Hay dos tipos de gobiernos de izquierda en América Latina. Por un lado, los de Chile, Uruguay y, tal vez, Brasil. Por el otro, los de Venezuela, Argentina, Ecuador y Nicaragua.
Por: Armando Montenegro
Los segundos, con lenguaje y prácticas populistas, mantienen las formas externas de la democracia con elecciones periódicas, pero desde el Ejecutivo socavan la separación de poderes, someten el Congreso y el poder judicial y atacan la libertad de prensa y opinión. Sus equipos de gobierno son incompetentes y su manejo económico es torpe (una excepción es el gobierno de Rafael Correa, disciplinado por las reglas de la dolarización, que ha realizado un destacado proyecto de construcción de infraestructura).
Una diferencia fundamental entre estos dos modelos consiste en que Uruguay, Chile y Brasil plantean proyectos colectivos que tratan de incluir a todos sus grupos y clases sociales. Las medidas redistributivas necesarias —como los impuestos a los más ricos o los programas a favor de los pobres— se realizan en el contexto de la construcción de una nación más justa y equilibrada, a la manera de algunos países socialdemócratas europeos. En cambio, en Venezuela o Argentina, como elemento esencial de su práctica política, los gobiernos dividen la sociedad entre amigos y enemigos, revolucionarios y traidores. Atizan los resentimientos y temores de los más débiles, desprecian al individuo, lo masifican y lo vinculan a una movilización permanente que se canaliza tumultuosamente hacia los referendos, elecciones y reelecciones.
Dado que en el primer grupo de países la justicia es independiente y se respeta la libertad de prensa, la corrupción es escasa. En cambio, en Venezuela y Argentina, con la justicia de bolsillo y la prensa libre marginada, ha crecido un grupo de millonarios cercanos a los gobernantes (los boliburgueses en Venezuela) que gozan de las gabelas cambiarias, los favores y los contratos privilegiados.
La caricatura completa es el gobierno de Nicaragua, una especie de lumpen de la izquierda, una dictadura indefinida, como las de los patriarcas de las novelas. La corrupción, los favoritismos, la injerencia de la consorte, la desmesura de los abusos nos hacen pensar que muchos revolucionarios murieron para que nada cambiara. Ortega y los Somoza ya pertenecen a la misma fauna política de la región.
Dado que muy seguramente Colombia tendrá gobiernos de izquierda en los próximos años (¿en 2018?), desde ya vale la pena pensar si ellos van a seguir los lineamientos serios y aglutinadores de Chile y Uruguay, o la forma populista, divisiva y corrupta de la pelotera de Maduro, los Kirchner y Ortega. Un examen de lo que hacen y dicen los principales líderes de hoy nos podría dar luces sobre la forma que tendrían sus gobiernos futuros.
Una diferencia fundamental entre estos dos modelos consiste en que Uruguay, Chile y Brasil plantean proyectos colectivos que tratan de incluir a todos sus grupos y clases sociales. Las medidas redistributivas necesarias —como los impuestos a los más ricos o los programas a favor de los pobres— se realizan en el contexto de la construcción de una nación más justa y equilibrada, a la manera de algunos países socialdemócratas europeos. En cambio, en Venezuela o Argentina, como elemento esencial de su práctica política, los gobiernos dividen la sociedad entre amigos y enemigos, revolucionarios y traidores. Atizan los resentimientos y temores de los más débiles, desprecian al individuo, lo masifican y lo vinculan a una movilización permanente que se canaliza tumultuosamente hacia los referendos, elecciones y reelecciones.
Dado que en el primer grupo de países la justicia es independiente y se respeta la libertad de prensa, la corrupción es escasa. En cambio, en Venezuela y Argentina, con la justicia de bolsillo y la prensa libre marginada, ha crecido un grupo de millonarios cercanos a los gobernantes (los boliburgueses en Venezuela) que gozan de las gabelas cambiarias, los favores y los contratos privilegiados.
La caricatura completa es el gobierno de Nicaragua, una especie de lumpen de la izquierda, una dictadura indefinida, como las de los patriarcas de las novelas. La corrupción, los favoritismos, la injerencia de la consorte, la desmesura de los abusos nos hacen pensar que muchos revolucionarios murieron para que nada cambiara. Ortega y los Somoza ya pertenecen a la misma fauna política de la región.
Dado que muy seguramente Colombia tendrá gobiernos de izquierda en los próximos años (¿en 2018?), desde ya vale la pena pensar si ellos van a seguir los lineamientos serios y aglutinadores de Chile y Uruguay, o la forma populista, divisiva y corrupta de la pelotera de Maduro, los Kirchner y Ortega. Un examen de lo que hacen y dicen los principales líderes de hoy nos podría dar luces sobre la forma que tendrían sus gobiernos futuros.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario