Trascendió esta semana que los camiones que trajo el alcalde Petro a las patadas cuando decidió asumir el tema de basuras no sirven en Bogotá porque los compraron sin que cumplieran los requisitos técnicos de Bogotá y sin una representación de la empresa proveedora, es decir, sin garantías.
Por: Felipe Zuleta Lleras
Claro, entonces la decisión de la administración es contratar seis talleres para que los reparen. Como quien dice, otro detrimento patrimonial que pagamos todos los bogotanos y del cual al parecer no va a responder absolutamente nadie.
No hay derecho que a esta altura del paseo los bogotanos tengamos que padecer un alcalde tan ineficiente, torpe en la toma de sus decisiones, improvisador y populista. Y el alcalde como si la cosa no fuera con él. Como si las decisiones que se toman en su administración las tomaran para una ciudad distinta. Todos los días es lo mismo. Con el Transmilenio, el pico y placa, el tercer carril para TM, las basuras. En fin, ni para qué enumerar todas las cagadas del alcalde, y creo que esta expresión se queda corta para la cantidad de desastres y decisiones erráticas que más parecen tomadas por un payaso de circo que por el alcalde de la ciudad más grande del país.
Petro es de lejos el peor alcalde que ha tenido la ciudad después de Samuel Moreno Rojas, hoy detenido por la comisión de un gran número de delitos, según lo ha dicho la Fiscalía General de la Nación.
Para tratar de tapar las cagadas, como los gatos, lanza una cantidad de iniciativas que en principio suenan sensatas, como por ejemplo la de poner wi-fi en algunas estaciones del TM. Pero como dicen los usuarios, si nos roban los celulares y las tabletas sin sacarlos, como será si los sacamos dizque para navegar por internet. Con tantos ciudadanos que se meten en una estación, o se cuidan de los hampones y pelean su puesto para subirse a los articulados, o se ponen a navegar. No entiendo por qué el alcalde no se resigna a entender que está destituido e inhabilitado y deja que otra persona asuma su puesto. Estoy seguro de que cualquier persona sería capaz de hacerlo mejor, aun viniendo de su extinto movimiento progresista, que de progresista no tiene nada porque la ciudad en vez de avanzar va, literalmente, de culo para el estanco.
Por supuesto que lo que uno diga o deje de decir no importa, pues al final del día lo único importante es que el próximo 6 de abril salgamos a votar por la revocatoria de Petro, ya que él se aferró a la silla de la Alcaldía pasando por encima de muchas decisiones judiciales. Y las últimas encuestas muestran que el 67% de los bogotanos saldrían a votar ese día, y de estos el 64% votaría en favor de que Petro se vaya.
Pero para cuando eso pase, y ojalá así sea, Bogotá habrá retrocedido 30 años y tendrán que pasar muchos años y al menos tres buenos alcaldes para volver a medio encontrar el rumbo que en su momento le marcaron Peñalosa y Mockus a la otrora más vivible ciudad capital.
Cuando el miércoles de esta semana entrevistamos en Blu Radio al director de Medicina Legal, el doctor Valdés, y nos relató los pormenores sobre la manera como fueron asesinados los dos policías en Tumaco, por parte de las Farc, no pude menos que decir al aire: son unos hijueputas.
Por: Felipe Zuleta Lleras
Y creo que no puede uno menos que pensar eso, cuando se sabe que estando vestidos de civil, haciendo labores sociales con la comunicad, fueron secuestrados, amarrados. A uno lo degollaron y al otro lo mataron a golpes. Sí, tal como suena. Y confieso que más indignación me dio cuando vi el jueves al negociador de las Farc —alias Iván Márquez— protestando enfáticamente por la decisión que en derecho tomó el presidente Santos de dejar en firme la destitución de Petro. Sí, el alcalde que esta semana se comparó con Jorge Eliécer Gaitán, el mismo que arremetió en contra de las instituciones, los medios, las altas cortes. Precisamente las mismas que el M-19, su movimiento guerrillero, asesinó en 1985. Nada dijo Petro sobre los soldados ultimados por las Farc, pero en cambio pidió solidaridad de sus compañeros de lucha sentados en La Habana. Pero para ser más inconsecuente, ahora implora ayuda y se le arrodilla a Washington, a ese imperio que otrora atacaba con fervor y antipatía.
Todo esto es el mundo al revés. Petro arengando y furioso porque en Colombia las cortes no le dieron la razón, como si haber sido guerrillero le concediera patente de corso.
Me hubiera gustado haber visto a Petro en el balcón del Palacio Liévano rechazando este crimen de los asesinos de las Farc, pero no tuvo tiempo para eso, porque su megalomanía no lo deja pensar sino en él mismo, en su carrera política fallida. Tanto se enceguece el exalcalde, que nunca durante su desastrosa gestión reconoció haber cometido un solo error. Todo lo malo que sucedió fue culpa de alguien más. Por supuesto, Petro no salió por corrupto sino por inepto. Porque tomó muchas y muy equivocadas decisiones que les constarán a los bogotanos décadas para volver a tener una ciudad medianamente vivible.
Pero confieso que cuando escuchaba al director de Medicina Legal recordé que el presidente sostuvo que lo único que acabaría con el proceso de paz, con el que estoy de acuerdo, sería que se cometiera un magnicidio. Es decir, que los criminales de las Farc asesinen a alguien realmente prestante. Un periodista, un magistrado, un ministro. Como quien dice, acá hay ciudadanos de primera y de segunda. Entendí que estos jóvenes policías pertenecen, en el sentir del Gobierno, a la última categoría.
La verdad no son pocas las oportunidades en las que pienso que este país es absolutamente inviable y desquiciado por cuenta de la violencia, de su mal llamada clase dirigente y de sus políticos paranoicos, corruptos y cínicos. País de locos.
Notícula: Ojalá los electores no se vuelvan a equivocar de cara a las elecciones para elegir a quien suceda al exalcalde Petro, porque Bogotá no aguanta más.
@FZuletalleras
Ninguno de los argumentos dados por el Gobierno o sus abogados para incumplir las medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en el caso Petro es convincente.
Por: Rodrigo Uprimny
Algunos dicen que esas medidas son simples recomendaciones, que los Estados pueden o no aceptar. Pero no es así: en Colombia esas medidas son obligatorias, según reiterada jurisprudencia de la Corte Constitucional (CC).
Otros reconocen que la CC ha señalado que estas medidas son vinculantes, pero arguyen que es sólo para proteger la vida y la integridad personal. Pero no es así: todas las sentencias sobre el tema, como la T-524/05, han dicho que son obligatorias para proteger cualquier derecho contenido en la Convención Americana de Derechos Humanos, la cual incluye los derechos políticos.
Otros afirman que la CIDH se extralimitó, pues sólo puede actuar cuando se han agotado los recursos judiciales internos. Y que Petro aún contaba con la acción de nulidad. Pero no es así: este requisito opera para el trámite de fondo de un caso, pero no para las medidas cautelares. Aquí los requisitos son otros: la gravedad de la situación, la urgencia y la irreversibilidad del daño, elementos que la CIDH verificó en este caso.
Finalmente, algunos arguyen que la justicia colombiana ha funcionado, pues ha decidido las tutelas presentadas por Petro y sus seguidores, por lo que es ilegítima la intervención de la CIDH. Pero no es así: que haya decisiones judiciales no significa que la justicia nacional haya operado, pues de todos modos está permitiendo que una autoridad administrativa (el procurador), por un proceso que no es judicial sino administrativo, prive de sus derechos políticos a una persona, mientras que la Convención Americana señala que esa restricción sólo puede hacerla un juez a través de un proceso penal.
El presidente tenía entonces que acatar esas medidas cautelares. Si no estaba de acuerdo con ellas, podía solicitar a la CIDH que las revisara. Y no recurrir a la leguleyada chauvinista de desecharlas argumentando que no son obligatorias internacionalmente porque no están previstas en un tratado, sino en el reglamento de la CIDH, cuando Colombia siempre había reconocido la fuerza vinculante de esas medidas y se había esforzado por cumplirlas.
