El “ser colombiano”, que trasciende el acto de fe borgeano, podría definirse por la participación o no en las elecciones.
Por: Reinaldo Spitaletta
El colombiano, diría un amante de la guachafita (palabra que usan ciertos puritanos de élite para referirse al pueblo bullanguero), es un abstencionista empedernido. ¿Por qué? Porque tal vez ha sido un olvidado por la fortuna, que siempre se reparte entre unos pocos. O porque se cansó de la parapolítica, del paramilitarismo, de la guerrilla, de la corrupción liberal, de la corrupción conservadora. Del clientelismo y otros vicios. O porque no le da la gana de ir a botar su voto.
El ser colombiano, según su asistencia o no a las urnas, puede caber en aquellos que, con la apatía en todo el cuerpo y el alma, les importa un carajo quiénes van para el Senado, la Cámara o la Presidencia. Gane quien gane, estaré peor, dirá, no sin cierto grado de inteligente pesimismo. Es un desganado frente a la política, que él más bien califica de “politiquería”. O porque sabe -o cree saber- que al pueblo nunca le toca. O si le toca, le toca lo peor.
Quizá aquella masa abstencionista, que en los comicios colombianos sigue siendo la más sobresaliente, se diga que para qué votar por sus verdugos. O por aquellos que solo se acuerdan de los pobretones en tiempos electorales, como lo decían unas señoras de un barrio de desplazados. “Ni siquiera nos traen lentejas”, agregaban. Y por eso, tal vez asuman la posición de la indiferencia. Que tampoco -dirán otros- sirve para nada. No es resistencia. No es desobediencia.
Pero también el ser colombiano es aquel que se convirtió, sabiéndolo o no, en masoquista. Le gusta que legislen contra él, que le cercenen los derechos, que le digan “te doy en la cara, marica”, y sonríen, y se dejan dar. Puede ser. O si no, ¿qué significa la vuelta a la palestra con diecinueve senadores del caballista de Salgar y señor del Ubérrimo, que llaman, gracias a la votación de estos que se dejan seducir por el autoritarismo y la demagogia? Cada oveja con su pareja.
Puede ser también que el ser colombiano se identifique más con el voto en blanco, que -valga decir- tuvo significativa representación. Y son aquellos que, con cierto gusto por votar, no se inclinan por ninguna propuesta. Pero, al fin de cuentas, tras el ejercicio, todo vuelve a quedar en blanco, y el mundo continúa igual. O peor.
O quizá el ser colombiano puede ubicarse en aquellos que, yendo a votar, rayan el tarjetón aquí y allá. Marcan una equis en el Polo y otra en el Partido Liberal, y su voto termina anulado, por analfabetismo en el sufragio.
Lo que sí deja a la vista la elección, es que al ser colombiano le gusta -¡le encanta!- la derecha. Godos, liberales (¡huy, cuánto hace que se acabó el liberalismo en Colombia!), uribistas, los que se oponen al “amor excremental” y el matrimonio gay, los del partido de la última vocal, ganaron en estos comicios sin emoción.
Claro que en el ser colombiano debe haber algunos que gozan de salud mental porque no leen periódicos ni ven televisión ni escuchan la radio (otra vaina que se acabó hace años en Colombia) y tampoco votan, ni les importa la religión, ni el fútbol, ni la reelección. A lo mejor, viven tranquilos y de pronto hasta son seguidores de Epicuro y su jardín. Quién quita.
Con todo, en el ser colombiano, de acuerdo con su vinculación o no a las jornadas electorales, también está el que ejerce el “voto de opinión”, el que marca diferencia, y por eso estuvo el domingo con aspirantes como Jorge Robledo, Claudia López, Iván Cepeda… Sabe que con su crítica en las urnas, le da lustre a la denominada izquierda democrática y, tal vez, quede con su conciencia serena.
Y también pueden estar dentro de la categoría, aquellos que, gustándoles la política, en el clásico sentido griego, prefieren quedarse en casa escuchando los oratorios de Handel, el Réquiem de Mozart o las interpretaciones del Polaco Goyeneche. O leyendo a cualquier poeta maldito. Que de todos modos, el mundo se va a acabar.
