias e irracionalismo político fueron las consecuencias entre las cuales prácticamente quedó olvidada la antigua Europa de la Belle Époque, que parecía tan bien ensamblada, con sus fronteras abiertas, rica vida cultural y rebosante del optimismo del progreso. Esa Europa se quebró en 1914 en el transcurso de unas pocas semanas.
No perder nunca de vista este hecho es también el mensaje de los historiadores actuales que, a diferencia de sus predecesores, no tienen la menor intención de atribuir culpas según sus simpatías, nacionalidad o ideología. Cien años después y a ojos de los lectores jóvenes, puede que la Primera Guerra Mundial parezca tan lejana como las expediciones militares de Atila, el rey de los hunos (a todo esto, hay que decir que en las guerras los británicos llamaban “hunos” a sus enemigos alemanes), pero realmente nos es mucho más próxima por todo lo que significa. “Desde el final de la Guerra Fría, el sistema de estabilidad global bipolar ha sido reemplazado por un entramado de fuerzas mucho más complejo e impredecible”, escribe Clark, unas condiciones “que realmente invitan a hacer comparaciones con la situación de Europa en 1914”.
Esto supone un claro llamamiento a cuidar de las instituciones comunitarias europeas, porque solo ellas proporcionan una mediación pacífica en las situaciones conflictivas. Para Alemania esto significa comportarse con precaución en un momento en que la Unión Europea goza de menos estima que nunca, y no provocar el miedo ante una potencia real o supuesta en el centro de Europa, aunque se trate tan solo de un dominio económico. Y también significa mantener la moderación y el justo medio en política exterior. La desafortunada intervención militar en Irak llevada a cabo por los estadounidenses en 2003 junto con su “coalición de serviciales socios” demuestra en buena medida la facilidad con que los Estados entran en una guerra más allá de toda razón, una guerra nacida de supuestas necesidades imperiosas, antiguas alianzas y nuevos miedos.
Erich Maria Remarque dijo en una ocasión: “Yo siempre pensé que todo el mundo es contrario a la guerra hasta que descubrí que hay quienes están a favor, sobre todo aquellos que no tienen que luchar en ella”.
Traducido del alemán por Newsclips.
(“En los campos de Flandes florecen las amapolas / entre las cruces que, una hilera tras otra, / marcan nuestra posición; y en el cielo / vuelan las alondras, todavía cantando valerosas, / sin que apenas se las oiga abajo entre la artillería”.)
In Flanders Fields es uno de los poemas más conocidos sobre la Primera Guerra Mundial, un canto transido de tristeza y obstinación. Pero también instaura un sentido, porque al final los muertos, dispuestos en “una hilera tras otra”, exhortan a los vivos a tomar la antorcha y proseguir la lucha: de lo contrario “no dormiremos aunque crezcan las amapolas / en los campos de Flandes”.
Estas líneas esbozan realmente bien el recuerdo inglés de ese incendio que asoló Europa entre 1914 y 1918; aunque, como es natural, los años heroicos de 1940 y 1941, cuando la Inglaterra de Winston Churchill se enfrentó en solitario al contundente poder del imperio nazi, están mucho más presentes. Ambas guerras mundiales aparecen como etapas de una misma lucha por la libertad y la democracia frente al enemigo que se opone a ellas: el imperio alemán. Así es como se presentan los vencedores, así quieren verse a sí mismos y al pasado, volviendo la vista atrás con la convicción de haber servido a una buena causa.
Sin embargo, Alemania fue la gran perdedora de la Primera Guerra Mundial. Fue derrotada y obligada a aceptar la humillante paz de Versalles de 1919, y tuvo que asumir la culpa de la guerra con todas sus consecuencias. En este país, después de la fractura del mundo civilizado que supuso la época nazi, después del Holocausto y de la guerra de exterminio, después de las tumbas de Oradour y Lidice, es natural que resulte mucho más difícil recordar guerras lejanas.
El verdadero significado que tiene actualmente la Primera Guerra Mundial, “esa catástrofe primigenia de Europa”, para la nación y su identidad es síntoma de una inseguridad que no se supera nunca
El verdadero significado que tiene actualmente la Primera Guerra Mundial, “esa catástrofe primigenia de Europa”, para la nación y su identidad es síntoma de una inseguridad que no se supera nunca. Es evidente que, ahora, a los políticos alemanes les resulta mucho más fácil conmemorar junto a los estadounidenses y los británicos el día D del año 1944, la fecha del desembarco aliado en Normandía que, dicho sea de paso, es el segundo gran acontecimiento que se conmemora en 2014 al cumplirse su 70º aniversario. Porque, afortunadamente, en ese caso los alemanes han encontrado su papel: como nación regenerada que comparte valores y alianzas con los enemigos y libertadores del pasado; un país que incluso envía conjuntamente con ellos soldados a misiones de paz para proteger aquellos ideales y libertades que pisotearon las botas militares de sus abuelos.
Pero con la Primera Guerra Mundial esto resulta mucho más difícil. No encaja con el modo de pensar a que estamos acostumbrados ni con los habituales debates políticos sobre la historia que aquí se viven con pasión y no pocas veces con fanatismo. Desde hace al menos un cuarto de siglo, apenas se plantea la cuestión de si hay que recordar o no los crímenes inconcebibles, cometidos por tantos alemanes en la época nazi; el interrogante es cómo hay que recordarlos. La propia posición al respecto se considera un modelo de moral antifascista y de aprendizaje de las lecciones de la historia, tal como atestiguan tristemente las interminables polémicas en torno a los monumentos conmemorativos. Imposible olvidar las voces cada vez más altisonantes que rechazaron el monumento al Holocausto en Berlín calificándolo de “descargadero de coronas”. Hoy en día es uno de los lugares consagrados a la memoria más impresionantes de la república.
Pero ¿y 1914? Una guerra de un horror inconcebible y, sin embargo, sin el odio de las ideologías. Hasta los ejércitos de Alemania, culpable de la guerra según el Tratado de Versalles y la teoría dominante durante mucho tiempo, se comportaron casi siempre con mucha más moderación que los hitlerianos. Podría incluso ser motivo de orgullo republicano el hecho de que en 1918 los trabajadores y los soldados se liberaran del yugo y pusieran fin a la guerra; pero el aprecio hacia los propios luchadores por la libertad nunca ha sido el punto fuerte del pensamiento histórico alemán.
El hecho de que Alemania no tenga que asumir la culpa en solitario no significa, por conclusión inversa, que sea inocente
Pero ahora, cuando se cumplen cien años del estallido de la guerra, una nueva generación de historiadores sacude la antigua imagen de este conflicto bélico y de la responsabilidad del mismo, sobre todo el británico Christopher Clark con el libro Los sonámbulos y el profesor de política berlinés Herfried Münkler. Al igual que otros autores, ellos también consideran la cuestión de la culpa de forma muy diferenciada y más allá de modelos explicativos simples. En sus obras todos los implicados tienen su parte de responsabilidad en el hecho de que la clásica política imperialista, la sobrevaloración de las propias capacidades, las contradicciones internas, la falta de transparencia en la toma de decisiones, por ejemplo en la maquinaria de la política exterior, eclosionaran de forma tan mortífera en el año 1914.
Ahora bien, el recuerdo de que en 1914 hubo muchas potencias y fuerzas, aparte del imperio, que empujaron a la guerra no debe ser un nuevo motivo de autosatisfacción para los alemanes de hoy en día: el hecho de que Alemania no tenga que asumir la culpa en solitario no significa, por conclusión inversa, que sea inocente. Pero eso es justamente lo que los apologetas conservadores han querido decir realmente hasta bien entrados los años setenta. Si en 1914 Alemania solo “se vio envuelta” en la guerra debido a circunstancias desafortunadas, eso hace que resulte más fácil presentar la dictadura nacionalsocialista y la guerra de extermino iniciada en 1939 como “accidente de trabajo de la historia alemana”, que en realidad no tiene nada que ver con la historia de la nación. En 1961, el historiador hamburgués Fritz Fischer destruyó esta cómoda explicación con su libro Griff nach der Weltmacht ["La toma del poder mundial”]. Su tesis fundamental: el Estado autoritario del imperio buscaba el ascenso de Alemania a potencia mundial a cualquier precio y solo así se explican los acontecimientos de 1914; ese sería su verdadero núcleo.
Paradójicamente, Fischer era una antiguo nazi, miembro del NSDAP y de las SA y autor de textos antisemitas. Pero precisamente él se convirtió en el salvador de un enfoque histórico crítico de izquierdas y eso otorgó a su mensaje el carácter de exorcismo vivido en carne propia. Más tarde, el movimiento de Mayo del 68 no será el único que considerará tanto la primera como la segunda guerra mundial una obra de la odiada sociedad burguesa y del capitalismo maquinador que la sustenta.
En 1914 Alemania desaprovechó o quiso desaprovechar todas las oportunidades, y hubo algunas, para evitar el incendio que inflamó a la antigua Europa y la hizo extinguirse lentamente de manera irrevocable
El 3 de agosto, Joachim Gauck junto con el presidente francés François Hollande recordará a todos los caídos en el antiguo campo de batalla del Hartmannsweiler Kopf en Alsacia. Y quizá lo mejor que podrían hacer tanto el presidente federal como todos los políticos alemanes es mostrarse humildes. No, 1914 no fue 1939, los ejércitos de la Alemania imperial no irrumpieron como las Wehrmacht de Hitler en un mundo que no anhelaba nada más que la paz siguiendo un plan general impulsado por el odio, la codicia y un orgullo desmesurado. Pero hace 100 años, Alemania contribuyó por sí misma lo suficiente al estallido de la guerra como para hacer ahora profesión de humildad y no andar pidiendo compensaciones por las décadas pasadas.
El emperador, el canciller, el Gobierno, el ejército: durante la crisis de julio de 1914 tuvieron en todo momento en sus manos la posibilidad de no apoyar incondicionalmente las intenciones belicosas del aliado austriaco contra Serbia. La megalomanía, el nacionalismo exacerbado y una política dependiente del Ejército empujaron al imperio a un enfrentamiento armado del que no podía salir victorioso. En 1914 Alemania desaprovechó o quiso desaprovechar todas las oportunidades, y hubo algunas, para evitar el incendio que inflamó a la antigua Europa y la hizo extinguirse lentamente de manera irrevocable.
Lo único que podemos aprender de este horror es a no menospreciar las instituciones de la UE, como está de moda ahora, a no concebir la Europa común como un constructo hueco, sino como una patria; a ser solidarios con los miembros más débiles y a no denigrar a los nuevos Estados que solicitan su admisión tachándolos de nidos de parásitos sociales. Tal como expone el historiador Jörn Leonhard en un libro que aparecerá próximamente, la guerra de 1918 “abrió la caja de Pandora” en Europa, ese horrible recipiente de la mitología antigua del que escaparon todos las desgracias y los vicios del mundo cuando el hombre levantó la tapa en contra de la voluntad de los dioses. Odio entre los pueblos, deseo de revancha, conflictos fronterizos, ideologías totalitarias e irracionalismo político fueron las consecuencias entre las cuales prácticamente quedó olvidada la antigua Europa de la Belle Époque, que parecía tan bien ensamblada, con sus fronteras abiertas, rica vida cultural y rebosante del optimismo del progreso. Esa Europa se quebró en 1914 en el transcurso de unas pocas semanas.
Lo único que podemos aprender de este horror es a no menospreciar las instituciones de la UE, como está de moda ahora, a no concebir la Europa común como un constructo hueco, sino como una patria; a ser solidarios con los miembros más débiles y a no denigrar a los nuevos Estados
Esto supone un claro llamamiento a cuidar de las instituciones comunitarias europeas, porque solo ellas proporcionan una mediación pacífica en las situaciones conflictivas. Para Alemania esto significa comportarse con precaución en un momento en que la Unión Europea goza de menos estima que nunca, y no provocar el miedo ante una potencia real o supuesta en el centro de Europa, aunque se trate tan solo de un dominio económico. Y también significa mantener la moderación y el justo medio en política exterior. La desafortunada intervención militar en Irak llevada a cabo por los estadounidenses en 2003 junto con su “coalición de serviciales socios” demuestra en buena medida la facilidad con que los Estados entran en una guerra más allá de toda razón, una guerra nacida de supuestas necesidades imperiosas, antiguas alianzas y nuevos miedos.
Erich Maria Remarque dijo en una ocasión: “Yo siempre pensé que todo el mundo es contrario a la guerra hasta que descubrí que hay quienes están a favor, sobre todo aquellos que no tienen que luchar en ella”.
Traducido del alemán por Newsclips.
Tres frentes vivos un siglo después
Los efectos de la Gran Guerra están vigentes en las tierras envenenadas de Verdún. Pero también en el nacimiento de la Turquía moderna tras la batalla de Galípoli o en la memoria gloriosa de los habitantes de Piave
Es una mañana de invierno fría y radiante y el ferry cruza perezosamente el estrecho de los Dardanelos desde Canakkale hacia Eceabat, en la península de Galípoli, en el noroeste de la actual Turquía. La embarcación transporta algunos coches y autobuses y a unas pocas personas, que observan el mar casi vacío.
La imagen era muy diferente otra mañana de invierno, la del 19 de febrero de 1915, cuando acorazados británicos y franceses comenzaron a bombardear los fuertes que el Imperio Otomano —aliado de las Potencias Centrales— había establecido a ambos lados del estrecho.
Los Aliados querían controlar los Dardanelos y llegar hasta Constantinopla en el Bósforo. Su gran ofensiva naval tuvo lugar un mes después: 18 acorazados, acompañados de cruceros y destructores, buscaron alcanzar la parte más estrecha del paso. El resultado fue de tres acorazados hundidos y otros tres dañados.
Los Aliados decidieron entonces atacar por tierra. El 25 de abril, soldados británicos desembarcaron en el extremo sur de la península. Fuerzas australianas y neozelandesas, o ANZAC, por sus siglas en inglés, lo hicieron en una estrecha playa en la costa oeste, que acabaría siendo conocida como la Cala de ANZAC.
Hoy, la península de Galípoli recibe el ferry entre el frío y el viento y con un paisaje de pequeñas playas escarpadas y caminos que serpentean entre colinas llenas de pinos. Y de tumbas.
Lápidas blancas, pequeños monumentos y memoriales enormes surgen continuamente a ambos lados de los caminos y conforman 32 cementerios en los que yacen soldados del bando aliado. Además, hay al menos 28 fosas comunes en las que las tropas otomanas enterraron a sus caídos.
El día del desembarco, los turcos consiguieron contener el ataque pero en ANZAC pronto se quedaron sin munición. Mustafá Kemal, un teniente coronel de 34 años, arengó entonces a sus soldados: "Os ordeno no que luchéis sino que muráis. En el tiempo que pase hasta que muramos, otros soldados y otros comandantes podrán avanzar y ocupar nuestros puestos". Sus tropas, armadas únicamente con bayonetas, se lanzaron al encuentro de australianos y neozelandeses, que fueron contenidos.
Tras el conflicto, Kemal lideraría a los turcos en su Guerra de la Independencia contra los Aliados y, en 1923, se convertiría en el fundador de la República Turca. Acabó recibiendo el título de Ataturk, o "padre de los turcos". Hoy, Turquía conmemora la defensa otomana de Galípoli como el momento clave que dio origen a la idea moderna de su actual república.
Durante la campaña, una tregua permitió a australianos y neozelandeses confraternizar con los turcos, en lo que sería el inicio de una amistad particular. El sufrimiento compartido acabó provocando gestos de camaradería. Los turcos lanzaban dátiles y dulces al otro lado de la tierra de nadie y los aliados respondían con carne enlatada y cigarros.
"La Campaña de Galípoli se convirtió en algo muy importante para la psique australiana, cuando aún éramos un país joven y deseoso de mostrar a la patria ancestral que ya éramos mayores", reflexiona Nicholas Sergi, cónsul australiano en Canakkale y que extiende esta impresión a sus vecinos neozelandeses.
Hoy, Canakkale y la Península de Galípoli se han convertido en lugar de peregrinaje. El 25 de abril, día del desembarco, es para Australia y Nueva Zelanda el Día de ANZAC, una fiesta nacional que conmemora la Campaña y que cuenta con actos oficiales también en Galípoli. No sólo Turquía sino también los oceánicos trazan a aquella campaña el nacimiento de sus naciones.
En 1915, los Aliados, vencidos por la resistencia turca y la dureza de las condiciones, acabaron evacuando la península entre diciembre y enero. Aunque las cifras exactas se desconocen, se considera que cada bando sufrió unas 250.000 muertes, debidas tanto a los combates como a enfermedades. Medio millón de muertos, de los que unos 120.000 están enterrados en Galípoli.
“A esos héroes que derramaron su sangre y perdieron sus vidas, ahora vivís en la tierra de un país amigo, por lo que podéis descansar en paz. Para nosotros, no hay diferencias entre los Johnnies y los Mehmets que yacen juntos aquí en nuestro país”, escribió Ataturk en 1934 para conmemorar la batalla.
Hoy, ya de noche, el ferry vuelve hacia Canakkale. Una enorme inscripción iluminada en una de las colinas rompe la oscuridad. Son palabras del poeta turco Necmettin Halil Onan:
“¡Detente, viajero!
La tierra que pisas
Fue una vez testigo del fin de una era.”
Por Jose Miguel Calatayud (El País)
Los Rossi siguen viviendo aquí. La mujer que me recibe se llama Norina, esposa de Giacomo Rossi, apodado Gimo, con el que tuvo dos hijos, Paola y Piero. Otro Piero, el padre de Giacomo, tenía 31 años en el otoño de 1917, cuando --después de la derrota de Caporetto--, el ejército italiano requisó la casa para convertirla en pusto avanzado del mando para la resistencia en el Piave. “Se evacuó a las mujeres --relata la signora Norina-- a Cento, en el Ferrarese; a mi futuro suegro Piero le llamaron a filas y le enviaron a Saronno, en Lombardía; su padre se quedó en casa como anfitrión de los soldados”. Los soldados eran los del 79º Batallón de Zapadores del Arma de Ingenieros, bajo el mando del comandante Mario Fiore, un napolitano nacido en 1886 y alumno de la Academia Militar de Turín. En una pared de la casa, una lápida colgada el 17 de junio de 1934 recuerda su presencia.
Cassa Rossi está hoy, en el edificio principal, prácticamente como en los años de la Gran Guerra. Salvo que entonces todo esto era campo abierto; había un martillo pilón para fabricar material agrícola y un molino alimentado por un ramal del Piave, el canal Piavesella. En el salón, junto al sofá, queda una caja de madera revestida de cobre en la que se guardaban los fusiles. “Mi padre, Luigi Secondo Bettiol, había nacido en el 99. Le llamaron a filas a los 17 años y luchó la batalla del Piave en Pederobba; después le nombraron Cavaliere de Vittorio Veneto”, relata la signora Norina, que ha escrito las memorias de la familia y conserva el diario que redactó el comandante Fiore en esta casa. Una reliquia.
Fiore llegó a Casa Rossi en febrero de 1918. “Estoy aquí desde ayer por la mañana”, anota el domingo 24 de febrero a las 17 horas. “Se trabaja para restablecer el dique principal de la orilla derecha del Piave”. En el Montello se reúne con los aliados ingleses, y su primera impresión es crítica: “Nada que aprender de los ingleses. Un comandante al mando de una batería inglesa nos ha dicho: ‘Aquí, en Italia, estamos de visita’”. En cambio, tiene buena imagen de los franceses: “Mucho que aprender, sobre todo en el uso de los aeroplanos y la artillería (...) Nosotros hacemos avanzar a la infantería sin gran protección de la artillería. Al hablar de nuestros soldados, el comandante francés nos dijo: ‘Tenéis hombres que sufren y saben sufrir’”. El 28 de febrero describe el bombardeo austriaco de Spresiano (“Me ha matado a un soldado y me ha herido a otros ocho”), el 27 de marzo critica a sus superiores: “Nos declaran indispensables solo cuando les resulta cómodo. El resto del tiempo nos dan patadas en el trasero”.
El último apunte es del jueves 13 de junio: “Calma y silencio: solo unos cuantos disparos de artillería contra Spresiano. ¿Se avecina o se aleja la ofensiva austriaca?” Se avecinaba. Durante la batalla, a las tres de la tarde del 17 de junio de 1918, el comandante Fiore cae en San Mauro di Bavaria, alcanzado en el pecho por disparos de ametralladora. En una carta a su hermana Gemma, había descrito así a quienes combatían por la patria: “Ellos sí van al encuentro de la muerte; ¡pero qué distinta esa muerte de la que golpea al hombre en su casa, después de una larga vida, casi como ley natural! La vida de estos se ve truncada, pero algo suyo permanece para toda la eternidad, permanece su hazaña, que la muerte no logra destruir y que sumerge sus nombres en la inmortalidad”. Por Michele Brambilla (La Stampa)
Son pocos los que conocen todavía el motivo de ese topónimo. Aquí, después del Armisticio, se transportaron y neutralizaron cientos de miles de obuses sin explotar de los campos de batalla circundantes. Doscientos mil de ellos pertenecían al arsenal químico, del que la Primera Guerra Mundial fue triste laboratorio.
La tierra conserva las secuelas de la operación. En 2004, tres investigadores, los alemanes Tobias Bausinger y Johannes Preuss, de la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia, y el francés Eric Bonnaire, de la Oficina nacional de bosques, emprendieron un análisis del terreno. Su estudio, publicado en 2007, es revelador. El suelo rebosa de metales pesados, cobre, plomo, zinc y, sobre todo, arsénico y perclorato de amonio, que se utilizaban como detonadores de los obuses. La concentración de arsénico es entre 1.000 y 10.000 veces la del medio natural. El suelo está tan contaminado y es tan ácido que solo consiguen sobrevivir en él tres especies vegetales (Holcus lanatus, Pohlia nutans y Cladonia fimbriata). En 2005, las autoridades francesas decidieron cercar el lugar, y en 2012 prohibieron oficialmente el acceso.
El lugar de los gases no es el único legado ambiental de la guerra de 1914-1918. En la antigua línea del frente, en Francia y en Bélgica, muchos lugares conservan los estigmas ecológicos del conflicto. Al acabar la guerra, los poderes públicos delimitaron una zona roja que abarcaba los principales campos de batalla. El Estado compró los terrenos más afectados, plantó bosques en ellos y no volvió a ocuparse de estos santuarios. Bajo la presión de los habitantes, que desconocían los riesgos, poco a poco se empezó a cultivar o a construir otra vez en las demás zonas. «La amnesia es general al cabo de un siglo», dice Jacky Bonnemains, responsable de la asociación ecologista Robin des Bois.
Bonnemains hace una labor de fondo desde hace 14 años. Según él, las armas de la Gran Guerra siguen envenenando a la gente. El arsénico contenido en el suelo llega a las capas freáticas. El plomo de la metralla satura algunos terrenos. Otros materiales no degradables como el mercurio seguirán contaminando durante mucho tiempo, tal vez siempre, el medio ambiente. «Nos encontramos ante un fracaso moral», asegura. «Los franceses, ingleses y alemanes que inventaron las armas químicas se muestran hoy desinteresados».
Los habitantes se enfrentan de forma periódica a problemas de contaminación. En el otoño de 2012, el agua potable de más de 500 municipios de la región de Nord-Pas-de-Calais fue declarada inapropiada para el consumo, debido a un índice anormalmente alto de perclorato de amonio. Más de 400 de ellos sufren todavía restricciones de uso. Las autoridades sanitarias mantienen cierta vaguedad sobre los orígenes de la contaminación, pero la cartografía de los lugares afectados corresponde a la de los combates más duros. Los alcaldes de los municipios no tienen ninguna duda sobre las causas.
Aproximadamente el 15% de los miles de millones de obuses utilizados durante el conflicto no explotaron; muchos de ellos están aún sepultados. De vez en cuando sale alguno a la superficie, en el transcurso de una obra, o bajo la reja de un arado. Entonces se evacúa a la población mientras se procede a neutralizarlo. Una labor casi rutinaria.
La brigada de limpieza de minas de Metz, que cubre tres departamentos de la antigua línea del frente, registra entre 900 y 1.000 peticiones de intervención cada año, y desactiva, solo en esta parte de las antiguas trincheras, de 45 a 60 toneladas de munición. «Somos los basureros de los campos de batalla», dice Christian Cléret, responsable de este equipo de 11 personas, y cuyo padre se dedicaba a lo mismo. Sus descendientes podrán prolongar la tradición: los más pesimistas calculan que se tardarán varios siglos en limpiar del todo la zona. «Hay al menos para varias docenas de años», asegura Cléret.
El artificiero tiene 33 años de experiencia, de modo que sabe evaluar de un golpe de vista el tipo y la peligrosidad de los obuses, las granadas y otras herencias del pasado. «Cuanto más pasa el tiempo, más grave es el problema de la sensibilidad. Las carcasas se han vuelto más frágiles después de haber permanecido tantos años en la tierra húmeda», dice. «Esas condiciones aceleran el proceso de envejecimiento».
Alrededor del 2% de las municiones encontradas son químicas, sobre todo yperita (gas mostaza), fosgeno y difosgeno. Christian Cléret y sus hombres han aprendido a localizarlas. «Cuando tenemos sospechas, procedemos a una radiografía».
Después transportan esas municiones al campamento militar de Suippes, en Marne. Allí hay almacenadas casi 200 toneladas. En 1997, después de que Francia firmara el Convenio que prohíbe almacenar armas químicas, se puso en marcha un proyecto para construir un centro de tratamiento, llamado SECOIA, Sitio de Eliminación de las Cargas de Objetos no Identificados Antiguos. Tras muchos retrasos y rediseños, las obras acaban de empezar, en Mailly-le-Grand. Está previsto que la planta se inaugure en 2016, como pronto. Los obuses químicos se harán estallar en una cámara de detonación estanca y los residuos recuperados se procesarán en otras unidades especializadas.
Después de la guerra, los bandos beligerantes escondieron las municiones no utilizadas, en particular las químicas, en lugares considerados del máximo secreto. No se conoce ningún inventario. En Francia se sumergieron miles de toneladas en el lago de Avrillé (Maine-et-Loire) y otras municiones se enterraron en la sima de Jardel (Doubs). En Bélgica, una parte de la reserva de proyectiles yace frente a las costas de Zeebruge. Está claro que los militares no pensaron en la posteridad. «Cuando la gente quiere librar una guerra, se preocupa poco por las generaciones futuras», observa Jacky Bonnemains.
Benoît Hopquin (Le Monde)
La imagen era muy diferente otra mañana de invierno, la del 19 de febrero de 1915, cuando acorazados británicos y franceses comenzaron a bombardear los fuertes que el Imperio Otomano —aliado de las Potencias Centrales— había establecido a ambos lados del estrecho.
Los Aliados querían controlar los Dardanelos y llegar hasta Constantinopla en el Bósforo. Su gran ofensiva naval tuvo lugar un mes después: 18 acorazados, acompañados de cruceros y destructores, buscaron alcanzar la parte más estrecha del paso. El resultado fue de tres acorazados hundidos y otros tres dañados.
Los Aliados decidieron entonces atacar por tierra. El 25 de abril, soldados británicos desembarcaron en el extremo sur de la península. Fuerzas australianas y neozelandesas, o ANZAC, por sus siglas en inglés, lo hicieron en una estrecha playa en la costa oeste, que acabaría siendo conocida como la Cala de ANZAC.
Hoy, la península de Galípoli recibe el ferry entre el frío y el viento y con un paisaje de pequeñas playas escarpadas y caminos que serpentean entre colinas llenas de pinos. Y de tumbas.
Lápidas blancas, pequeños monumentos y memoriales enormes surgen continuamente a ambos lados de los caminos y conforman 32 cementerios en los que yacen soldados del bando aliado. Además, hay al menos 28 fosas comunes en las que las tropas otomanas enterraron a sus caídos.
El día del desembarco, los turcos consiguieron contener el ataque pero en ANZAC pronto se quedaron sin munición. Mustafá Kemal, un teniente coronel de 34 años, arengó entonces a sus soldados: "Os ordeno no que luchéis sino que muráis. En el tiempo que pase hasta que muramos, otros soldados y otros comandantes podrán avanzar y ocupar nuestros puestos". Sus tropas, armadas únicamente con bayonetas, se lanzaron al encuentro de australianos y neozelandeses, que fueron contenidos.
Mustafá Kemal arengó a sus soldados: "Os ordeno no que luchéis sino que muráis. En el tiempo que pase hasta que muramos, otros soldados y otros comandantes podrán avanzar y ocupar nuestros puestos"
Durante la campaña, una tregua permitió a australianos y neozelandeses confraternizar con los turcos, en lo que sería el inicio de una amistad particular. El sufrimiento compartido acabó provocando gestos de camaradería. Los turcos lanzaban dátiles y dulces al otro lado de la tierra de nadie y los aliados respondían con carne enlatada y cigarros.
"La Campaña de Galípoli se convirtió en algo muy importante para la psique australiana, cuando aún éramos un país joven y deseoso de mostrar a la patria ancestral que ya éramos mayores", reflexiona Nicholas Sergi, cónsul australiano en Canakkale y que extiende esta impresión a sus vecinos neozelandeses.
Hoy, Canakkale y la Península de Galípoli se han convertido en lugar de peregrinaje. El 25 de abril, día del desembarco, es para Australia y Nueva Zelanda el Día de ANZAC, una fiesta nacional que conmemora la Campaña y que cuenta con actos oficiales también en Galípoli. No sólo Turquía sino también los oceánicos trazan a aquella campaña el nacimiento de sus naciones.
En 1915, los Aliados, vencidos por la resistencia turca y la dureza de las condiciones, acabaron evacuando la península entre diciembre y enero. Aunque las cifras exactas se desconocen, se considera que cada bando sufrió unas 250.000 muertes, debidas tanto a los combates como a enfermedades. Medio millón de muertos, de los que unos 120.000 están enterrados en Galípoli.
“A esos héroes que derramaron su sangre y perdieron sus vidas, ahora vivís en la tierra de un país amigo, por lo que podéis descansar en paz. Para nosotros, no hay diferencias entre los Johnnies y los Mehmets que yacen juntos aquí en nuestro país”, escribió Ataturk en 1934 para conmemorar la batalla.
Hoy, ya de noche, el ferry vuelve hacia Canakkale. Una enorme inscripción iluminada en una de las colinas rompe la oscuridad. Son palabras del poeta turco Necmettin Halil Onan:
“¡Detente, viajero!
La tierra que pisas
Fue una vez testigo del fin de una era.”
Por Jose Miguel Calatayud (El País)
2. El frente del Piave
En Visnadello, un pequeño barrio del pequeño municipio de Spresiano, en la provincia de Treviso, a cuatro kilómetros del río Piave, hay una casa que narra una historia. Se llama, desde que se construyó en 1899, Casa Rossi. La historia que cuenta es tan gloriosa que los italianos la han convertido en leyenda, “La leyenda del Piave”: “Se oía al fin desde las amadas orillas, / susurrado y leve, el júbilo de las olas. / Era un presagio dulce y lisonjero, / el Piave murmuró: / No pasa el extranjero”. Durante varias generaciones, hemos crecido con estos versos en la cabeza, aprendidos en el colegio. Es una de las pocas victorias genuinas que podemos celebrar los italianos. Aquí, en las amadas orillas, durante tres años, nuestros soldados libraron con los austrohúngaros una de las batallas más terribles de la Gran Guerra. Al final, el extranjero no pasó.Los Rossi siguen viviendo aquí. La mujer que me recibe se llama Norina, esposa de Giacomo Rossi, apodado Gimo, con el que tuvo dos hijos, Paola y Piero. Otro Piero, el padre de Giacomo, tenía 31 años en el otoño de 1917, cuando --después de la derrota de Caporetto--, el ejército italiano requisó la casa para convertirla en pusto avanzado del mando para la resistencia en el Piave. “Se evacuó a las mujeres --relata la signora Norina-- a Cento, en el Ferrarese; a mi futuro suegro Piero le llamaron a filas y le enviaron a Saronno, en Lombardía; su padre se quedó en casa como anfitrión de los soldados”. Los soldados eran los del 79º Batallón de Zapadores del Arma de Ingenieros, bajo el mando del comandante Mario Fiore, un napolitano nacido en 1886 y alumno de la Academia Militar de Turín. En una pared de la casa, una lápida colgada el 17 de junio de 1934 recuerda su presencia.
Cassa Rossi está hoy, en el edificio principal, prácticamente como en los años de la Gran Guerra. Salvo que entonces todo esto era campo abierto; había un martillo pilón para fabricar material agrícola y un molino alimentado por un ramal del Piave, el canal Piavesella. En el salón, junto al sofá, queda una caja de madera revestida de cobre en la que se guardaban los fusiles. “Mi padre, Luigi Secondo Bettiol, había nacido en el 99. Le llamaron a filas a los 17 años y luchó la batalla del Piave en Pederobba; después le nombraron Cavaliere de Vittorio Veneto”, relata la signora Norina, que ha escrito las memorias de la familia y conserva el diario que redactó el comandante Fiore en esta casa. Una reliquia.