Es preocupante que Colombia, por ese chauvinismo jurídico, no cumpla sus obligaciones internacionales de buena fe, con lo cual se aparta de su mejor tradición jurídica. En efecto, el principio de que los Estados deben cumplir sus obligaciones internacionales “de buena fe” fue incorporado a la Carta de las Naciones Unidas precisamente por la intervención de uno de los delegados colombianos en la conferencia de San Francisco: Jesús María Yepes.
Este chauvinismo jurídico puede parecer muy astuto a algunos asesores gubernamentales, pero no sólo es normativamente inaceptable, sino que es incluso estratégicamente equivocado para los propios intereses nacionales, por los graves costos que tendrá para la credibilidad internacional de Colombia.
* Director de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.
* Director de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.
La destitución de Gustavo Petro ha destapado lo más profundo de los odios en las redes sociales colombianas.
Por: Luis Carlos Vélez
Desde que el Presidente Juan Manuel Santos decidió no acoger el pronunciamiento de la Comisión Interamericana de DD.HH., en Twitter se han disparado los insultos y ataques en contra de los medios de comunicación y los actores sociales y políticos.
Incluso este lenguaje de odio y rechazo también se materializó en ataques físicos en contra de la prensa. El miércoles por la noche, los equipos de reporteros de Citytv y Noticias Caracol fueron agredidos por manifestantes que exigían que nos retiráramos de la Plaza de Bolivar, mientras que paradójicamente en las redes nos criticaban por no transmitir más sobre la destitución del mandatario local. Es decir por un lado nos maltratan por no cubrir la noticia lo suficiente, mientras que por el otro destruyen nuestros equipos, amenazan a nuestros reporteros y nos sacan a puños por transmitir desde el lugar.
Algunos seguidores de Petro creen que si no se les da la cobertura que consideran que se merecen se le está mintiendo a la ciudadanía. En su pequeño mundo solo existen ellos y las supuestas injusticias que los rodean. Para ellos no existe una Cali asesinada por la violencia, ni mucho menos una Buenaventura con casas de pique y en medio de una disputa por parte de guerrilla, las bandas criminales y las fuerzas del orden del estado.
Claro, es entendible su proceder. Su líder tampoco ayuda. En su discurso del miércoles por la noche, Petro dijo que los medios tradicionales le dedicábamos tiempo en extensión a lo que pasa en Venezuela y poco a lo que le sucede a él en Bogotá. Algo completamente falso, sobre todo si se tiene en cuenta que ese mismo día se interrumpió varias veces la programación para llevar en vivo el desenlace de su proceso.
Más allá de las afinidades o diferencias políticas, de la decisión acertada o equivocada del Procurador, o de lo vinculante o no de los pronunciamientos de la Comisión Interamericana de DD.HH. el ahora destituído alcalde consistentemente ha usado un lenguaje de odio en su discurso.
Bajo su óptica se trata de: ellos o nosotros, de los medios tradicionales o su televisión pública, de la izquierda o de la derecha, de los ricos o de los pobres. No señor Petro, el mundo no es así. No es blanco o negro. Su política de odio cada vez más se parece a la venezolana y así no se construye país.
Tal es el término usado por juristas para significar una situación de pobreza y necesidad.
Por: Lorenzo Madrigal
Hace juego, pero no tiene que ver con la destitución de funcionarios. Lo que sí creo es que la ciudad quedó saqueada y maltrecha tras los últimos dos gobiernos. Aclaro, saqueada por el primero de los dos últimos y maltrecha por el segundo, a causa de improvisaciones administrativas y deficiencias en aseo, seguridad, movilidad. La ciudad se ve caótica, al despedir a Petro, el de la lengua de fuego.