El protagonista: la abstención

La abstención no es un problema porque cambie los resultados de las elecciones, sino porque nos hace pensar que los cambia.
Por: Santiago Villa
La exhortación, si bien delata una comprensión primitiva de lo que significa la democracia (y el derecho a disentir y a protestar), también expresa una preocupación legítima por los efectos que genera sobre el sistema democrático la no participación de los ciudadanos en los comicios.
Esta preocupación parte de la esperanza de que los resultados serían distintos si votaran más personas. Lo más probable, sin embargo, es que ésta sea una falsa esperanza. Si votara el 100% de los ciudadanos, estadísticamente es poco probable que el resultado de las elecciones fuera muy distinto al de ahora, cuando votó el 44%.
Esto no quiere decir que las elecciones no sirvan para nada, sino que este nivel de abstención no causa anomalías graves en los resultados. Sobre todo, la abstención genera y revela frustraciones psicológicas.
Hay dos motivos para ello. El primero, como dije, es pensar que un nivel de abstencionismo como el actual genera una anomalía sustancial en los resultados electorales, y que por ello es que tenemos malos gobernantes. La mejor forma para eliminar de una vez por todas esta duda es que el voto sea obligatorio. Así dejaremos de dar vueltas en círculo conceptuales cada dos o cuatro años. La reforma no genera ningún efecto nocivo, aunque tampoco va a cambiar al país, ni las tendencias de los resultados electorales. Su valor será eliminar la falacia de que el abstencionismo tiene efectos importantes sobre los resultados electorales.
El segundo motivo por el que el abstencionismo genera frustraciones psicológicas me parece más complejo e interesante de tratar, y es que pone de relieve el grado de apatía ciudadana hacia la política electoral. La gente que no vota piensa que no hace ninguna diferencia que pase el domingo yendo al puesto de votación o entreteniéndose. O quizás sea más visceral el rechazo, y quiera no votar para no legitimar el sistema actual. Sea por pereza o anarquismo, su abstencionismo no es grave por los efectos que genera (que son negligentes), sino por la enfermedad que delata en el funcionamiento de la democracia.
En momentos menos optimistas, suelo pensar que con o sin abstención, la mayoría de los ciudadanos son y serán apáticos hacia los cambios que puedan desencadenar las elecciones. Cada cuatro años se fortalece mi sospecha de que, en cierto nivel, tienen razón: el poder de un voto (o de 14 millones, en nuestro caso) para cambiar un sistema resulta, generalmente, muy exagerado por la propaganda política.
En escenarios de polarización política e ideológica extrema, como el de Venezuela, un 1% de la votación es definitivo para cambiar el rumbo de un país. Pero no es el caso de Colombia, que tiene más similitudes con democracias como la peruana o la mexicana.
En este caso, las decisiones que los ciudadanos toman durante las elecciones reflejan trasfondos familiares, económicos o emocionales, que no siempre tienen que ver con unos programas de gobierno que resultan casi iguales entre sí. Además, nadie puede conocer a todos los candidatos para saber cuál es el mejor. A lo sumo se puede tratar de atinarle al que no sea un criminal, y muchas veces nos hemos equivocado incluso en algo así de sencillo. A mí me ha pasado.
En momentos más optimistas, creo que es posible que los ciudadanos generen cambios en sus comunidades sin que deban depender de los partidos políticos, y que muchas de las ventajas que tiene la vida en una democracia se pueden aprovechar sin depositar todas las esperanzas de un cambio en los resultados de las elecciones.
En esos momentos pienso también que los grupos que hacen actividad política, pública, jurídica, comunitaria, pero que no están politizados por los partidos (o sea, los verdaderos independientes), tendrán margen de maniobra sin necesidad de que sus miembros aspiren a un cargo público. Que los anónimos pueden generar transformaciones significativas sin tener que cambiar primero el sistema. Que la democracia tiene caminos para que los chiquitos puedan trabajar al margen de los grandes rostros de las pancartas y de la confusión babélica de los tarjetones.
Toda esta reflexión sobre la democracia también lleva a muchos otros caminos, pero en esta columna comparto sólo éste: el de valorar la política que no está pendiente de los políticos.
Twitter: @santiagovillach

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