Es una de las pocas victorias genuinas que podemos celebrar los italianos. Aquí, en las amadas orillas, durante tres años, nuestros soldados libraron con los austrohúngaros una de las batallas más terribles de la Gran Guerra
El último apunte es del jueves 13 de junio: “Calma y silencio: solo unos cuantos disparos de artillería contra Spresiano. ¿Se avecina o se aleja la ofensiva austriaca?” Se avecinaba. Durante la batalla, a las tres de la tarde del 17 de junio de 1918, el comandante Fiore cae en San Mauro di Bavaria, alcanzado en el pecho por disparos de ametralladora. En una carta a su hermana Gemma, había descrito así a quienes combatían por la patria: “Ellos sí van al encuentro de la muerte; ¡pero qué distinta esa muerte de la que golpea al hombre en su casa, después de una larga vida, casi como ley natural! La vida de estos se ve truncada, pero algo suyo permanece para toda la eternidad, permanece su hazaña, que la muerte no logra destruir y que sumerge sus nombres en la inmortalidad”. Por Michele Brambilla (La Stampa)
3. Verdún y las consecuencias ambientales
Situado a unos kilómetros de Verdún, el lugar parece un trozo de tundra transportado al este de Francia. Unos cuantos líquenes miserables, unos musgos canijos pegados al sol, cuando, alrededor, el bosque despide hacia el cielo sus múltiples esencias. El claro tiene un sobrenombre muy conocido para los guardas forestales y los cazadores que se acercan a comer allí desde hace generaciones: el lugar de los gases.Son pocos los que conocen todavía el motivo de ese topónimo. Aquí, después del Armisticio, se transportaron y neutralizaron cientos de miles de obuses sin explotar de los campos de batalla circundantes. Doscientos mil de ellos pertenecían al arsenal químico, del que la Primera Guerra Mundial fue triste laboratorio.
La tierra conserva las secuelas de la operación. En 2004, tres investigadores, los alemanes Tobias Bausinger y Johannes Preuss, de la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia, y el francés Eric Bonnaire, de la Oficina nacional de bosques, emprendieron un análisis del terreno. Su estudio, publicado en 2007, es revelador. El suelo rebosa de metales pesados, cobre, plomo, zinc y, sobre todo, arsénico y perclorato de amonio, que se utilizaban como detonadores de los obuses. La concentración de arsénico es entre 1.000 y 10.000 veces la del medio natural. El suelo está tan contaminado y es tan ácido que solo consiguen sobrevivir en él tres especies vegetales (Holcus lanatus, Pohlia nutans y Cladonia fimbriata). En 2005, las autoridades francesas decidieron cercar el lugar, y en 2012 prohibieron oficialmente el acceso.
El suelo rebosa de metales pesados, cobre, plomo, zinc y, sobre todo, arsénico y perclorato de amonio, que se utilizaban como detonadores de los obuses
Bonnemains hace una labor de fondo desde hace 14 años. Según él, las armas de la Gran Guerra siguen envenenando a la gente. El arsénico contenido en el suelo llega a las capas freáticas. El plomo de la metralla satura algunos terrenos. Otros materiales no degradables como el mercurio seguirán contaminando durante mucho tiempo, tal vez siempre, el medio ambiente. «Nos encontramos ante un fracaso moral», asegura. «Los franceses, ingleses y alemanes que inventaron las armas químicas se muestran hoy desinteresados».
Los habitantes se enfrentan de forma periódica a problemas de contaminación. En el otoño de 2012, el agua potable de más de 500 municipios de la región de Nord-Pas-de-Calais fue declarada inapropiada para el consumo, debido a un índice anormalmente alto de perclorato de amonio. Más de 400 de ellos sufren todavía restricciones de uso. Las autoridades sanitarias mantienen cierta vaguedad sobre los orígenes de la contaminación, pero la cartografía de los lugares afectados corresponde a la de los combates más duros. Los alcaldes de los municipios no tienen ninguna duda sobre las causas.
Aproximadamente el 15% de los miles de millones de obuses utilizados durante el conflicto no explotaron; muchos de ellos están aún sepultados. De vez en cuando sale alguno a la superficie, en el transcurso de una obra, o bajo la reja de un arado. Entonces se evacúa a la población mientras se procede a neutralizarlo. Una labor casi rutinaria.
Aproximadamente el 15% de los miles de millones de obuses utilizados durante el conflicto no explotaron; muchos de ellos están aún sepultados
El artificiero tiene 33 años de experiencia, de modo que sabe evaluar de un golpe de vista el tipo y la peligrosidad de los obuses, las granadas y otras herencias del pasado. «Cuanto más pasa el tiempo, más grave es el problema de la sensibilidad. Las carcasas se han vuelto más frágiles después de haber permanecido tantos años en la tierra húmeda», dice. «Esas condiciones aceleran el proceso de envejecimiento».
Alrededor del 2% de las municiones encontradas son químicas, sobre todo yperita (gas mostaza), fosgeno y difosgeno. Christian Cléret y sus hombres han aprendido a localizarlas. «Cuando tenemos sospechas, procedemos a una radiografía».
Después transportan esas municiones al campamento militar de Suippes, en Marne. Allí hay almacenadas casi 200 toneladas. En 1997, después de que Francia firmara el Convenio que prohíbe almacenar armas químicas, se puso en marcha un proyecto para construir un centro de tratamiento, llamado SECOIA, Sitio de Eliminación de las Cargas de Objetos no Identificados Antiguos. Tras muchos retrasos y rediseños, las obras acaban de empezar, en Mailly-le-Grand. Está previsto que la planta se inaugure en 2016, como pronto. Los obuses químicos se harán estallar en una cámara de detonación estanca y los residuos recuperados se procesarán en otras unidades especializadas.
Después de la guerra, los bandos beligerantes escondieron las municiones no utilizadas, en particular las químicas, en lugares considerados del máximo secreto. No se conoce ningún inventario. En Francia se sumergieron miles de toneladas en el lago de Avrillé (Maine-et-Loire) y otras municiones se enterraron en la sima de Jardel (Doubs). En Bélgica, una parte de la reserva de proyectiles yace frente a las costas de Zeebruge. Está claro que los militares no pensaron en la posteridad. «Cuando la gente quiere librar una guerra, se preocupa poco por las generaciones futuras», observa Jacky Bonnemains.
Benoît Hopquin (Le Monde)
Catorce herencias que cambiaron el mundo
El mundo cambió radicalmente después de la Gran Guerra. Cayeron los valores tradicionales y aparecieron movimientos alternativos como el pacifismo o el feminismo. Se desarrollaron las las armas químicas y la cirugía estética. Cuatro imperios desaparecieron para dar lugar a las grandes transformaciones europeas
1. La guerra se vuelve tecnológica
La guerra que tenía que servir para acabar con todas las guerras fue en realidad el comienzo de todos los conflictos modernos, el arranque de las "tempestades de acero" que describió Ernst Jünger. El historiador Max Hastings lo relata con precisión en su libro 1914. El año de la catástrofe cuando narra cómo los soldados franceses, vestidos con sus colores brillantes, avanzaban hacia el fuego enemigo bajo la música de tambores y clarines. "Las consecuencias fueron evidentes", escribe Hastings. "El 22 de agosto el Ejército francés sufrió bajas en una escala nunca superada por ningún otro ejército en una guerra".Con la I Guerra Mundial, la revolución técnica llegó a los campos de batalla y cambió para siempre la forma en que se enfrentaban los Ejércitos. La tecnología se convirtió en un elemento esencial en el arte de la guerra. Se podría argumentar que ya lo había sido a lo largo de la historia (¿Se hubiese producido la Conquista de América sin la pólvora? ¿Roma hubiese conquistado el mundo conocido sin la superior organización de sus Ejércitos?); pero nunca fue tan importante y, sobre todo, tan destructiva aunque muchos militares tardaron demasiadas batallas y bajas en reconocerlo. Adam Hochschild describe en su ensayo sobre el conflicto Para acabar con todas las guerras cómo fueron entrando esas novedades en el campo de batalla: el submarino y los bombardeos aéreos de civiles, el carro de combate (pesaba 28 toneladas y avanzaba a tres kilómetros por hora), los ataques con gases tóxicos… Pero, por encima de todo, la innovación más importante fueron las alambradas de espino, el arma definitiva y también la más sencilla, que permitió que la guerra se estancase en las trincheras.
Douglas Haig, el discutido jefe de las fuerzas británicas en Francia, escribió con indudable lucidez al final del conflicto: "Algunos entusiastas de ahora profetizan que el avión, el carro de combate y el automóvil reemplazarán al caballo en las guerras del futuro pero yo creo que es probable que, en el futuro, el valor y las oportunidades del caballo sean tan grandes como siempre. Los aviones y los carros de combate solo son accesorios para el hombre y el caballo". Como tantas otras veces, no podía estar más equivocado. Guillermo Altares (El País)
2. Las armas químicas en Europa
Los intentos de limitar las armas químicas con la Conferencia de Bruselas en 1874 y el Convenio de La Haya en 1899 no sirvieron para nada. Entre 1914 y 1918, los ingleses, los alemanes y los franceses recurrieron al uso de sustancias tóxicas, a veces mortales, en el campo de batalla.Ya en otoño de 1914, los frenceses emplearon gas lacrimógeno que arrojaban a las trincheras enemigas. En abril de 1915, los alemanes, con una industria química más desarrollada que sus adversarios, esparcieron sustancias cloradas con ayuda de unas garrafas cuyo contenido se propagaba con la ayuda del viento. La escalada continuó con el uso de obuses cargados de gases nuevos como el fosgeno, más tóxico que las moléculas anteriores. En julio de 1917, los alemanes fueron más allá con el gas mostaza, también conocido como yperita, por el nombre de la ciudad (Ypres) en la que se utilizó por primera vez. Se trata de una molécula que no ataca solo las vías respiratorias sino también los ojos y la piel. Además, en las zonas por las que se ha propagado, el gas persiste y crea complicaciones para los combatientes.
Las armas químicas se convirtieron en un símbolo, pero su papel estratégico y militar no fue tan importante"
Olivier Lepick, autor de La Grande guerre chimique
3. La transformación de Oriente Próximo
La Primera Guerra Mundial y los tratados que la siguieron transformaron el mapa de Oriente Próximo al crear nuevos Estados y nuevas realidades políticas en el territorio del derrotado imperio otomano. La rivalidad entre Gran Bretaña y Francia, la expansión del nacionalismo árabe, las ambiciones sionistas en Palestina y el nacimiento de la Turquía moderna cambiaron la faz de la región. Una de las ironías más formidables de la historia es que las líneas que se trazaron en las arenas de la guerra están empezando a difuminarse un siglo después.El acuerdo Sykes-Picot de 1916 dividió en secreto los antiguos territorios otomanos en zonas de influencia británica y francesa. El sistema de mandatos creado por la Liga de Naciones en el periodo de entreguerras solo prometió llegar a un autogobierno, no a la independencia inmediata por la que Sharif Hussein había lanzado desde La Meca una revuelta en el desierto contra los turcos, con la ayuda del coronel T. E. Lawrence ("de Arabia"). Y, en otro ejemplo de promesas contradictorias, la Declaración Balfour de 1917 ofreció el apoyo del Reino Unido a la creación de un "hogar nacional" para los judíos en Tierra Santa, y así sentó las bases para el nacimiento de Israel y el conflicto más difícil de resolver del mundo contemporáneo. Desde entonces, los historiadores no dejan de discutir sobre este enredo diplomático y sus funestas repercusiones.
Las diferencias étnicas, sectarias y tribales importaban poco a los encargados de diseñar el mapa en la era colonial. Irak se formó mediante la fusión de tres provincias otomanas, dominadas respectivamente por los chiíes, los suníes y los kurdos. Además, quedó separado de Kuwait, un dato que posteriormente daría pie a conflictos. Su rey era hachemita, procedía de la Península Arábiga y había sido expulsado de Siria; también lo era el rey de la vecina Jordania, nacida de un plumazo de Winston Churchill después de un almuerzo empapado en alcohol, celebrado en El Cairo en 1921. Líbano se arrancó a la "Gran Siria" con el propósito de establecer un hogar para los cristianos cuyo apoyo reforzaría la influencia de Francia.
Los mayores perdedores de la lotería de la posguerra en Oriente Próximo fueron los kurdos. Hoy, este pueblo, que aún carece de Estado, al menos disfruta de un gran grado de autonomía regional, además de una paz relativa, en el Estado federal de Irak, mientras que sus compatriotas en Siria controlan áreas a las que no llegan las fuerzas de Bashar el Asad. La propia idea del nacionalismo árabe está en peligro, por culpa de los extremistas sectarios que apelan al islam para crear un nuevo califato (abolido por los turcos recién secularizados en 1922). Entre los enemigos de El Asad se encuentra un grupo yihadista vinculado a Al Qaeda. Su nombre en árabe es "El Estado Islámico en Irak y al Sham (Siria y Líbano)", una eliminación deliberada de las fronteras posteriores a la Primera Guerra Mundial. Ian Black (The Guardian)
4. La guerra y el movimiento obrero
Para el movimiento obrero y socialista europeo, así como para el incipiente movimiento sindical, el estallido de la Primera Guerra Mundial representa un golpe terrible. A pesar de la gran fuerza organizada de países como Alemania, Gran Bretaña y Francia, las direcciones de los partidos socialistas y socialdemócratas no acaban de movilizarse contra la guerra en el fatídico verano de 1914; la Internacional se hace añicos. Los partidos y las primeras organizaciones sindicales (con la excepción inicial de Italia, que conserva su neutralidad hasta mayo de 1915 y donde los socialistas mayoritarios seguirán oponiéndose a la guerra) se ven absorbidos en el esfuerzo productivo y bélico. Durante mucho tiempo, los obreros de las grandes industrias —en especial los obreros especializados, decisivos para la producción de maquinarias y armas indispensables para alimentar la monstruosa guerra de materiales en el frente— no solo están exentos de llenar las filas de un ejército que está formado en casi todas partes por campesinos, sino que además gozan de condiciones salariales y alimentarias especialmente favorables. A cambio, se prohíben las huelgas y los sectores estratégicos quedan sometidos a la disciplina militar.
Los partidos y las primeras organizaciones sindicales se ven absorbidos en el esfuerzo productivo y bélico
5. El gas venenoso
En verano de 2013 se podía sentir. Las imágenes de los niños muertos en Damasco. La indignación en la voz del presidente de Estados Unidos, Barak Obama. Habló de una "línea roja", y no se trataba de las meras cifras de muertos, sino de un tabú moral. Hoy día, la utilización de gas tóxico como arma de guerra es considerada universalmente un crimen, porque el recuerdo de 1915 —de un cruel experimento con horribles derivaciones— sigue vivo.La prueba comenzó el 22 de abril de ese año. Los soldados alemanes, atrincherados cerca de la ciudad belga de Ypres, abrieron casi 6.000 recipientes de acero con cloro líquido. El viento transportó el gas, 2,5 veces más pesado que el aire, hasta sus enemigos británicos sobre un frente de unos seis kilómetros de ancho. El gas, que dañaba los pulmones, cogió desprevenidos a los soldados británicos. Mató a 3.000 de ellos. Poco después, todas las partes beligerantes lo empleaban: flotaba viscoso sobre los campos de batalla, provocaba la creación de zonas de restricción, causó lesiones a más de un millón de personas y mató a 70.000.
Una característica del gas tóxico, que hizo que finalmente fuese prohibido por el Derecho Internacional en 1925, es su crueldad: el 10 de julio de 1917, las tropas alemanas lanzaron por primera vez el agente "cruz azul", que atravesaba los filtros de las máscaras de gas y obligaba a quitárselas por la insoportable irritación que producía. Su apodo: rompemáscaras.
La segunda característica es que mata sin distinción. Es imposible alcanzar a un objetivo preciso. Mata a los soldados exactamente igual que a los civiles o a los niños. Ronen Steinke (Süddeutsche Zeitung)
6. Desarrollo de la cirugía
La cirugía se ha desarrollado en gran parte gracias a lo que ha ido aprendiendo en las guerras. La Primera Guerra Mundial no fue ninguna excepción, pero, cuando estalló, era un arte que acababa de entrar en la modernidad. Hubo que esperar a la Segunda Guerra Mundial para que llegasen los antibióticos capaces de curar e incluso prevenir infecciones que hasta entonces dejaban impotentes a los cirujanos, así como para la implantación de las técnicas de reanimación. Sin embargo, durante la Gran Guerra, y sobre todo inmediatamente después, los hospitales civiles y militares fueron escenario de una cirugía experimental.En aquel conflicto, la utilización de armas nuevas, en particular los bombardeos masivos y los gases de combate, transformó la situación. La guerra de posiciones y las trincheras provocaron un aumento de las heridas en la cabeza y el rostro, las partes más expuestas a los disparos enemigos. Muchos combatientes salieron vivos pero lisiados, mutilados, desfigurados. Eran los gueules cassées (los caras rotas), según la expresión acuñada en Francia por el coronel Yves Picot, primer presidente de la Unión de heridos en el rostro y la cabeza, fundada en 1921.