Siempre he creído que una cosa es hacer revolución y otra hacer gobierno. Lo primero es ingeniarse para destruir y lo segundo es esforzarse para mantener lo construido y avanzar. Es tarea casi imposible para un revolucionario custodiar una cárcel, contener una revuelta, respetar unas leyes y no burlarse de ellas con tutelas pro-forma, repartidas entre cientos; representar el orden y no asociarse con la multitud parapetándose en los autos y gritando proclamas contra la autoridad que él mismo encarna.
Al alcalde destituido, sin embargo, debería dejársele continuar en la vida pública, sin muerte civil, acogido como fue a un proceso de paz; deben restituírsele las opciones políticas sin la inhabilidad, que le decretaron como una camisa de fuerza autoritaria. Sus electores verán si lo vuelven a elegir, pues el juego democrático es así de confuso y contradictorio.
Es mi opinión que Bogotá se siente aliviada, así se la haya confiado enteramente y en forma provisoria al Gobierno Nacional. Santos funge ahora como presidente, como candidato y como alcalde de la capital, a través de uno de sus ministros. La autoridad nacional tal vez ponga un poco de orden en este desbarajuste, del cual no escapan ni las estaciones de Transmilenio (el sueño ilusorio de Peñalosa ), donde mujeres acuchillan a mujeres, cuando no son violadas en tumultos voluptuosos. De los celulares ni hablar, cuyas llamadas se cortan, no sólo por deficiencias de la empresa, sino por robo.
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Se alega, en el caso Petro, la violación de los derechos humanos. A ver: la Declaración Universal del 48 da a entender que estos derechos se instituyen para las personas, no para los estados y sus autoridades. A una autoridad no la veo violada en su derecho humano porque sea sancionada de conformidad con la ley. Donde residen estos derechos es en los gobernados, para que se los garantice, cuando es debido, frente a las autoridades.
Otra cosa es que no sea conveniente en una democracia que un funcionario de elección indirecta pueda destituir a otro de elección popular. Asunto éste de género político, no tanto de derechos humanos, el cual atañe, si es el caso, al poder constituyente del Estado; es ahí donde debe buscarse el correctivo constitucional.
No hay ni asomo de reflexión crítica y autocrítica sobre el proceder del exalcalde de Bogotá en las filas de la izquierda.
Por: Darío Acevedo Carmona
Prefirió el camino facilista de interpretar la destitución de Gustavo Petro como fruto de una maniobra de la derecha para retomar el control de la capital, de la persecución ideológica de un procurador ultracatólico y oscurantista y una prueba de que están cerradas las vías legales al poder.
Bogotá estuvo gobernada por Lucho Garzón, Samuel Moreno, Clara López y Gustavo Petro, todos de orientación izquierdista. El balance no les es favorable y esa fue la razón del triunfo electoral de otras tendencias en las elecciones pasadas, cuestión de lógica en cualquier democracia.
La Izquierda colombiana prefirió taparse los ojos para no ver la pésima gestión de Petro, un alcalde que se quiso saltar las leyes, abusó de su autoridad a pesar de haber recibido avisos, se dejó llevar por su espíritu arbitrario y su autoritarismo. A pesar de su discurso sobre la parcialidad de la justicia colombiana, tuvo todas las garantías, manipuló a los jueces y a las cortes para dilatar la iniciativa de revocatoria popular y para enredar la acción de la Procuraduría. Desafió la institucionalidad, apeló al motín, renegó del sistema, de la democracia, amenazó con guerra civil “pacífica”, con convocar una asamblea constituyente y concluyó que su destitución era un mal mensaje para la paz. Con su retórica llena de soberbia borró más de veinte años de presencia activa en la primera línea de la política nacional.
En vez de aprovechar la ocasión para pasar revista a lo sucedido después de los graves escándalos de Moreno y Petro, la Izquierda ha revivido la antigua costumbre de achacarle la culpa de sus males a la oligarquía, a la derecha, al sistema. Para nada se mira a sí misma, no reconoce desaciertos ni errores. Convierte en mártir a uno de los responsables del declive actual. El síndrome de víctima le impide reconocer que las condiciones del presente son mucho más garantistas que las del pasado.
