Hay tanto en juego en estas elecciones y sin embargo les pueden faltar tantos electores y votos.
Por: Ana María Cano Posada
El Congreso de Colombia no es cercano a la ciudadanía como el presidente o los alcaldes y gobernadores, pero tiene el poder de determinar la tendencia y la permanencia de lo perverso que se ha incrustado. Y por esto es definitiva su escogencia: votar en contra de la parapolítica, el proyecto paramilitar que ha alcanzado abundante representación en escaños legislativos y que a pesar de haber sido en parte judicializado, ha resucitado en 131 parientes y testaferros que mantendrían el bastión de terratenientes armados que se ancló allí.
Pero no solo se trata de votar contra ellos. También se requiere de una ciudadanía participante para extirpar la inmunidad descubierta en militares y políticos, en la rampante corrupción que en el Congreso hace metástasis. Son bandos paramilitares, militares, sectarios, guerreristas, mafiosos, seudomoralistas, engastados en bancadas en la política colombiana y aferrados con nóminas, contratos y carteles. Casi el 70 por ciento de los congresistas elegidos en 2010 están en campaña para reelegirse. No todos hacen parte de la banda de indeseables que nos ha ahuyentado del Parlamento y que ha propagado la idea de que mejor hay que desentenderse de él, cuando, por el contrario, es de lo que más hay que ocuparse si se emprende una trasformación.
Por estos descalabros es que urge volver útil el voto y vigentes las urnas. Escoger y desechar, exigir y reclamar. De 2014 a 2018 este Congreso deberá analizar los acuerdos de paz, echarles el diente a las reformas en política, justicia, salud, además de oponerse a fondo a desfalcos, despilfarros, porcentajes, untadas y el desequilibrio en un presupuesto nacional que resta a lo indispensable y suma a la uña larga.
Para contrariar esta feria de intereses sí existe una lista de candidatos con nombres nuevos para el Senado y la Cámara, que provienen muchos de la academia y que van a saber sostener este pulso histórico para que los diálogos no se aborten como un trofeo que quieren exhibir al establecimiento sus adalides que sostienen en la tierra y en la guerra sus curules.
La contradicción está en este país crédulo que se aferra a cualquier promesa y el del censo electoral desinteresado e incrédulo que se margina e indigna sólo en la esfera privada para luego quejarse por sistema de la politiquería desaforada que domina la órbita pública. Los indiferentes no suman a los 50 años de guerra interna la corrupción que creció proporcional en estos años ni entienden que de un día para otro el país puede quedar en el punto de no retorno. Venezuela es un espejo: eso pasa cuando se deja incontrolado un estado de cosas al que no se atiende.
En Colombia hemos recibido avisos sobre la escalada de guerra y corrupción que ha alcanzado estas esferas de poder en el Congreso y a las que hay que poner una talanquera. Esto se logra con el voto crítico, el no vendido, el voto no en blanco, que es un albur de los que creen que de la noche a la mañana se cambia toda la clase política. Esto nunca será así de fácil. Pero sí se pueden conseguir el domingo suficientes votos informados, bien escogidos. Este sería el comienzo preciso en este momento crítico.
Pero no solo se trata de votar contra ellos. También se requiere de una ciudadanía participante para extirpar la inmunidad descubierta en militares y políticos, en la rampante corrupción que en el Congreso hace metástasis. Son bandos paramilitares, militares, sectarios, guerreristas, mafiosos, seudomoralistas, engastados en bancadas en la política colombiana y aferrados con nóminas, contratos y carteles. Casi el 70 por ciento de los congresistas elegidos en 2010 están en campaña para reelegirse. No todos hacen parte de la banda de indeseables que nos ha ahuyentado del Parlamento y que ha propagado la idea de que mejor hay que desentenderse de él, cuando, por el contrario, es de lo que más hay que ocuparse si se emprende una trasformación.
Por estos descalabros es que urge volver útil el voto y vigentes las urnas. Escoger y desechar, exigir y reclamar. De 2014 a 2018 este Congreso deberá analizar los acuerdos de paz, echarles el diente a las reformas en política, justicia, salud, además de oponerse a fondo a desfalcos, despilfarros, porcentajes, untadas y el desequilibrio en un presupuesto nacional que resta a lo indispensable y suma a la uña larga.
Para contrariar esta feria de intereses sí existe una lista de candidatos con nombres nuevos para el Senado y la Cámara, que provienen muchos de la academia y que van a saber sostener este pulso histórico para que los diálogos no se aborten como un trofeo que quieren exhibir al establecimiento sus adalides que sostienen en la tierra y en la guerra sus curules.
La contradicción está en este país crédulo que se aferra a cualquier promesa y el del censo electoral desinteresado e incrédulo que se margina e indigna sólo en la esfera privada para luego quejarse por sistema de la politiquería desaforada que domina la órbita pública. Los indiferentes no suman a los 50 años de guerra interna la corrupción que creció proporcional en estos años ni entienden que de un día para otro el país puede quedar en el punto de no retorno. Venezuela es un espejo: eso pasa cuando se deja incontrolado un estado de cosas al que no se atiende.
En Colombia hemos recibido avisos sobre la escalada de guerra y corrupción que ha alcanzado estas esferas de poder en el Congreso y a las que hay que poner una talanquera. Esto se logra con el voto crítico, el no vendido, el voto no en blanco, que es un albur de los que creen que de la noche a la mañana se cambia toda la clase política. Esto nunca será así de fácil. Pero sí se pueden conseguir el domingo suficientes votos informados, bien escogidos. Este sería el comienzo preciso en este momento crítico.
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