Al acabar la Primera Guerra Mundial, Francia tenía alrededor de 6,5 millones de inválidos de guerra. Los cirujanos de los países implicados tuvieron que enfrentarse a una avalancha de gueules cassées, a los que trataron de devolver un rostro humano y mitigar su calvario en el momento de la vuelta a la vida civil. Faltaba carne, faltaba hueso, así que hubo que hacer injertos, una técnica que se desarrolló a tientas, igual que lo hizo, en la misma época y por las mismas razones, la transfusión sanguínea. Y junto a los injertos óseos o cutáneos, también empezaron a utilizarse prótesis y aparatos que parecían más instrumentos de tortura, sin lograr siempre, ni mucho menos, hacer milagros. Paul Benkimoun (Le Monde)
7. "Tu país te necesita"
"Tu país te necesita". Cuando en septiembre de 1914 los británicos comenzaron a ver este lema en carteles pegados por las calles de todo el país todavía no se habían apagado los ecos de los vítores, las canciones patrióticas y las marchas militares que resonaron en la estación Victoria de Londres como despedida a los soldados que marchaban al continente para luchar contra los soldados del Kaiser Guillermo II. Similares escenas se produjeron en París y Berlín. En la opinión pública europea estaba instalada la idea de que la guerra sería corta. A los sumo, unas pocas batallas, decisivas eso sí y naturalmente ganadas por el propio bando. Y luego todos a casa. La guerra era cosa de caballeros y las noticias de las sucesivas victorias de las tropas imperiales en lugares remotos de la geografía mundial multiplicaban esa idea romántica del riesgo y la muerte heroica.Pero esa guerra, “la Gran Guerra”, se llevaría muchas cosas por delante. Apenas un mes después Lord Kitchener, secretario de Estado de Guerra, supo que ni la guerra sería corta, ni el problema serían la falta de balas, sino la falta de combatientes. Que una cosa era luchar contra ejércitos indígenas, o muy por detrás en términos de tecnología bélica, y otra contra un Ejército moderno extremadamente entrenado y dirigido por una selecta élite militar y militarista. "Esto no es la guerra, esto es el fin del mundo", escribía un muchacho de un regimiento británico de la India a su padre. Hacían falta hombres y urgentemente. Y es que con el nuevo armamento los muertos diarios no se contabilizaban por decenas sino por miles. Francia tenía ejércitos de leva prácticamente desde la Revolución, Alemania desde 1870, Rusia desde 1905. Millones de hombres disponibles, si no para luchar, al menos si para ser enviados al frente. Pero Reino Unido jamás en su historia, al menos desde la existencia de señores feudales, había recurrido al reclutamiento forzoso.
Sirvieron y murieron juntos. Muchos pueblos vieron como en una tarde morían casi todos sus hombres jóvenes
La guerra se enfangó. Literalmente. Los primeros aviadores que surcaban los cielos de Europa veían una cicatriz negra que durante cientos de kilómetros rompía el verde los campos. Una línea de frente que prácticamente durante dos años permaneció invariable. Lo único que cambiaba eran los hombres que ocupaban las trincheras. Nuevas remesas que reemplazaban sin cesar a los muertos y heridos. En marzo de 1916 Reino Unido adoptó una decisión drástica. Por primera vez en su historia, todos los hombres solteros de entre 18 y 41 años fueron reclutados con la excepción de religiosos, profesores, algunos profesionales metalúrgicos y los declarados incapaces. Si alguno se casó para evitar el frente, erró en su decisión. En mayo la medida afectaba también a los casados.
El reclutamiento obligatorio, y las causas que lo provocaban, dio una nueva perspectiva a la idea de la guerra. Unas 200.000 personas se manifestaron en el centro de Londres. En Francia, que sólo en los primeros meses de la contienda perdió 300.000 hombres fue causa de extendidos motines en 1917 que hicieron tambalearse el frente. En Rusia, la presencia de reclutas en San Petersburgo durante los disturbios de febrero de ese mismo año fue decisiva en la caída del zar Nicolás II.
“Tu país te necesita” se convirtió en un símbolo de sacrificio que los civiles británicos pagaron creces
La guerra no cesó en su demanda de combatientes. En los últimos meses de la guerra el Gobierno amplió la edad de reclutamiento a los 51 años y lo mantuvo hasta 1920. Acabada la contienda en 1918 el Ejército profesional estaba tan diezmado que era imposible mantener el imperio si los reclutas forzosos volvían a la vida civil. "Tu país te necesita" se convirtió en un símbolo de sacrificio que los civiles británicos pagaron creces. Jorge Marirrodriga (El País)
8. La emancipación de la mujer
Una de las consecuencias de la Primera Guerra Mundial fue la emancipación de la mujer: este es uno de los clichés que distorsionan en numerosos relatos la realidad del conflicto.Es una cuestión que los historiadores siguen debatiendo. No cabe duda de que, durante la guerra, las mujeres se ocuparon de tareas que antes habían sido fundamentalmente masculinas, no cabe duda de que obtuvieron derechos políticos más importantes en varios países como el Reino Unido, no cabe duda de que ciertas modas como él estilo à la garçonne representaron una liberación de los códigos femeninos tradicionales. Pero en realidad, el trabajo femenino ya estaba aumentando antes de 1914, y, al terminar la guerra, muchas mujeres regresaron a sus tareas anteriores.
La feminización del trabajo fue limitada y dependía de los sectores. Se incrementó en el comercio, las profesiones liberales y la banca. Por otro lado, a la mujer se le negaban todavía muchos derechos. (En Francia no pudo votar hasta 1944, mientras que en Alemania lo hizo en 1919 y en el Reino Unido obtuvo el derecho al voto en 1918 para las mayores de 30 años y en 1928 a los 21, igual que los hombres.) Y, sobre todo, las formas de emancipación de los papeles tradicionales solían ser muy limitadas, social y cuantitativamente. Varios estudios recientes destacan este periodo como una etapa de transición que prepara el terreno para las evoluciones posteriores. Nicolas Offenstadt (Le Monde)
9. Los aristócratas y la guerra
Los hijos de las clases altas británicas que tuvieron la suerte de sobrevivir a la Primera Guerra Mundial se encontraron a su regreso un país en plena transformación, en el que ya no tenían su sitio automáticamente garantizado.La reducción de su número —hasta finales de 1917, los aristócratas sufrieron proporcionalmente más bajas en combate que ninguna otra clase social— hacía que recuperar el statu quo anterior a la guerra fuera físicamente imposible.
"Después de la guerra se encontraron con que faltaban los herederos: yacían en los campos de Flandes", dice Joanna Bourke, profesora de historia en Birbeck College, Londres. "El efecto fue devastador: murió el hijo del primer ministro, los hijos de varios miembros del gobierno, y eso significó que, en la inmediata posguerra, los pupilos que en el orden natural de las cosas habrían llegado a ser los nuevos dirigentes —sobre todo en política y en los negocios— habían desaparecido".
Pero no solo habían disminuido enormemente los miembros varones de las clases altas; también había mucha menos gente dispuesta a servir a sus familias como lo habían hecho durante cientos de años.
Se deslegitimó toda la estructura que mantenía el estilo de vida de la clase media alta”
Joanna Bourke, profesora de historia en Birbeck College
"Hasta entonces, los criados de los hogares de clase media alta eran personas con una tradición familiar de trabajar allí. Cuando alguien se iba, la cocinera recomendaba a su sobrina. Pero eso dejó de ser así, y entonces se produjo una auténtica crisis de la mano de obra necesaria para mantener esa forma de vida".
El declive de las clases altas se aceleró aún más con la aprobación, en junio de 1917, de la Ley de Representación Popular, que otorgó el voto a cinco millones más de hombres y a casi nueve millones de mujeres.
La ampliación del derecho al voto, unida a la expansión del sindicalismo, dio a las clases trabajadoras una mayor representación social y, con ella, la libertad de desafiar el poder de los partidos establecidos y poner en tela de juicio la capacidad y la prudencia de quienes habían enviado a tantos soldados a la muerte.
Pero quizá el mayor presagio de la decadencia de la aristocracia surgió en el barro y la sangre del Frente Occidental, cuando se vio que la institución encargada de proteger el modo de vida británico tradicional se había convertido a su pesar en el instrumento de su disolución.
La introducción de la leva obligatoria en 1916 transformó un ejército profesional en un ejército de civiles, y llenó sus filas de hombres de clase media cuyas madres y cuyos padres ocupaban puestos importantes en la sociedad y exigían que los sacrificios de sus hijos no fueran en vano. También significó el ascenso de nuevos oficiales de origen humilde, que, como tantos miles de mujeres en la retaguardia, no estaban dispuestos a renunciar a la posibildiad de mejora social que les había deparado la guerra.
Como dice Bourke: "Esos combatientes regresaron —algunos, con medallas—, sin ningún deseo de volver a ser tenderos". Sam Jones (The Guardian)
10. El cine de propaganda
En una conversación con el filósofo Bogdanov, en 1907, Lenin habla del cine como “uno de los medios más importantes de instrucción de las masas”. En Italia, en 1922, Mussolini declara que el cine es "el arma más fuerte del Estado", y en 1936 pone la primera piedra para la construcción de Cinecittà. Bastarían estas dos proclamas para dar fe del vínculo existente, desde sus albores, entre la gran pantalla y la propaganda. Solo en Estados Unidos, donde David W. Griffith había rodado en 1914 El nacimiento de una nación, sobre la fundación del país, se produjeron entre 1915 y 1918 2.500 películas. Y durante la Gran Guerra, la mayor parte de la producción norteamericana y europea, tanto de noticiarios como de filmes de ficción, tuvo fines propagandísticos.En Civilización (1916), Thomas H. Ince lanzaba, entre metáfora y fantasía política, un grito en favor de la paz. En Francia, en 1919, Abel Gance transmitía un poderoso mensaje antibélico en J’accuse, subrayado por el final de la película, en el que las jóvenes víctimas de la guerra se despiertan para reprochar a los vivos lo inútil de su sacrificio. En Italia, en la estela del éxito obtenido por Cabiria, de Giovanni Pastrone, Maciste alpino, de Luigi Romano Borgnetto y Luigi Maggi (1916), exalta los valores de la batalla y empuja al público a identificarse con el héroe protagonista. Pero la joya de la época, rodada en 1918, es Armas al hombro, de Charles Chaplin, que ilustra, suspendidos entre la ligereza y la tragedia, los horrores de la vida en el frente.
Muchos años después, cuando el cine de propaganda se haya convertido ya, tanto en la U.R.S.S. como en la Alemania nazi, en la Italia fascista como en Estados Unidos, en instrumento fundamental para orientar las conciencias, será de nuevo Charles Chaplin quien, con El gran dictador, demostrará que, al tiempo que se hace reír, es posible lanzar el más antibelicista de los mensajes. Fulvia Caprara (La Stampa)
11. El Sillon, antepasado de la democracia
La dimensión de la catástrofe que fue la Primera Guerra Mundial empujó a numerosos intelectuales y políticos franceses a alzarse en nombre de un lema: "Nunca más". Entre ellos destacaba un personaje, Marc Sangnier, que había fundado el Sillon a finales del siglo XIX. Esta corriente del cristianismo social proponía la reconciliación entre Iglesia y República, una tercera vía entre el capitalismo y el socialismo. Sangnier, como Jean Jaurès, fue enemigo acérrimo de los católicos monárquicos de Charles Maurras. Movilizado durante el conflicto como teniente de ingenieros, Sangnier recibió de Aristide Briand en 1916 el encargo de ir a ver al Papa encabezando una misión de paz, que fracasó. Terminó la guerra con el grado de comandante y condecorado con la Legión de Honor y la Cruz de Guerra.Entre 1919 y 1924, Sangnier fue diputado. Se ganó el sarcasmo de sus colegas al proponer una colaboración internacional que no excluyera ni a Rusia ni a Alemania para restaurar Europa. Los miembros de la izquierda y la extrema izquierda eran los únicos que aplaudían a este curioso cristiano, pacifista radical y visionario, elegido en las filas de la derecha moderada pero al que los conservadores calificaban de "bolchevique cristiano". Su idea era organizar "la paz a través de la juventud", mediante los cauces de la internacional democrática. Esta última celebró varios congresos internacionales, el más numeroso el de Bierville, en 1926, que congregó a más de 5.000 participantes de 33 naciones, la mitad de ellos alemanes.
Cuando falleció Marc Sangnier, en 1950, las ideas que había defendido ocupaban el poder encarnadas en la democracia cristiana en Francia, Alemania e Italia. La idea europea que culminaría en el tratado de Roma en 1957 había empezado a andar. Michel Lefèbvre (Le Monde)
12. Los nuevos países en Europa
El fin del año 1918 reorganizó radicalmente el mapa de Europa central y del Este. En lugar de las tres potencias —Alemania, Rusia y el Imperio austrohúngaro— surgieron algunos países nuevos (o resucitados después de siglos). Los países de reciente creación eran pobres y estaban enemistados y cuidadosamente separados por los cordones de fronteras y aduanas. Fue una época de nacionalismos triunfantes. Tuvieron mala suerte aquellos que, como los ucranios, no fueron capaces de luchar por su país porque los rivales resultaron ser más fuertes.Cuando en septiembre de 1918 el Imperio austrohúngaro intentó por su cuenta establecer contacto con las potencias occidentales y pedir el alto el fuego, el gobierno de Estados Unidos, la mayor potencia a la que la guerra no agotó, respondió que su posición ya la había expuesto el presidente Woodrow en los "14 puntos" en enero de 1918. Aparte de exigir la conclusión manifiesta de los acuerdos internacionales, la libre navegación en alta mar y la supresión de barreras en el comercio internacional, abordaban también las nuevas fronteras en Europa, basadas en los principios étnicos, así como el renacimiento de Polonia.
Durante la conferencia de Versalles, en 1919, el postulado de las "fronteras basadas en principios étnicos", resultó ser no solo utópico, sino que se convirtió en el foco de muchos conflictos. Las naciones de Europa central muchas veces se entremezclaban y a menudo reclamaban los mismos territorios. Cualquier resolución tomada por las grandes potencias originaba protestas diplomáticas y, a menudo, también conflictos armados.
El país de nueva creación más grande fue Polonia, renacida después de 123 años de ocupación. Ganó sus fronteras después de una serie de conflictos armados con Alemania, Letonia, Ucrania, Checoslovaquia y la gran guerra con la Rusia roja. En 1923, cuando por fin se acordaron las fronteras de Polonia, la república mantenía relaciones medianamente amistosas con solo dos países vecinos, la diminuta Letonia, al norte, y la alejada Rumanía al sur. Esta situación iba a tener en breve malas consecuencias. Adam Leszczyński (Gazeta Wyborcza)
13. La economía planificada
Antes de que la URSS impusiera la economía planificada a la mitad de Europa, la inventaron los alemanes. Las primeras leyes que limitaban la libertad económica se introdujeron el 3 de agosto de 1914. El Estado fue asumiendo sucesivamente el control sobre los ahorros de los ciudadanos, el comercio exterior, la producción y la venta de productos alimenticios, estableció los precios máximos de distintos bienes e introdujo las "asociaciones de materias primas", que dirigían la distribución de las escasas materias primas de acuerdo con las necesidades de la economía de guerra.En noviembre de 1916 se creó la Oficina de Planificación y se introdujo la movilización total de los recursos y de la mano de obra. La industria se organizó en 170 "sociedades de guerra", basadas en las antiguas asociaciones sectoriales. El programa detuvo la caída de la producción para el Ejército, aunque la industria de productos de consumo y la agricultura seguían reduciéndose. Los precios de los alimentos básicos se multiplicaron por ocho durante la guerra y millones de alemanes tuvieron que pasar hambre; las raciones eran de 700–900 calorías al día.
Los que vivieron esa época tenían claro que la movilización militar de Alemania fue un logro importante. La movilización impresionó a los bolcheviques, que por aquel entonces estaban a la espera de hacerse con el poder en Rusia. Cuando Lenin tomó el poder en 1918, introdujo en Rusia el "comunismo militar", una economía basada en la nacionalización universal, las requisiciones y las expoliaciones. Esta economía les dio a los bolcheviques el control sobre la vida económica, así como los recursos necesarios para ganar la guerra civil, pero trajo también el desplome del nivel de vida, la miseria generalizada y la destrucción de la capacidad productiva.