Desde que conozco a las izquierdas he escuchado voces aisladas que llaman al examen autocrítico de sus planteamientos, ideas y acciones. Antes de la caída del comunismo hubo intensas luchas ideológicas. Intelectuales reconocidos y lúcidos escribían textos de profunda factura. Pero, hoy en día, los intelectuales de izquierda se han plegado a los políticos de acción, a la consigna, al discurso cliché. El aire que respiran es de conformismo, autocomplacencia, pereza intelectual y cobardía para asumir las consecuencias de la crisis del marxismo, matriz de todas las tendencias.
Veamos algunos puntos gruesos ante los cuales los pensadores de izquierda mantienen posiciones tradicionalistas y refractarias a la transformación. Uno: No han realizado un balance sobre las consecuencias de la crisis irreversible del marxismo y del experimento comunista y sus efectos programáticos, ideológicos y pragmáticos, así como sobre cuestiones y tesis esenciales fracasadas.
Dos: Frente a las guerrillas colombianas oscilan entre la simpatía abierta y moderada, pero, coinciden en atribuirle espíritu altruista a su levantamiento, omiten casi siempre condenar sus crímenes de lesa humanidad, hay intelectuales que creen que ellas no están obligados a cumplir con el DIH ni con los Derechos Humanos, y les proporcionan tesis “académicas” sobre las “causas objetivas” de la lucha armada. Una posición equívoca, cuando menos errática, que muchas personas interpretan como tolerancia con unas guerrillas que perdieron su horizonte político.
Tres: una actitud de negación de la democracia colombiana, en la que no creen. No han mostrado voluntad de criticar sus vicios y carencias sin tener que llegar a la peligrosa conclusión de que “Colombia no es una democracia”, lo que da lugar a pensar que cuando participan en elecciones no lo hacen con franqueza y convicción.
Cuatro: Mantienen simpatías con el régimen dictatorial de los hermanos Castro en Cuba, son solidarios con un discurso seudoheroico y de martirologio según el cual todas las culpas y problemas de Cuba tienen origen en el imperialismo Yanki. Se niegan a reconocer el desastre del sistema económico comunista, la persecución a los disidentes y la violación sistemática a los derechos humanos. De esta forma dan lugar a pensar que las dictaduras, si son de izquierda, son buenas.
Cinco: Silencio cómplice ante la evidente deriva dictatorial de los gobiernos de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua que han abusado de su poder para cambiar la constitución y darles el color de sus partidos, asfixian la libertad de prensa, acosan a la Oposición, manipulan las elecciones, tratan de homogenizar a sus pueblos y eternizarse en el poder so pretexto de resguardar la revolución. Así, dan a entender que las izquierdas, con contadas excepciones, irrespetan uno de los rasgos esenciales de toda democracia, el de la alternación en el gobierno.
Seis: No han abocado el reto de estudiar las causas de sus recaídas después de momentos de auge electoral de principios de la década de los noventa y mediados de la primera de este siglo. ¿Temor a reconocer que son, en buena medida, artífices de sus debacles?
Es notable la ausencia de reflexión sobre estos y muchos otros asuntos y ello se revela en la actitud tomada ante la destitución de Gustavo Petro. En vez de mirar críticamente su conducta, hicieron causa común y lo aplaudieron. Preocupa que la Izquierda nacional se muestre incapaz de asimilar las experiencias negativas y de confrontar sus tradicionales vicios. Que no entiendan que a la democracia colombiana le hace falta y le sería muy útil una izquierda comprometida a fondo con las reglas del juego democrático. Que comprenda que discursos amenazantes al estilo Petro, produce, dudas, temor y miedo entre los demócratas.
Tienen dos buenos referentes en la izquierda chilena y uruguaya para llegar a ser una izquierda que, como insinuó alguna vez Lula, después de mirarse en el espejo se lime uñas y colmillos en vez de afilarlos.
Darío Acevedo Carmona, Medellín, 24 de marzo de 2014





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