“Se cree la iluminada. Habla como si fuera Juana de Arco”.
Por: Tatiana Acevedo
López, sin embargo, no pertenece al amplio grupo de personajes que han hecho alarde de superioridad moral, con discursos antipolíticos. Los que han despotricado de la política y los partidos tradicionales (desde Mockus, hasta Uribe, pasando por Noemí Sanín y decenas de columnistas), tildándola de “politiquería” y de “sucia”. Pues para escribir sobre estrechos vínculos entre funcionarios y criminales o denunciar presiones armadas sobre grupos de votantes, no se necesita estar parado sobre ningún pedestal moral.
Además de sacar conclusiones varoniles (se cree una santa, está loca, ¿histérica?), de la comparación con Juana de Arco se pasó a la descalificación de algunos sectores de la academia bogotana para los que el rigor metodológico de las investigaciones de la parapolítica debía ser cuestionado. Varios pasaron por alto la relevancia política del estudio, que a media máquina entre el periodismo y el activismo, tenía otros fines (y afanes). Las preguntas se decidían sobre la marcha, gracias a una red de denuncias municipales. Y el riesgo era una variable más que pocos incluyeron en sus reseñas
Trabajé como su asistente algún tiempo y tuve la oportunidad de seguirla en muchos viajes por distintos departamentos. Han pasado varios años y me he dedicado a otro oficio. Ya no la acompaño en muchas certezas sobre las bondades de la construcción del Estado en las regiones, la institucionalidad, el progreso y la autoridad. Pero la sigo admirando como la primera vez que la escuché en radio.
Me gustaría verla en el Congreso de la República, porque sé lo vehemente que puede ser. Pero sobre todo porque pese a que anhela la construcción de un Estado con instituciones fuertes, Claudia López desconfía del poder establecido y experimenta una suerte de alergia hacia las élites incuestionadas. Criticó a los congresistas, de familias tradicionales de Cesar y Magdalena, por construir una estrategia electoral con Jorge 40. Acusó a la clase política de Sucre de fundar el paramilitarismo. Interpeló el liderazgo emergente de Santander por sus relaciones con el bloque Central Bolívar. Asedió a Uribe Vélez, recordándole su cercanía con corruptos y criminales. Afirmó que Kiko Gómez tiene vínculos con una bacrim. Importunó a los herederos electorales de los apellidos más peligrosos de la parapolítica (como los García en Sucre). No se quedó en el reclamo contra los paisas y los políticos de tierra caliente, como tantos otros, sino que incomodó a Samper (¿por qué tan tranquilo cuando hubo gente asesinada en el contexto del proceso ocho mil?).
Pateó subversivamente la lonchera con su ya clásico: “No sobra recordar que a El Tiempo nunca se le ocurrió preguntarles a sus foristas si Juan Manuel Santos debía renunciar por el escándalo de los ‘falsos positivos’”. Una impertinencia que no le pasaron. Y que permite que nos preguntemos si ella cabe en el letargo o la pleitesía que exigen a veces la academia y el periodismo.
Además de sacar conclusiones varoniles (se cree una santa, está loca, ¿histérica?), de la comparación con Juana de Arco se pasó a la descalificación de algunos sectores de la academia bogotana para los que el rigor metodológico de las investigaciones de la parapolítica debía ser cuestionado. Varios pasaron por alto la relevancia política del estudio, que a media máquina entre el periodismo y el activismo, tenía otros fines (y afanes). Las preguntas se decidían sobre la marcha, gracias a una red de denuncias municipales. Y el riesgo era una variable más que pocos incluyeron en sus reseñas
Trabajé como su asistente algún tiempo y tuve la oportunidad de seguirla en muchos viajes por distintos departamentos. Han pasado varios años y me he dedicado a otro oficio. Ya no la acompaño en muchas certezas sobre las bondades de la construcción del Estado en las regiones, la institucionalidad, el progreso y la autoridad. Pero la sigo admirando como la primera vez que la escuché en radio.
Me gustaría verla en el Congreso de la República, porque sé lo vehemente que puede ser. Pero sobre todo porque pese a que anhela la construcción de un Estado con instituciones fuertes, Claudia López desconfía del poder establecido y experimenta una suerte de alergia hacia las élites incuestionadas. Criticó a los congresistas, de familias tradicionales de Cesar y Magdalena, por construir una estrategia electoral con Jorge 40. Acusó a la clase política de Sucre de fundar el paramilitarismo. Interpeló el liderazgo emergente de Santander por sus relaciones con el bloque Central Bolívar. Asedió a Uribe Vélez, recordándole su cercanía con corruptos y criminales. Afirmó que Kiko Gómez tiene vínculos con una bacrim. Importunó a los herederos electorales de los apellidos más peligrosos de la parapolítica (como los García en Sucre). No se quedó en el reclamo contra los paisas y los políticos de tierra caliente, como tantos otros, sino que incomodó a Samper (¿por qué tan tranquilo cuando hubo gente asesinada en el contexto del proceso ocho mil?).
Pateó subversivamente la lonchera con su ya clásico: “No sobra recordar que a El Tiempo nunca se le ocurrió preguntarles a sus foristas si Juan Manuel Santos debía renunciar por el escándalo de los ‘falsos positivos’”. Una impertinencia que no le pasaron. Y que permite que nos preguntemos si ella cabe en el letargo o la pleitesía que exigen a veces la academia y el periodismo.
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