La economía planificada gustaba a políticos y periodistas con puntos de vista políticos muy dispares
La economía planificada gustaba a políticos y periodistas con puntos de vista políticos muy dispares. En el período de entreguerras, sacudido por la hiperinflación y por la Gran Depresión, la creencia general era que el capitalismo era el origen del caos y asignaba las fuerzas productivas de manera inefectiva. Tanto la extrema izquierda como la extrema derecha creían que el capitalismo favorecía el enriquecimiento de unos pocos y la pobreza de las masas, y que la economía planificada permitía igualar los ingresos y fomentaba una mayor solidaridad social. Después de la Gran Depresión, se experimentó con distintas formas de planificación económica en muchos países europeos, no solo en los regímenes totalitarios de Alemania y Rusia, sino también en Polonia. Adam Leszczyński (Gazeta Wyborcza)
14. Un pacifismo más modesto
Bertha von Suttner, la primera mujer en recibir el Premio Nobel de la Paz, decía con ironía en una ocasión que humanizar la guerra era como meter a alguien en aceite hirviendo y bajar la temperatura un par de grados. O también como si a un esclavo se le prometiese a secas que en el futuro recibiría algunos latigazos menos.A principios del siglo XX, la austríaca Suttner ocupaba la cúspide de un pacifismo europeo absolutamente puro. Pero cuando más tarde estalló la guerra en el Continente, la experiencia de las trincheras provocó que muchos belicistas entusiastas se convirtiesen en arrepentidos pacifistas: por ejemplo, en los primeros días de la contienda, Kurt Tucholsky, el escritor alemán, había corrido como loco a alistarse; después, decepcionado, calificaba a la guerra de "letrina de dimensiones mundiales llena de sangre, alambre de espino y cantos de odio". Tampoco los veteranos pacifistas de la escuela de Suttner la superaron incólumes.
Es cierto que, después de la guerra, los pacifistas tenían muchos más seguidores que antes: en Alemania, los grupos antibélicos contaban con unos 70.000 miembros, lo cual, aun así, seguía siendo poco comparado con los 500.000 integrantes de las asociaciones de soldados. Pero, sobre todo, la guerra acabó con una parte de su seguridad en sí mismos. Antes de 1914, los pacifistas todavía soñaban con que podría existir un contrato que prohibiese las guerras, una idea ajena al mundo, como se ha demostrado. Actualmente, los movimientos antibélicos aspiran a alcanzar principalmente metas más modestas y realistas: desarme, acuerdos entre las naciones, reconciliación, y también una humanización de la guerra a través de la renuncia a determinadas armas. Ronen Steinke, Süddeutsche Zeitung
Las lecciones de 1914
El historiador Christopher Clark, autor de 'The Sleepwalkers' ('Los sonámubulos') sobre los orígenes de la Gran Guerra, sostiene que la cultura occidental no es capaz de ver en el pasado más que los ecos de sus propias preocupaciones
Cuando acababa de empezar a escribir, llegaron las noticias sobre los bombardeos en Libia. Exactamente cien años después, volvían a caer bombas sobre las ciudades libias y los titulares volvían a estar ocupados por los mismos nombres --Trípoli, Bengasi, Sirte, Derna, Tobruk, Zawiya, Misrata-- que los de los periódicos de 1911.
Las coincidencias eran extraordinarias, pero ¿qué significaban? La respuesta no está nada clara. El conflicto de 2011 fue muy distinto a su predecesor de un siglo antes. La Guerra Ítalo-Turca de 1911 fue la chispa inicial de la cadena de ataques oportunistas a los territorios otomanos en el sureste de Europa conocida como Primera Guerra de los Balcanes, que acabó con un sistema de equilibrios geopolíticos que hasta entonces había permitido contener los conflictos locales. Fue un paso más (entre muchos) en el camino hacia una guerra que consumiría primero a Europa y luego a gran parte del mundo. Existen pocos motivos para pensar que los bombardeos aéreos de 2011 vayan a acarrear unas consecuencias tan terribles como aquellas.
La historia no se repite pero, como decía Mark Twain, a veces rima. ¿Y qué significan esas rimas? Pueden ser meros síntomas del estrecho “presentismo” de una cultura occidental que no es capaz de ver en el pasado más que infinitos ecos de sus propias preocupaciones, una cultura obsesionada con los aniversarios y el recuerdo. Pero no debemos excluir la posibilidad de que esos momentos de déjà vu histórico revelen genuinas afinidades entre un instante en el tiempo y otro.
En los últimos años, las afinidades se acumulan. Es ya casi un tópico decir que el mundo en el que vivimos se parece cada vez más al de 1914. Después de haber dejado atrás la estabilidad bipolar de la Guerra Fría, nos encontramos en plena lucha para encontrar sentido a un sistema que es cada vez más multipolar, opaco e impredecible. Igual que en 1914, una potencia en ascenso se enfrenta a otra superpotencia cansada (pero no necesariamente en declive). Surgen crisis descontroladas en zonas del mundo con gran importancia estratégica; en algunas, como el pulso actual en las Islas Senkaku del Pacífico occidental, intervienen de forma directa los intereses de las grandes potencias. A nadie que, desde la perspectiva de los primeros años del siglo XXI, evoque el rumbo que siguió la crisis del verano de 1914, pueden dejar de impresionarle los ecos contemporáneos. Comenzó con un escuadrón de terroristas suicidas y una caravana de automóviles. Detrás del crimen de Sarajevo estaba una organización basada en el culto al sacrificio, la muerte y la venganza; una organización dispersa en células repartidas por distintos países; que no rendía cuentas ante nadie y cuyos vínculos con cualquier gobierno soberano eran tangenciales y ocultos.
Incluso el furor actual a propósito de Wikileaks, el espionaje y los ataques informáticos chinos tiene equivalente en los comienzos del siglo XX: la política exterior francesa estuvo en peligro en los años anteriores a la guerra por una serie de filtraciones sobre informaciones confidenciales de alto nivel; a los británicos les preocupaba el espionaje ruso en Asia Central, y a principios del verano de 1914 un espía en la embajada rusa en Londres mantuvo informado a Berlín de las últimas negociaciones navales entre Gran Bretaña y Rusia. El caso más escandaloso de todos fue el del coronel austriaco Alfred Redl, que ascendió hasta convertirse en jefe de los servicios de contraespionaje de su país, pero en realidad era un agente que trabajaba para los rusos y les proporcionó valiosas informaciones militares hasta que lo detuvieron y le permitieron suicidarse en mayo de 1913.
¿La historia nos quiere contar algo? Y en ese caso, ¿qué? En el verano de 2008, después de una breve guerra entre Rusia y Georgia por Osetia del sur, el embajador ruso ante la OTAN, Dmitri Rogozin, aseguró que en el drama que se desarrollaba en el Cáucaso podía atisbar una reproducción de la crisis de julio de 1914. Incluso expresó su esperanza de que el presidente de Georgia (a quien consideraba la parte agresora en la disputa) no pasara a la historia como “el nuevo Gavrilo Princip”, en referencia al joven bosnio que asesinó al heredero al trono de Austria y su esposa el 28 de junio de 1914. Después de los asesinatos, el enfrentamiento entre Serbia y Austria-Hungría había arrastrado a Rusia y había transformado un conflicto local en una guerra mundial. Si Georgia lograba obtener el apoyo de la OTAN, ¿podría volver a suceder lo mismo?
Las negras profecías nunca se hicieron realidad. La OTAN se lo pensó dos veces antes de unir su destino al del impetuoso presidente georgiano, Mijail Saakashvili. Tras una breve exhibición naval de Estados Unidos en el Mar Negro, la crisis se desvaneció. Georgia no era la Serbia de principios del siglo XX, la OTAN no era la Rusia zarista, y el presidente Saakashvili no era Gavrilo Princip. El empeño de Rogozin de atar el presente a una analogía tendenciosa con el pasado no era un intento sincero de hacer un pronóstico con bases históricas, sino una advertencia a Occidente para que se mantuviera al margen del conflicto. Fue una afirmación históricamente inexacta y hermenéuticamente vacía.
Incluso en manos mejor informadas y menos manipuladoras, las analogías históricas se resisten a una interpretación categórica. Uno de los motivos, pero solo uno de ellos, es que la coincidencia entre el pasado y el presente nunca es perfecta, ni siquiera próxima. Pero la razón fundamental es que el significado de los acontecimientos del pasado es tan escurridizo --y tan discutible-- como su significado en el presente. Pensemos en China, por ejemplo. ¿La China de hoy es análoga a la Alemania imperial de 1914, como se dice a menudo? Incluso si decidimos que lo es, ¿qué enseñanzas podemos extraer del paralelismo? Si pensamos que la agresión alemana fue lo que verdaderamente empezó la Primera Guerra Mundial, podemos llegar a la conclusión de que Estados Unidos debería adoptar una línea dura contra las intromisiones de la China contemporánea. Pero si creemos, como creo yo, que la guerra de 1914-1918 fue consecuencia de las relaciones entre una serie de potencias, cada una de las cuales estaba dispuesta a recurrir a la violencia para defender sus intereses, entonces quizá podríamos deducir que necesitamos diseñar mejores formas de integrar a las grandes potencias nuevas en el sistema internacional. Como mínimo, 1914 es (como fue para el presidente John F. Kennedy durante la crisis de los misiles de Cuba en 1963) una historia aleccionadora sobre lo mucho que puede deteriorarse la política internacional, y a qué velocidad, y con qué consecuencias tan terribles.
Sigue siendo importante que rechacemos las interpretaciones manipuladoras o reduccionistas del pasado cuando se utilizan para apoyar unos objetivos políticos actuales. El recurso a la historia resulta esclarecedor, sobre todo, cuando entendemos que nuestras conversaciones sobre el pasado son tan poco definitivas como nuestras reflexiones sobre el presente. La historia es “la gran maestra de la vida pública”, dijo Cicerón. Dado que no vemos el futuro, es inevitable. Pero es una maestra excéntrica. La sabiduría de la historia no nos llega en forma de lecciones preempaquetadas, sino de oráculos, cuya relación con nuestra situación actual debemos averiguar.
Christopher Clark es historiador.
Las coincidencias eran extraordinarias, pero ¿qué significaban? La respuesta no está nada clara. El conflicto de 2011 fue muy distinto a su predecesor de un siglo antes. La Guerra Ítalo-Turca de 1911 fue la chispa inicial de la cadena de ataques oportunistas a los territorios otomanos en el sureste de Europa conocida como Primera Guerra de los Balcanes, que acabó con un sistema de equilibrios geopolíticos que hasta entonces había permitido contener los conflictos locales. Fue un paso más (entre muchos) en el camino hacia una guerra que consumiría primero a Europa y luego a gran parte del mundo. Existen pocos motivos para pensar que los bombardeos aéreos de 2011 vayan a acarrear unas consecuencias tan terribles como aquellas.
La historia no se repite pero, como decía Mark Twain, a veces rima. ¿Y qué significan esas rimas? Pueden ser meros síntomas del estrecho “presentismo” de una cultura occidental que no es capaz de ver en el pasado más que infinitos ecos de sus propias preocupaciones, una cultura obsesionada con los aniversarios y el recuerdo. Pero no debemos excluir la posibilidad de que esos momentos de déjà vu histórico revelen genuinas afinidades entre un instante en el tiempo y otro.
El recurso a la historia resulta esclarecedor, sobre todo, cuando entendemos que nuestras conversaciones sobre el pasado son tan poco definitivas como nuestras reflexiones sobre el presente
Incluso el furor actual a propósito de Wikileaks, el espionaje y los ataques informáticos chinos tiene equivalente en los comienzos del siglo XX: la política exterior francesa estuvo en peligro en los años anteriores a la guerra por una serie de filtraciones sobre informaciones confidenciales de alto nivel; a los británicos les preocupaba el espionaje ruso en Asia Central, y a principios del verano de 1914 un espía en la embajada rusa en Londres mantuvo informado a Berlín de las últimas negociaciones navales entre Gran Bretaña y Rusia. El caso más escandaloso de todos fue el del coronel austriaco Alfred Redl, que ascendió hasta convertirse en jefe de los servicios de contraespionaje de su país, pero en realidad era un agente que trabajaba para los rusos y les proporcionó valiosas informaciones militares hasta que lo detuvieron y le permitieron suicidarse en mayo de 1913.
¿La historia nos quiere contar algo? Y en ese caso, ¿qué? En el verano de 2008, después de una breve guerra entre Rusia y Georgia por Osetia del sur, el embajador ruso ante la OTAN, Dmitri Rogozin, aseguró que en el drama que se desarrollaba en el Cáucaso podía atisbar una reproducción de la crisis de julio de 1914. Incluso expresó su esperanza de que el presidente de Georgia (a quien consideraba la parte agresora en la disputa) no pasara a la historia como “el nuevo Gavrilo Princip”, en referencia al joven bosnio que asesinó al heredero al trono de Austria y su esposa el 28 de junio de 1914. Después de los asesinatos, el enfrentamiento entre Serbia y Austria-Hungría había arrastrado a Rusia y había transformado un conflicto local en una guerra mundial. Si Georgia lograba obtener el apoyo de la OTAN, ¿podría volver a suceder lo mismo?
Las negras profecías nunca se hicieron realidad. La OTAN se lo pensó dos veces antes de unir su destino al del impetuoso presidente georgiano, Mijail Saakashvili. Tras una breve exhibición naval de Estados Unidos en el Mar Negro, la crisis se desvaneció. Georgia no era la Serbia de principios del siglo XX, la OTAN no era la Rusia zarista, y el presidente Saakashvili no era Gavrilo Princip. El empeño de Rogozin de atar el presente a una analogía tendenciosa con el pasado no era un intento sincero de hacer un pronóstico con bases históricas, sino una advertencia a Occidente para que se mantuviera al margen del conflicto. Fue una afirmación históricamente inexacta y hermenéuticamente vacía.
Incluso en manos mejor informadas y menos manipuladoras, las analogías históricas se resisten a una interpretación categórica. Uno de los motivos, pero solo uno de ellos, es que la coincidencia entre el pasado y el presente nunca es perfecta, ni siquiera próxima. Pero la razón fundamental es que el significado de los acontecimientos del pasado es tan escurridizo --y tan discutible-- como su significado en el presente. Pensemos en China, por ejemplo. ¿La China de hoy es análoga a la Alemania imperial de 1914, como se dice a menudo? Incluso si decidimos que lo es, ¿qué enseñanzas podemos extraer del paralelismo? Si pensamos que la agresión alemana fue lo que verdaderamente empezó la Primera Guerra Mundial, podemos llegar a la conclusión de que Estados Unidos debería adoptar una línea dura contra las intromisiones de la China contemporánea. Pero si creemos, como creo yo, que la guerra de 1914-1918 fue consecuencia de las relaciones entre una serie de potencias, cada una de las cuales estaba dispuesta a recurrir a la violencia para defender sus intereses, entonces quizá podríamos deducir que necesitamos diseñar mejores formas de integrar a las grandes potencias nuevas en el sistema internacional. Como mínimo, 1914 es (como fue para el presidente John F. Kennedy durante la crisis de los misiles de Cuba en 1963) una historia aleccionadora sobre lo mucho que puede deteriorarse la política internacional, y a qué velocidad, y con qué consecuencias tan terribles.
Sigue siendo importante que rechacemos las interpretaciones manipuladoras o reduccionistas del pasado cuando se utilizan para apoyar unos objetivos políticos actuales. El recurso a la historia resulta esclarecedor, sobre todo, cuando entendemos que nuestras conversaciones sobre el pasado son tan poco definitivas como nuestras reflexiones sobre el presente. La historia es “la gran maestra de la vida pública”, dijo Cicerón. Dado que no vemos el futuro, es inevitable. Pero es una maestra excéntrica. La sabiduría de la historia no nos llega en forma de lecciones preempaquetadas, sino de oráculos, cuya relación con nuestra situación actual debemos averiguar.
Christopher Clark es historiador.
La Gran Guerra sigue viva
Los cambios políticos, sociales y tecnológicos que surgieron con la I Guerra Mundial continúan vigentes en su centenario
El año 2014 ha nacido mirando hacia el pasado, hacia 1914, cuando Europa comprobó que el Siglo de las Luces, la revolución tecnológica de la modernidad, la esperanza y la confianza en el futuro podían quedar destrozados en la gran carnicería de la Primera Guerra Mundial.
El conflicto estalló en el verano de hace un siglo, unas semanas después del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, el 28 de junio en Sarajevo. Pocas conmemoraciones históricas han provocado un aluvión similar de novedades editoriales y un debate tan profundo. La Primera Guerra Mundial es el conflicto más influyente, sobre todo para Europa, incluso más que la segunda, pero el problema está en que todavía no hay un acuerdo global sobre su origen.
EL PAÍS y sus socios periodísticos europeos ('Le Monde', 'La Stampa', 'Gazeta Wyborzca', 'Süddeustche Zeitung' y 'The Guardian') hemos dedicado un especial al centenario de este conflicto, cuyas huellas pueden verse en muchos aspectos de la actualidad. Más allá de las fronteras europeas y de Oriente Próximo, profundamente marcadas por el resultado de aquella contienda que acabó con la desaparición de los imperios Austrohúngaro y Otomano, la técnica se convirtió en un elemento esencial de las guerras, el reclutamiento forzoso se generalizó, el movimiento obrero se hizo fuerte, estalló el movimiento de emancipación de la mujer y también el pacifismo.
Conocida como la Gran Guerra hasta que llegó la Segunda Guerra Mundial, todavía más grande, movilizó a 70 millones de soldados y mató a unos nueve millones de combatientes. Somme o Verdún se cuentan entre las batallas más sangrientas de la historia. Fue también la primera guerra en la que se utilizaron armas químicas y los avances del progreso y de la ciencia dieron lugar al desarrollo de una industria militar y armamentística.
Pero la Gran Guerra fue grande por otros muchos motivos. Se implantó un nuevo equilibrio político, cayeron imperios, de los que surgieron nuevos Estados, y desaparecieron tres dinastías. La Alemania derrotada y humillada en Versalles acabaría por convertirse en la Alemania nazi. Y no hay que olvidar que la Revolución Soviética forma parte de la Primera Guerra Mundial.
Pero, por encima de todo, hay un factor que nos conecta directamente con lo ocurrido en 1914: ¿Por qué? El historiador Christopher Clark, autor del influyente ensayo Los sonámbulos (The sleepwalkers) sobre el arranque del conflicto, reflexiona sobre las causas que motivaron el estallido de la Primera Guerra Mundial, que son todavía, 100 años después, objeto de un encendido debate político y historiográfico. “En los últimos años, las afinidades se acumulan. Es ya casi un tópico decir que el mundo en el que vivimos se parece cada vez más al de 1914”, escribe Clark, quien evita lo que llama paralelismos fáciles pero deja muchas preguntas inquietantes sobre la mesa. Hablar de 1914 es hablar de 2014: quizás la única respuesta segura.
El conflicto estalló en el verano de hace un siglo, unas semanas después del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, el 28 de junio en Sarajevo. Pocas conmemoraciones históricas han provocado un aluvión similar de novedades editoriales y un debate tan profundo. La Primera Guerra Mundial es el conflicto más influyente, sobre todo para Europa, incluso más que la segunda, pero el problema está en que todavía no hay un acuerdo global sobre su origen.
EL PAÍS y sus socios periodísticos europeos ('Le Monde', 'La Stampa', 'Gazeta Wyborzca', 'Süddeustche Zeitung' y 'The Guardian') hemos dedicado un especial al centenario de este conflicto, cuyas huellas pueden verse en muchos aspectos de la actualidad. Más allá de las fronteras europeas y de Oriente Próximo, profundamente marcadas por el resultado de aquella contienda que acabó con la desaparición de los imperios Austrohúngaro y Otomano, la técnica se convirtió en un elemento esencial de las guerras, el reclutamiento forzoso se generalizó, el movimiento obrero se hizo fuerte, estalló el movimiento de emancipación de la mujer y también el pacifismo.
Conocida como la Gran Guerra hasta que llegó la Segunda Guerra Mundial, todavía más grande, movilizó a 70 millones de soldados y mató a unos nueve millones de combatientes. Somme o Verdún se cuentan entre las batallas más sangrientas de la historia. Fue también la primera guerra en la que se utilizaron armas químicas y los avances del progreso y de la ciencia dieron lugar al desarrollo de una industria militar y armamentística.
Pero la Gran Guerra fue grande por otros muchos motivos. Se implantó un nuevo equilibrio político, cayeron imperios, de los que surgieron nuevos Estados, y desaparecieron tres dinastías. La Alemania derrotada y humillada en Versalles acabaría por convertirse en la Alemania nazi. Y no hay que olvidar que la Revolución Soviética forma parte de la Primera Guerra Mundial.
Pero, por encima de todo, hay un factor que nos conecta directamente con lo ocurrido en 1914: ¿Por qué? El historiador Christopher Clark, autor del influyente ensayo Los sonámbulos (The sleepwalkers) sobre el arranque del conflicto, reflexiona sobre las causas que motivaron el estallido de la Primera Guerra Mundial, que son todavía, 100 años después, objeto de un encendido debate político y historiográfico. “En los últimos años, las afinidades se acumulan. Es ya casi un tópico decir que el mundo en el que vivimos se parece cada vez más al de 1914”, escribe Clark, quien evita lo que llama paralelismos fáciles pero deja muchas preguntas inquietantes sobre la mesa. Hablar de 1914 es hablar de 2014: quizás la única respuesta segura.
ELESPECTADOR.COM
SIRIA
Un carro bomba adjudicado a Al Qaeda estalló pocos días antes del encuentro en el que países miembros aspiran a discutir una transición hacia la paz.
Por: Rosanna West
Los territorios del norte y del este de Siria, controlados por los rebeldes, están sumidos en el peor episodio de enfrentamientos fratricidas desde que empezaron los levantamientos hace casi tres años. Los conflictos han dejado cientos de muertos en poco más de una semana, entre una alianza de grupos rebeldes y un grupo afiliado a Al Qaeda conocido como el ‘Estado islámico de Irak y Levante’ (ISIL).
Hubo decenas de heridos como resultado del atentado en el pueblo de Jarablos, algunos de ellos de gravedad, por lo que el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos no descartó que la cantidad de víctimas mortales pueda aumentar. El Centro de Información de Alepo, gestionado por activistas opositores al régimen sirio, difundió en internet un vídeo supuestamente grabado después del estallido, donde se precisaba que el atentado tuvo lugar en la zona de Al Uaquía, en Jarablos, y mostraba una calle donde había varios vehículos calcinados.
Según datos del Observatorio, el Estado Islámico (ISIL) controla al menos 19 poblaciones de la periferia de la ciudad de Alepo, de donde se retiró la semana pasada, después de que los rebeldes tomaran el cuartel general de los extremistas en esta localidad, la mayor del norte de Siria.
Este ataque ocurrió apenas dos días después de que Moscú y Washington, a través del ministro de Relaciones Exteriores ruso, Sergei Lavrov, y el Secretario de Estado de EE.UU., John Kerry, hicieran un llamado conjunto para que el régimen y los rebeldes acordaran un cese de hostilidades en algunas partes del país. Fue la rara unificación de dos voces principales en la crisis siria, en la que los EE.UU. ha apoyado a la oposición y Moscú a su viejo aliado, el presidente Bashar al Asad.
"Lo que se puede hacer antes del comienzo de la conferencia se debe hacer", declaró Lavrov. "Vamos a tratar de enviar señales a todas las partes sirias sobre la necesidad del establecimiento de un alto el fuego localizado".
Esta petición llegó antes de la conferencia que tendrá lugar el 22 de enero en Ginebra entre los países 'Amigos de Siria', una alianza de países principalmente occidentales y árabes del Golfo que apoyan a la oposición siria. La reunión internacional quiere reunir el gobierno de Al Asad y los grupos rebeldes con el fin de llegar a un acuerdo, después de un conflicto de casi tres años, que ha matado a 130.000 personas.
"Instamos a la Coalición Nacional (el principal bloque de oposición) para responder positivamente a la invitación de configurar la delegación de la oposición siria, enviada por el Secretario General de la ONU", dijo el grupo 'Amigos de Siria' en un comunicado conjunto. La Coalición Nacional ha dicho que decidirá el 17 de enero si va a participar en la conferencia.
El ministro de Exteriores sirio, Walid Muallem, también visitará Moscú el viernes antes de las conversaciones, confirmó el ministerio de Relaciones Exteriores ruso. Kerry y Lavrov dijeron que también discutieron intercambios posibles de prisioneros y la apertura de caminos humanitarios para llevar ayuda a los millones de personas afectadas por el conflicto. Lavrov aclaró que el régimen de Al Asad había indicado que estaba dispuesto a permitir el acceso de la ayuda humanitaria, citando el suburbio de Damasco, East Ghouta, donde miles de personas han quedado atrapadas por los combates. "Esperamos que la oposición haga movimientos similares", dijo Lavrov.
Sin embargo, las divisiones fueron evidentes sobre el papel del principal apoyo regional de Siria, Irán. Lavrov comentó que hay una "necesidad absolutamente evidente" de participación del gobierno de Teherán y Arabia Saudita. Lakhdar Brahimi, el enviado y asesor de las Naciones Unidas, y el enviado especial a Siria, dijo que él también apoya la participación de Irán. No obstante, Washington ha bloqueado los esfuerzos para extender una invitación a Teherán hasta que esté de acuerdo con la idea de un gobierno de transición, establecida en las primeras negociaciones de Ginebra.
Kerry clarificó que Irán sería "bienvenido" si acepta el acuerdo de Ginebra I, y agregó: "Invité a Irán hoy para unirse a la comunidad de naciones (...) y ser un socio constructivo para la paz". El ministro de Relaciones Exteriores iraní, Mohammad Javad Zarif, dijo que Teherán sólo tomaría parte en las conversaciones "sin condiciones previas".
El régimen sirio ha dicho que va a asistir a la conferencia en Suiza pero que la renuncia de Al Asad no es una opción. Por otra parte, el líder de la coalición opositora, Ahmad Jarba, asistió a las conversaciones de París y declaró durante una conferencia de prensa que los 'Amigos de Siria' habían acordado que Al Asad y su familia no tendrán un papel en el futuro del país. "Estamos todos de acuerdo para decir que Al Asad no tiene futuro en Siria", dijo. Parece que esta diferencia en las ideas podría sabotear cualquier intento eficaz o iniciativa de paz.
Hubo decenas de heridos como resultado del atentado en el pueblo de Jarablos, algunos de ellos de gravedad, por lo que el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos no descartó que la cantidad de víctimas mortales pueda aumentar. El Centro de Información de Alepo, gestionado por activistas opositores al régimen sirio, difundió en internet un vídeo supuestamente grabado después del estallido, donde se precisaba que el atentado tuvo lugar en la zona de Al Uaquía, en Jarablos, y mostraba una calle donde había varios vehículos calcinados.
Según datos del Observatorio, el Estado Islámico (ISIL) controla al menos 19 poblaciones de la periferia de la ciudad de Alepo, de donde se retiró la semana pasada, después de que los rebeldes tomaran el cuartel general de los extremistas en esta localidad, la mayor del norte de Siria.
Este ataque ocurrió apenas dos días después de que Moscú y Washington, a través del ministro de Relaciones Exteriores ruso, Sergei Lavrov, y el Secretario de Estado de EE.UU., John Kerry, hicieran un llamado conjunto para que el régimen y los rebeldes acordaran un cese de hostilidades en algunas partes del país. Fue la rara unificación de dos voces principales en la crisis siria, en la que los EE.UU. ha apoyado a la oposición y Moscú a su viejo aliado, el presidente Bashar al Asad.
"Lo que se puede hacer antes del comienzo de la conferencia se debe hacer", declaró Lavrov. "Vamos a tratar de enviar señales a todas las partes sirias sobre la necesidad del establecimiento de un alto el fuego localizado".
Esta petición llegó antes de la conferencia que tendrá lugar el 22 de enero en Ginebra entre los países 'Amigos de Siria', una alianza de países principalmente occidentales y árabes del Golfo que apoyan a la oposición siria. La reunión internacional quiere reunir el gobierno de Al Asad y los grupos rebeldes con el fin de llegar a un acuerdo, después de un conflicto de casi tres años, que ha matado a 130.000 personas.
"Instamos a la Coalición Nacional (el principal bloque de oposición) para responder positivamente a la invitación de configurar la delegación de la oposición siria, enviada por el Secretario General de la ONU", dijo el grupo 'Amigos de Siria' en un comunicado conjunto. La Coalición Nacional ha dicho que decidirá el 17 de enero si va a participar en la conferencia.
El ministro de Exteriores sirio, Walid Muallem, también visitará Moscú el viernes antes de las conversaciones, confirmó el ministerio de Relaciones Exteriores ruso. Kerry y Lavrov dijeron que también discutieron intercambios posibles de prisioneros y la apertura de caminos humanitarios para llevar ayuda a los millones de personas afectadas por el conflicto. Lavrov aclaró que el régimen de Al Asad había indicado que estaba dispuesto a permitir el acceso de la ayuda humanitaria, citando el suburbio de Damasco, East Ghouta, donde miles de personas han quedado atrapadas por los combates. "Esperamos que la oposición haga movimientos similares", dijo Lavrov.
Sin embargo, las divisiones fueron evidentes sobre el papel del principal apoyo regional de Siria, Irán. Lavrov comentó que hay una "necesidad absolutamente evidente" de participación del gobierno de Teherán y Arabia Saudita. Lakhdar Brahimi, el enviado y asesor de las Naciones Unidas, y el enviado especial a Siria, dijo que él también apoya la participación de Irán. No obstante, Washington ha bloqueado los esfuerzos para extender una invitación a Teherán hasta que esté de acuerdo con la idea de un gobierno de transición, establecida en las primeras negociaciones de Ginebra.
Kerry clarificó que Irán sería "bienvenido" si acepta el acuerdo de Ginebra I, y agregó: "Invité a Irán hoy para unirse a la comunidad de naciones (...) y ser un socio constructivo para la paz". El ministro de Relaciones Exteriores iraní, Mohammad Javad Zarif, dijo que Teherán sólo tomaría parte en las conversaciones "sin condiciones previas".
El régimen sirio ha dicho que va a asistir a la conferencia en Suiza pero que la renuncia de Al Asad no es una opción. Por otra parte, el líder de la coalición opositora, Ahmad Jarba, asistió a las conversaciones de París y declaró durante una conferencia de prensa que los 'Amigos de Siria' habían acordado que Al Asad y su familia no tendrán un papel en el futuro del país. "Estamos todos de acuerdo para decir que Al Asad no tiene futuro en Siria", dijo. Parece que esta diferencia en las ideas podría sabotear cualquier intento eficaz o iniciativa de paz.
La guerra que cambió el destino de Europa
Casi todos los países que participaron calcularon que el conflicto que estalló en agosto de 1914 iba a ser breve. Duró más de cuatro años y dejó ocho millones de muertos, de los que un tercio fueron civiles
ENRIQUE FLORES
"La primavera y el verano de 1914 estuvieron marcados en Europa por una tranquilidad excepcional", recordaba años después Winston Churchill, alimentando esa idea nostálgica de la estabilidad europea en tiempos de la Alemania imperial de Guillermo II o la Inglaterra de Eduardo VII, de contraste entre los “good times” y el período de grandes convulsiones políticas y sociales inaugurado por el estallido de la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914.
Cuando comenzó esa guerra, Europa estaba dominada por vastos imperios, gobernados —excepto Francia, donde había surgido una república de la derrota en la guerra con Prusia en 1870— por monarquías hereditarias. La nobleza ejercía todavía un notable poder económico y político. En Gran Bretaña, Francia o Alemania, por citar a las naciones más poderosas, una oligarquía de ricos y poderosos, de buenas familias, de nobles y burgueses conectados a través de matrimonios y consejos de administración de empresas y bancos, mantenía su poder social a través del acceso a la educación y a las instituciones culturales.
Muchos ciudadanos europeos tenían restringida la libertad para hablar su idioma o practicar su religión y sufrían notables discriminaciones por el género, la raza o la clase a la que pertenecían. Las mujeres no votaban, con excepciones como la de Finlandia que les había concedido el voto en 1906, y en raras ocasiones se les permitía poseer propiedades o llevar sus propios negocios. Antes de 1914, la democracia y la presencia de una cultura popular cívica, de respeto por la ley y de defensa de los derechos civiles, eran bienes escasos, presentes en algunos países como Francia y Gran Bretaña y ausentes en la mayor parte del resto de Europa.
Fue ese orden el que comenzó a desmoronarse cuando Austria declaró la guerra a Serbia el 28 de julio de 1914, un mes después del asesinato en Sarajevo del heredero al trono austriaco, el archiduque Francisco Fernando. A partir de ahí, las tensiones y rivalidades entre los diferentes Estados la convirtieron en una guerra general, primero europea y, tras la entrada de Estados Unidos el 6 de octubre de 1917, mundial. Y aunque los gobiernos de los principales poderes, desde Rusia a Gran Bretaña, pasando por Alemania y Austria-Hungría, contribuyeron a poner en riesgo la paz con sus movilizaciones militares, ninguno de ellos había hecho planes militares o económicos para un prolongado combate.
Esperaban que la guerra fuera corta porque sabían que si entraban en guerra todos la vez, algo que posibilitaba el sistema de alianzas pactado unos años antes, el dinero y las energías gastadas podrían conducir a la bancarrota de la industria y del crédito en Europa. Al declarar la guerra en agosto de 1914, argumenta la historiadora Ruth Henig, “los poderes europeos contemplaban una serie de encuentros militares cortos e incisivos, seguidos presumiblemente de un congreso general de los beligerantes en el que confirmarían los resultados militares mediante un arreglo político y diplomático”. Guillermo, el príncipe heredero de la corona alemana, ansiaba que la guerra fuera “radiante y gozosa”. El ministro ruso de la Guerra, el general V.A. Sukhomlinov, se preparaba para una batalla de dos a seis meses y las expectativas británicas eran que sus fuerzas expedicionarias estuvieran en casa para Navidad.
La guerra, sin embargo, duró cuatro años y tres meses y el entusiasmo que exhibieron a favor de ella la mayor parte de las poblaciones de los países beligerantes, incluidas las clases trabajadoras, se evaporó relativamente pronto, especialmente en Europa central y del este. La escasez de comida y de materias primas y los numerosos conflictos que se derivaron de las duras condiciones en que se desarrolló la guerra formaron el telón de fondo de las revoluciones de 1917 en Rusia que sucesivamente derribaron al régimen zarista y llevaron a los bolcheviques al poder, el cambio revolucionario más súbito y amenazante que conoció la historia del siglo XX. En 1919, solo quedaban los imperios británico y francés. Todos los demás habían desaparecido y con ellos, un amplio ejército de oficiales, soldados, burócratas y terratenientes que los habían sostenido.
En el siglo que transcurrió entre el Congreso de Viena en 1815, que puso fin a la era de Napoleón, y el estallido de la Primera Guerra Mundial, Europa fue el escenario de dos grandes guerras que destacaron sobre otros conflictos más localizados: la guerra de Crimea, de 1854-56, dejó unos 400.000 muertos; la que enfrentó a Francia y a Prusia, en 1870-71, causó 184.000 víctimas. Más de ocho millones de personas murieron en la Gran Guerra de 1914-1918, una cifra a la que habría que añadir las víctimas de la pandemia de gripe de 1918-19, que golpeó con severidad a una población debilitada por los efectos de la contienda.
Antes de 1914, los civiles muertos en las guerras eran pocos comparados con quienes las combatían. En la Primera Guerra Mundial, las víctimas civiles mortales ya representaron un tercio del total; en la Segunda, superaron los dos tercios. El “embrutecimiento” causado por la primera de esas guerras, con terribles consecuencias, dio paso a que las poblaciones civiles se convirtieran en objeto de acoso y destrucción.
Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, el destino de Europa comenzó a decidirse por la fuerza de las armas. Fue un conflicto de una escala sin precedentes, con dos frentes principales, uno occidental y otro oriental, con la aparición, por primera vez en la historia, de los bombardeos aéreos, después de que las batallas por tierra y por mar hubieran sido durante mucho tiempo las principales manifestaciones de la guerra. Ya a comienzos de 1915 hubo ataques con bombas desde el aire, ejecutados por británicos y alemanes. Y las atrocidades cometidas sobre la población civil demuestran que esa guerra inauguró una nueva época en la violencia entre Estados, que alcanzó su cénit en la Segunda Guerra Mundial.
Según la investigación de John Horme y Alan Kramer, 6.427 civiles belgas y franceses fueron asesinados por las tropas alemanas invasoras en agosto de 1914, apenas comenzada la guerra, y la persecución y muerte de civiles fue también habitual en el frente este, protagonizada por soldados alemanes, austriacos y rusos. Cientos de miles de lituanos, letones, polacos y judíos fueron deportados al interior de Rusia. Aunque el ejemplo más claro de ese “embrutecimiento” alimentado por la Gran Guerra, un claro precedente del genocidio nazi, fue el asesinato a sangre fría de al menos 800.000 armenios, entre 1915 y 1916, por las fuerzas armadas otomanas, una acción deliberadamente planeada y llevada a cabo por las elites del Estado otomano.
La Primera Guerra Mundial, que decidió el destino de Europa por la fuerza, tras décadas de primacía de la política y de la diplomacia, ha sido considerada por muchos autores la auténtica línea divisoria de la historia europea del siglo XX, la ruptura traumática con las políticas entonces dominantes. Marcó el comienzo de la escalada de la violencia en esa era que se extendió hasta 1945, porque borró la línea entre el enemigo interno y externo, la frontera entre población civil y militar, fue el escenario de los primeros ejemplos de exterminio masivo de la historia y de ella salieron el comunismo y el fascismo, los movimientos paramilitares y la militarización de la política.
La mayoría de los dirigentes de los grandes poderes en el momento del estallido de la Primera Guerra Mundial pertenecían a ese mundo exclusivo y elitista, estrechamente vinculado a la cultura aristocrática del Antiguo Régimen, con escasos conocimientos sobre la sociedad industrial y los cambios sociales que estaba provocando. Tras ella, ya nada fue igual. A los intelectuales y artistas les resultó casi imposible quedarse al margen de los grandes debates públicos. El comunismo y el fascismo se convirtieron en alternativas a la democracia liberal, vehículos para la política de masas, viveros de nuevos líderes que, subiendo de la nada, arrancando desde fuera del establishment y del viejo orden monárquico e imperial, propusieron rupturas radicales con el pasado. Como declaró Sir Edward Grey, ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, las luces se estaban apagando en Europa.
Cuando comenzó esa guerra, Europa estaba dominada por vastos imperios, gobernados —excepto Francia, donde había surgido una república de la derrota en la guerra con Prusia en 1870— por monarquías hereditarias. La nobleza ejercía todavía un notable poder económico y político. En Gran Bretaña, Francia o Alemania, por citar a las naciones más poderosas, una oligarquía de ricos y poderosos, de buenas familias, de nobles y burgueses conectados a través de matrimonios y consejos de administración de empresas y bancos, mantenía su poder social a través del acceso a la educación y a las instituciones culturales.
Muchos ciudadanos europeos tenían restringida la libertad para hablar su idioma o practicar su religión y sufrían notables discriminaciones por el género, la raza o la clase a la que pertenecían. Las mujeres no votaban, con excepciones como la de Finlandia que les había concedido el voto en 1906, y en raras ocasiones se les permitía poseer propiedades o llevar sus propios negocios. Antes de 1914, la democracia y la presencia de una cultura popular cívica, de respeto por la ley y de defensa de los derechos civiles, eran bienes escasos, presentes en algunos países como Francia y Gran Bretaña y ausentes en la mayor parte del resto de Europa.
Fue ese orden el que comenzó a desmoronarse cuando Austria declaró la guerra a Serbia el 28 de julio de 1914, un mes después del asesinato en Sarajevo del heredero al trono austriaco, el archiduque Francisco Fernando. A partir de ahí, las tensiones y rivalidades entre los diferentes Estados la convirtieron en una guerra general, primero europea y, tras la entrada de Estados Unidos el 6 de octubre de 1917, mundial. Y aunque los gobiernos de los principales poderes, desde Rusia a Gran Bretaña, pasando por Alemania y Austria-Hungría, contribuyeron a poner en riesgo la paz con sus movilizaciones militares, ninguno de ellos había hecho planes militares o económicos para un prolongado combate.
Esperaban que la guerra fuera corta porque sabían que si entraban en guerra todos la vez, algo que posibilitaba el sistema de alianzas pactado unos años antes, el dinero y las energías gastadas podrían conducir a la bancarrota de la industria y del crédito en Europa. Al declarar la guerra en agosto de 1914, argumenta la historiadora Ruth Henig, “los poderes europeos contemplaban una serie de encuentros militares cortos e incisivos, seguidos presumiblemente de un congreso general de los beligerantes en el que confirmarían los resultados militares mediante un arreglo político y diplomático”. Guillermo, el príncipe heredero de la corona alemana, ansiaba que la guerra fuera “radiante y gozosa”. El ministro ruso de la Guerra, el general V.A. Sukhomlinov, se preparaba para una batalla de dos a seis meses y las expectativas británicas eran que sus fuerzas expedicionarias estuvieran en casa para Navidad.
La guerra, sin embargo, duró cuatro años y tres meses y el entusiasmo que exhibieron a favor de ella la mayor parte de las poblaciones de los países beligerantes, incluidas las clases trabajadoras, se evaporó relativamente pronto, especialmente en Europa central y del este. La escasez de comida y de materias primas y los numerosos conflictos que se derivaron de las duras condiciones en que se desarrolló la guerra formaron el telón de fondo de las revoluciones de 1917 en Rusia que sucesivamente derribaron al régimen zarista y llevaron a los bolcheviques al poder, el cambio revolucionario más súbito y amenazante que conoció la historia del siglo XX. En 1919, solo quedaban los imperios británico y francés. Todos los demás habían desaparecido y con ellos, un amplio ejército de oficiales, soldados, burócratas y terratenientes que los habían sostenido.
En el siglo que transcurrió entre el Congreso de Viena en 1815, que puso fin a la era de Napoleón, y el estallido de la Primera Guerra Mundial, Europa fue el escenario de dos grandes guerras que destacaron sobre otros conflictos más localizados: la guerra de Crimea, de 1854-56, dejó unos 400.000 muertos; la que enfrentó a Francia y a Prusia, en 1870-71, causó 184.000 víctimas. Más de ocho millones de personas murieron en la Gran Guerra de 1914-1918, una cifra a la que habría que añadir las víctimas de la pandemia de gripe de 1918-19, que golpeó con severidad a una población debilitada por los efectos de la contienda.
Antes de 1914, los civiles muertos en las guerras eran pocos comparados con quienes las combatían. En la Primera Guerra Mundial, las víctimas civiles mortales ya representaron un tercio del total; en la Segunda, superaron los dos tercios. El “embrutecimiento” causado por la primera de esas guerras, con terribles consecuencias, dio paso a que las poblaciones civiles se convirtieran en objeto de acoso y destrucción.
Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, el destino de Europa comenzó a decidirse por la fuerza de las armas. Fue un conflicto de una escala sin precedentes, con dos frentes principales, uno occidental y otro oriental, con la aparición, por primera vez en la historia, de los bombardeos aéreos, después de que las batallas por tierra y por mar hubieran sido durante mucho tiempo las principales manifestaciones de la guerra. Ya a comienzos de 1915 hubo ataques con bombas desde el aire, ejecutados por británicos y alemanes. Y las atrocidades cometidas sobre la población civil demuestran que esa guerra inauguró una nueva época en la violencia entre Estados, que alcanzó su cénit en la Segunda Guerra Mundial.
Según la investigación de John Horme y Alan Kramer, 6.427 civiles belgas y franceses fueron asesinados por las tropas alemanas invasoras en agosto de 1914, apenas comenzada la guerra, y la persecución y muerte de civiles fue también habitual en el frente este, protagonizada por soldados alemanes, austriacos y rusos. Cientos de miles de lituanos, letones, polacos y judíos fueron deportados al interior de Rusia. Aunque el ejemplo más claro de ese “embrutecimiento” alimentado por la Gran Guerra, un claro precedente del genocidio nazi, fue el asesinato a sangre fría de al menos 800.000 armenios, entre 1915 y 1916, por las fuerzas armadas otomanas, una acción deliberadamente planeada y llevada a cabo por las elites del Estado otomano.
La Primera Guerra Mundial, que decidió el destino de Europa por la fuerza, tras décadas de primacía de la política y de la diplomacia, ha sido considerada por muchos autores la auténtica línea divisoria de la historia europea del siglo XX, la ruptura traumática con las políticas entonces dominantes. Marcó el comienzo de la escalada de la violencia en esa era que se extendió hasta 1945, porque borró la línea entre el enemigo interno y externo, la frontera entre población civil y militar, fue el escenario de los primeros ejemplos de exterminio masivo de la historia y de ella salieron el comunismo y el fascismo, los movimientos paramilitares y la militarización de la política.
La mayoría de los dirigentes de los grandes poderes en el momento del estallido de la Primera Guerra Mundial pertenecían a ese mundo exclusivo y elitista, estrechamente vinculado a la cultura aristocrática del Antiguo Régimen, con escasos conocimientos sobre la sociedad industrial y los cambios sociales que estaba provocando. Tras ella, ya nada fue igual. A los intelectuales y artistas les resultó casi imposible quedarse al margen de los grandes debates públicos. El comunismo y el fascismo se convirtieron en alternativas a la democracia liberal, vehículos para la política de masas, viveros de nuevos líderes que, subiendo de la nada, arrancando desde fuera del establishment y del viejo orden monárquico e imperial, propusieron rupturas radicales con el pasado. Como declaró Sir Edward Grey, ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, las luces se estaban apagando en Europa.
Julián Casanova es autor de Europa contra Europa, 1914-1945 (Editorial Crítica
La guerra vista por los que la vivieron
Cinco centenarios nos hablan un siglo después de la guerra y de sus vidas a caballo entre dos siglos. Nos prestan sus recuerdos, un extraordinario y valioso eslabón con el pasado
El País Madrid 15 ENE 2014 - 14:23 CET7
Dorothy Ellis junto a una foto de su marido, que combatió durante la I Guerra Mundial.
Dorothy Ellis, Reino Unido.
"Se suponía que iba a ser la guerra que acabara con todas las guerras pero no lo fue”
Durante su noviazgo no surgió el tema de la Primera Guerra Mundial. Fue después de casarse cuando advirtió una cicatriz del tamaño de una moneda en la parte inferior de la pierna de su marido, Wilfred.“Al principio no hablamos de la guerra”, dice. “Teníamos muchas otras cosas de las que hablar. Y, como a muchos otros hombres de la época, no le gustaba hablar de lo que había vivido. Pero cuando vi la herida le pregunté. Me dijo: ‘Es un agujero de bala’, y entonces empezó a contarme cosas poco a poco”.
Dorothy, de 92 años, es la última viuda superviviente de un soldado británico de la Primera Guerra Mundial. No nació hasta tres años después de la guerra y no se casó con Wilfred hasta 1942. Pero sus recuerdos de él, las conversaciones que mantenía y las escasas reliquias que conserva de cuando él era un adolescente que luchaba en el horror embarrado del Frente Occidental ofrecen un extraordinario, frágil y valioso eslabón con la Gran Guerra.
“Cuando vi la cicatriz me contó cómo le dispararon en el tobillo y casi no podía andar”, recuerda Dorothy. “Se apoyó en el hombro de un amigo que le ayudó a atravesar la tierra de nadie. Llegaban balas de todas partes, pero consiguieron esquivarlas y llegar al otro lado. El amigo le dijo: ‘Aquí estamos, no puedo hacer más por ti’. Wilfred contestó: ‘Muchas gracias’”.
Estaban metiendo a los heridos en carromatos. Wilfred preguntó si podían llevarle y se las arregló para subir. “Ocupó la última plaza”, dice Dorothy.
Wilfred tenía 19 años y no le dejaron remolonear en el hospital. “Había tantos muertos que les ordenaban volver al frente incluso aunque todavía no estuvieran bien del todo”.
Dorothy sabe con exactitud la fecha de la herida porque Wilfred la anotó en la primera página de una Biblia diminuta que llevaba, hoy una reliquia delicada y llena de señales de su servicio. Escribió: “Herido en marzo de 1918”. La siguiente anotación es igual de breve: “Gaseado en agosto de 1918”.
“Fue el fosgeno”, explica Dorothy. El ataque con gas se produjo durante la segunda betalla del Somme. “No pudo eludirlo”, dice. “Fue una batalla terrible. Una vez más, uno de sus amigos le ayudó a llegar a una trinchera vacía. Wilfred me contó que se quedó allí, tendido, esperando y rezando para que se detuviera la lucha. Al cabo de un rato, apareció un soldado alemán que entró de un salto, armado con una bayoneta que apuntó al estómago de Wilfred. Este creyó que le había llegado la hora. Pero, por alguna razón, el alemán se fue. Seguramente, me contó mi marido, creyó que era un pobre diablo y que no merecía la pena el esfuerzo. Nuestros soldados se apoderaron de la trinchera y Wilfred se salvó”.
Una de las cosas que más lamentaba Wilfred era que los soldados supieron con retraso que se había terminado la guerra, en noviembre de 1918. “Al principio no se dio cuenta”, dice Dorothy. “Siguieron luchando, la guerra continuó para ellos. Se enteraron al día siguiente, y fue horrible, porque hubo hombres que murieron o resultaron heridos cuando la guerra ya se había terminado”.
La última anotación de Wilfred en la biblia dice: “Regreso a casa diciembre de 1918”, y entonces comenzó el resto de su vida. “Quiso dejarlo atrás y continuar con su vida. No tenía malos sentimientos. Siguió adelante. Era una persona que tenía una fe muy sólida y creo que la oración le ayudó”.
De vuelta en Inglaterra, la familia de Wilfred le ayudó a recobrar la salud. Tenía talento musical y vivió días felices como primer violinista en la orquesta del transatlántico Empress of Britain, convencido de que el aire de mar le ayudaría a recuperarse de los efectos del gas, aunque siempre sufrió brotes de bronquitis. A pesar del disparo en el tobillo, era buen bailarín.
Se mudó de Londres a Devon, donde conoció y se enamoró de Dorothy, pese a tener el doble de años que ella. Se casaron y establecieron una tienda de antigüedades. Uno de sus vecinos era el escritor Michael Morpurgo, que escribió algunos elementos de su libro War Horse inspirándose en las historias de la guerra que le contaban Wilfred y otros habitantes del pueblo.
Durante todo ese tiempo, Dorothy siempre quiso que Wilfred le contara cosas. En una ocasión le preguntó porqué se había alistado antes de cumplir 18 años. “Le pregunté por qué lo había hecho”, dice. “El caso es que era alto, (1,88) y delgado. Parecía mayor, y en esos días, en Inglaterra, las señoras daban una pluma blanca, una señal de cobardía, a los hombres que no iban de uniforme. Wilfred me contestó: ‘Me propuse que ninguna señora tuviera que darme nunca ninguna pluma. Así que me alisté y me fui’”.
Sin embargo, nunca se enfadó por haber ido a la guerra. “Murieron y resultaron heridos muchos de sus amigos, pero él no estaba enfadado”, asegura Dorothy. “Y nunca sintió hostilidad hacia los alemanes. Pensaba que fue una terrible pérdida de vidas en ambos bandos y que nadie salió ganando”.
“Una vez hizo prisioneros a unos alemanes. Y que vio que estaban haciendo lo mismo que nosotros, luchando por su país, igual que los nuestros luchaban por nuestro país. Cuando hay que sufrir, todos son iguales”.
Tras lo que Dorothy llama una “larga y deliciosa historia de amor”, Wilfred murió en 1981, a los 82 años. Su viuda ha regalado a un museo su herramienta de cavar trincheras, pero se ha quedado con la Biblia y con un recordatorio bordado que Wilfred envió a su madre, Lavinia, desde Francia, que dice “Que Dios te acompañe, hasta que nos veamos”, y que contiene una pequeña flor seca, cogida en el campo de batalla.
No quiere separarse de la fotografía de un Wilfred adolescente, seguro y contenido en su uniforme. “Me parece una foto preciosa. Parece amable y decidido. Por supuesto que estoy orgullosa de él, muy orgullosa de él y de lo que hizo. Era una persona maravillosa”.
¿Sus experiencias en el Frente Occidental le dejaron cicatrices mentales, además de físicas? “Siempre decía que perder a los compañeros le hacía pensar a veces que nunca debería haber sido así. A la hora de la verdad, no gana nadie, todos pierden de una forma u otra. Wilfred siempre decía que se suponía que iba a ser la guerra que acabara con todas las guerras pero no lo fue. Las guerras siguen existiendo”. Por Steven Morris (The Guardian)
Emma Morano, Italia.
Con 114 años, la mujer más anciana de Europa conserva aún recuerdos de su recorrido a caballo entre siglos
“Augusto y yo soñábamos con tener una vida juntos, éramos jóvenes y estábamos prometidos. Él había nacido en 1899, como yo. Cuando llamaron a los soldados a la guerra, se fue a luchar a las montañas, con los alpinos. Nos dijimos adiós. Durante un tiempo recibí cartas de él, que, por supuesto, hablaban de amor. Y de la guerra. Hasta que dejaron de llegar cartas. Y nunca más volví a ver a Augusto”.Emma Morano tiene 114 años, es la mujer más anciana del Viejo Continente y conserva todavía muchos recuerdos de su recorrido a caballo entre siglos. Algunos nítidos, y otros que se confunden con otros muchos ya esfumados. En los años de la Gran guerra, ya se había trasladado con la familia de su pueblo de origen, Civiasco nel Vercellese, a Villadossola, donde el padre había encontrado trabajo en una fábrica de acero.
Hoy, la abuela de Europa vive en Pallanza, Verbania, a 150 pasos del monumento que desde 1932 -cuatro años después de su muerte- alberga los restos del general Luigi Cadorna, el jefe de Estado mayor de Italia entre 1915 y 1918. “Le llamaban el príncipe de la guerra”, recuerda Emma Morano. Y así es precisamente como se define al mariscal de Italia en una inscripción en el interior del mausoleo, vigilado por 12 estatuas de soldados esculpidas en la piedra del valle de Ossola. Una suerte y un homenaje muy distintos a los de los 102 nombres recordados en la modesta lápida situada allí cerca, los nombres de los caídos en combate. Tenientes, capitanes, cabos. Jóvenes.
Historias y rostros que podrían superponerse con el de Augusto, un chico del 99. “Era de Villadossola”, cuenta Emma. “En aquellos años habitábamos en una de las casas de obreros dentro de la planta de acero. Yo era joven, me gustaba cantar y, cuando la gente pasaba bajo mi ventana, se paraba a escuchar. Tenía una voz bonita. Y Augusto se enamoró. Junto con mi hermana Angela, escuchábamos a menudo la radio, las noticias que llegaban del frente. Eran años de ilusiones, aunque estuviéramos en guerra. Íbamos a bailar y, si no volvíamos a casa a la hora fijada, mi madre venía a buscarnos y nos daba golpes en las piernas. Comíamos arroz, un poco de pan y queso y nos calentábamos con la estufa. Yo también llevaba dinero a casa, había empezado a trabajar a los 13 años en el Jutificio Ossolano, la fábrica de objetos de yute. Hacíamos sacos con una máquina de coser de ocho o nueve metros, y debíamos tener cuidado de no romper nada, porque teníamos que pagarlo. Pero tenía mala salud, y el médico me aconsejó mudarme a Pallanza, donde encontré trabajo en el Jutificio Maioni, del mismo dueño. La guerra ya había terminado y así inicié un nuevo capítulo de mi vida”. Sin Augusto, un chico del 99 caído en los campos de batalla que Europa, un día, volvería a unir. Con Emma, que aquí sigue, a sus 114 años, en su casa a dos pasos del Lago Mayor, llena de recuerdos y emociones. Por Carlo Bologna (La Stampa)
Ovsanna Kaloustian, Francia.
La historia de una de las últimas supervivientes del genocidio armenio en 1915
La diminuta mujer ya no sale mucho a la calle en Marsella. Camina apoyada en un bastón, mimada y protegida por su hija y sus nietos. Pero, cuando alguien evoca su infancia, los ojos se le iluminan y los recuerdos vuelven, perfectamente intactos. Ovsanna Kaloustian, de 106 años, es una de las últimas supervivientes del genocidio armenio en 1915. Una portadora de memoria, muy consciente de su papel, a punto de cumplirse el centenario de la tragedia. «Dios me dejó con vida para que lo contara», repite en los últimos años.Del terror, de las matanzas y las deportaciones de su pueblo en la Turquía otomana, Ovsanna conserva una multitud de imágenes y detalles que relata con fogosidad. Nació en 1907 en Adabazar, una ciudad situada a unos 100 kilómetros al este de Estambul, y creció en una casa muy belbonita, tres pisos y jardín, enfrente de la iglesia del barrio. En aquel entonces, la ciudad era un importante cetro comercial y artesano, y los armenios, que ascendían a unas 12.500 personas en 1914, constituían la mitad de sus habitantes. Ovsanna recuerda que «hasta los griegos y los turcos hablaban armenio». De hecho, ella no aprendió turco hasta la deportación. Su padre tenía un bar, que al mismo tiempo era peluquería y consulta en la que se sacaban muelas. Ella bebía allí su té cada mañana, antes de irse al colegio.
Ovsanna tiene ocho años en 1915, cuando, en plena guerra, el gobierno de los Jóvenes Turcos da la orden de deportar a los armenios. En Adabazar, la orden llega a mitad de verano. «Era un domingo, la madre de Ovsanna regresaba de la iglesia. Y el cura acababa de anunciar que había que evacuar la ciudad en tres días, barrio por barrio», cuenta Frédéric, nieto de la superviviente y depositario de la memoria familiar. Las caravanas, a pie, se ponen en movimiento hacia el sur y el este. Ovsanna, sus padres, su hermano, sus tíos, tías y primos, llegan a Eskisehir, donde les encierran en un tren. Así, en esos vagones para animales, enviarán a miles de armenios a los desiertos de Siria. Sin embargo, el tren que transporta a la familia se detiene a mitad de camino, en la estación de Cay, cerca de Afyon. Les ordenan que monten un campamento provisional. Los centros de clasificación de más adelante están congestionados. Por fin, dos años después, les dispersan, y ellos corren a esconderse en el campo circundante. Ovsanna tiene ya 10 años y lo que más teme son los secuestros de niñas a manos de los bandoleros (çete) que colaboran con el ejército otomano.
Con el armisticio, en 1918, los supervivientes intentan volver. La familia de Ovsanna encuentra su casa calcinada y decide volver a irse, bajo la presión de los turcos que ocupan ahora la ciudad. El éxodo comienza en dirección a Estambul. En 1924, los tíos y los primos se embarcan hacia Estados Unidos. Cuatro años más tarde, la joven Ovsanna se sube a un barco que se dirige a Marsella. «Llegamos en diciembre, bajo la nieve», recuerda. Como tantos otros --el 10% de la población actual de Marsella está formado hoy por descendientes de los fugitivos del genocidio armenio--, se instala, cose un poco para ganarse la vida, se casa con Zave Kaloustian, único superviviente de una familia masacrada, abre una tienda de comestibles orientales, consigue un pedazo de tierra y construye allí su casa. "La abuela nos enseñó armenio, pero la historia nos la transmitió después", cuenta su nieto. Ovsanna milita en asociaciones culturales, participa en las manifestaciones de la comunidad y sigue hoy prestando testimonio para combatir el negacionismo, incansable y siempre animada, cien años después de las matanzas. Para su descendiente, «negar el genocidio es rechazar la palabra de mi abuela». Por Guillaurme Perrier (Le Monde)
Isidro Ramos, España.
“Había miedo de que la guerra llegara a España”
A sus 103 años, recuerda que los precios subieron durante la contienda que enriqueció a un país neutralIsidro Ramos cumple hoy “cinco meses”. Cinco meses que se añaden a sus 103 años: con el siglo a la espalda, celebra los cumplemeses. Nació en un pueblo castellano, Aldeadávila de la Ribera (provincia de Salamanca), “el 20 de julio de 1910”. Entre sus primeros recuerdos está la Primera Guerra Mundial. Son los de un niño crecido en el atrasado campo español. “Oí algo de aquello, un poquito, pero no cogí fe ninguna [no me enteré mucho]. Se decía que había una guerra grande en Europa. Había miedo por si llegaba a España”. No llegó, pero sí tuvo efectos: un auge económico por los beneficios de las exportaciones a los contendientes. Ramos solo recuerda que “subieron los precios, las cosas se encarecían por la guerra”. Y en su familia “andaba la cosa escasa [de dinero]”.
El hombre habla con voz firme y frases cortas. Dispara los números. Por aquel entonces, cuando él era un niño chico, “las libras de pan costaban dos reales y dos perras, o sea, 12 céntimos”, dice. “Una fanega de trigo valía 15 pesetas, una de centeno, 12 y una de cebada, 11”. “Una fanega eran 43 kilos. Los precios subían de poco en poco, una perra o cinco reales…”, aclara este anciano que asegura manejarse con los euros. Una peseta, compuesta por 100 céntimos, equivale a 0,6 céntimos de euro.
Fuentes: CSIC, INE, OMS y "Mortalidad y modernidad en la España contemporánea" (Pérez Modera V., Reher D. Sanz A.).
A esa contienda siguieron otras que se agolpan en la memoria del anciano que vive en una residencia de mayores de una localidad madrileña. “De la guerra de África recuerdo que los españoles corrían por el Gurugú”. Un paisaje que él conocería pronto: tuvo que hacer el servicio militar en el norte de Marruecos, entonces en manos españolas. Una docena de meses (noviembre de 1931-1932, con la zona ya pacificada y una España republicana) en los que estuvo en Melilla, en Alhucemas… Entonces vio el mar por primera vez. Pero le obligaron a bañarse y eso ya no le gustó. “El mar no me desagrada, pero es para verlo desde fuera”, sentencia este hombre de tierra adentro que no lo ha vuelto a contemplar. Aun así, recuerda el año de mili como la mejor época de su vida. Fueron sus únicas vacaciones: “No tenía nada que hacer”, aclara riendo.
Poco tiempo después de cumplir con el Ejército, en 1936 llegó otra guerra más a la vida de Isidro Ramos: la civil, la gran herida bélica en España. El hombre estaba de vuelta en su pueblo cuando le movilizó el ejército de Franco. La enfermedad de su padre y la necesidad de hacerse cargo de sus nueve hermanos permitió que solo combatiera cinco meses. Estuvo en Madrid. “Rompimos el frente desde Getafe y entramos en Pinto”, recuerda. También le tocó “tapar a los muertos”. Luego llegaría la Segunda Guerra Mundial, Franco gobernaría hasta morir en la cama, en 1975, y Ramos conocería la democracia. Enumera casi sin fallo los presidentes del Gobierno que ha habido desde entonces. “Rajoy es el presidente que hay ahora”, matiza. Con más de un siglo a la espalda, asegura que le gustaba más la vida de antaño. “Ahora se trabaja poco, todos los sábados son fiesta”, concluye con aire crítico. Por Charo Nogueira
Józef Lewandowski, Polonia
"Nos fuimos a dormir un día estando en Alemania y al otro nos despertamos ya en Polonia"
Józef Lewandowski recuerda: "Mis padres se mudaron de Sępólno Krajeńskie a Bydgoszcz en 1918, antes de que Polonia hubiera conseguido la independencia. Yo en aquel entonces tenía cinco años.Pese a lo que pueda parecer, la Primera Guerra Mundial fue, o al menos así fue para mi familia y para mí, un periodo muy tranquilo. No recuerdo en aquella época ni un disparo, ni batallas ni derramamiento de sangre de ningún tipo. ¿Cómo fue el final del conflicto? Pues simplemente nos fuimos a dormir un día estando en Alemania, y al otro, nos despertamos ya en Polonia. No hubo grandes festejos. Cambiaron las autoridades, las banderas y toda la Administración. Pero para una familia proletaria media como en la que yo fui educado, no se notó mucha diferencia. La vida siguió su curso. En las calles de Bydgoszcz podía uno seguir oyendo dar los “buenos días” tanto en polaco como en alemán. Los periódicos alemanes se siguieron publicando. La compra la hacíamos en las mismas tiendas de antes, que eran principalmente propiedad de alemanes.
Tras el fin de la guerra, en 1919, estalló en la ciudad de Poznań el alzamiento de la región de la Gran Polonia. En Bydgoszcz se mantenía la tranquilidad, aunque la lucha continuaba en las poblaciones cercanas. Por aquel entonces yo vivía con mis padres en una casa de la calle Jasna, en un barrio de la ciudad llamado Okole, cerca de las vías del ferrocarril. Me gustaba mirar por la ventana y ver cómo pasaban los trenes. Una vez vi cómo el Ejército polaco tendía una emboscada a un vagón alemán. Salía de la estación de Bydgoszcz y transportaba soldados que probablemente tenían que apoyar a sus compañeros en las batallas cerca de Nakło. Los nuestros se escondieron tras un terraplén y se les echaron encima cuando la máquina se estaba acercando. Pillaron a los alemanes por sorpresa. Se rindieron sin presentar resistencia. Los polacos los desarmaron. No sé qué pasó con ellos después.
Tras el alzamiento, las relaciones entre polacos y alemanes en Bydgoszcz continuaron siendo buenas. Nos tratábamos unos a otros con respeto. Al fin y al cabo, llevábamos muchos años conviviendo como vecinos. Los polacos conocían bien el alemán y mantenían contactos comerciales y personales con los alemanes.
Hasta mi profesor en la escuela era alemán. Hablaba muy mal el polaco. Pero ha quedado en mi recuerdo como una persona muy buena y un buen profesor. En clase nos reíamos mucho. Gracias a él aprendí también un buen alemán. Cuando, muchos años después de la guerra, decidió volver a su país, sus alumnos lo acompañaron a la estación de trenes llorando. Nadie lo miraba a través del prisma de su nacionalidad alemana.
Pero, por supuesto, también había alemanes que se sentían mal en la Polonia independiente. Se metían en peleas y andaban buscando venganza. Yo mismo, de niño, tuve una riña con el hijo del carnicero, Wolf. Quería pegarme por hablar polaco. Tuve que esconderme de él durante varios días en casa. Por suerte la familia de los Wolf emigró poco después a Dánzig. Una parte de los alemanes como ellos se trasladó precisamente o bien a esta Ciudad libre, o bien al oeste, a su país. Pero unos pocos se quedaron en Bydgoszcz. Y continuamos teniendo buenas relaciones hasta que estalló la siguiente gran guerra".
Józef Lewandowski nació en 1913 cerca de Sępólno Krajeńskie (en alemán Zempelburg). Lleva 96 años viviendo en Bydgoszcz. Antes de la Segunda Guerra Mundial trabajó en los ferrocarriles. Durante el conflicto bélico pasó por el campo de concentración alemán de Stutthof. Tras el fin de la guerra, y hasta su jubilación, trabajó como directivo de una empresa láctea. Con la colaboración de Wojciech Bielawa (Gazeta Wyborcza)
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